Diego sintió que el estómago se le revolvía mientras la grabación terminaba.
En la pantalla, Mariana y Mauricio seguían riéndose.
—Cuando el viejo firme los últimos papeles, diremos que Diego administró mal la empresa. Nadie sospechará de nosotros.
Don Aurelio apagó el monitor.
El silencio pesó más que cualquier palabra.
—Eso fue hace ocho meses —dijo el anciano—. Pero hay cientos de grabaciones más.
En ese momento llamaron a la puerta.
El doctor Salazar entró acompañado por un hombre de cabello completamente blanco y un portafolios de piel.
—Licenciado Benavides —saludó Diego.
El abogado estrechó su mano.
—Llevo treinta años representando a don Aurelio. Lo que va a ocurrir esta noche cambiará el destino de toda esta familia.
Don Aurelio respiró con dificultad antes de incorporarse un poco sobre la cama.
—Durante dos años todos creyeron que apenas podía mover un dedo. Mientras tanto, observé quién venía por cariño… y quién esperaba mi muerte.
El abogado abrió una carpeta gruesa.
Dentro había fotografías, estados de cuenta, contratos y varias escrituras.
—Mauricio jamás fue únicamente un asesor financiero —explicó—. Durante dieciocho meses ha transferido dinero de las empresas del grupo hacia sociedades creadas por él mismo.
Diego sintió un escalofrío.
—¿Mariana lo sabía?
El anciano respondió sin vacilar.
—No solo lo sabía.
Lo ayudó.
Benavides colocó varias hojas sobre la mesa.
—Aquí están sus firmas autorizando operaciones internas. Pensaban que nadie revisaría documentos firmados por una persona que, según ellos, ya no entendía nada.
Don Aurelio sonrió con amargura.
—Olvidaron que seguía siendo el dueño.
El doctor Salazar intervino.
—También tengo mi parte.
Sacó una carpeta médica.
—Desde hace casi dos años don Aurelio estaba físicamente mucho mejor de lo que su familia creía. Me pidió guardar silencio para completar esta prueba.
Diego seguía intentando asimilar todo.
—¿Por qué esperar tanto?
El anciano bajó la mirada.
—Porque quería saber si mi familia me quería… o solo esperaba quedarse con mis empresas.
Nadie respondió.
La respuesta estaba delante de todos.
A la mañana siguiente, Benavides reunió discretamente al consejo directivo del consorcio maderero.
Ninguno de los familiares fue avisado.
Durante casi tres horas proyectaron grabaciones obtenidas por las cámaras ocultas.
En una de ellas, Ernesto decía:
—Cuando el viejo muera, venderemos el aserradero de Chihuahua. Diego será el primero en irse.
En otra, Beatriz revisaba joyas antiguas mientras comentaba:
—Todo esto terminará en nuestras manos tarde o temprano.
Pero la grabación que dejó sin palabras a los consejeros fue la última.
Mariana aparecía entregándole a Mauricio un sobre.
—Aquí está la copia de la firma del abuelo. Practica hasta que salga idéntica.
El salón quedó completamente en silencio.
Uno de los directores cerró lentamente la carpeta.
—Esto ya no es un problema familiar.
—No —respondió Benavides—.
Es un posible fraude millonario.
Cinco días después, Mariana regresó de la Riviera Maya bronceada y sonriente.
Entró a la casa hablando por teléfono.
—Fue un viaje increíble…
Se detuvo en seco.
Don Aurelio estaba sentado en el comedor, perfectamente vestido.
Frente a él estaban Diego, el abogado, el doctor y cuatro miembros del consejo.
El celular cayó de sus manos.
—¿Abuelo…?
El anciano levantó lentamente la vista.
—Qué gusto verte.
Mariana quedó completamente pálida.
—Tú… tú…
—¿Hablo?
Ella dio un paso hacia atrás.
—Eso es imposible.
En ese instante entraron Ernesto, Beatriz y Mauricio.
Los tres quedaron inmóviles al ver la escena.
Nadie esperaba encontrar al supuesto anciano incapaz sentado presidiendo la mesa.
Don Aurelio señaló las sillas.
—Siéntense.
Ninguno obedeció.
—¿Qué significa esto? —preguntó Ernesto intentando mantener la calma.
Benavides tomó la palabra.
—Significa que durante dos años el señor Salgado observó cuidadosamente el comportamiento de todos ustedes.
Mauricio intentó sonreír.
—Creo que existe algún malentendido.
—No.
El abogado conectó una pantalla.
La primera grabación comenzó a reproducirse.
Luego otra.
Y otra más.
Las expresiones de los presentes cambiaban con cada video.
Mariana dejó de respirar al verse entregando los documentos falsificados.
Ernesto empezó a sudar.
Beatriz rompió a llorar.
Mauricio comprendió que todo había terminado.
—Podemos llegar a un acuerdo… —balbuceó.
Don Aurelio golpeó suavemente la mesa con su bastón.
—Durante dos años tuve sed.
Nadie habló.
—Durante dos años esperé que alguno de ustedes entrara a preguntarme si seguía vivo.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Solo Diego cruzó esa puerta todos los días.
Miró a su nieta.
—Ni siquiera hoy preguntaste cómo estaba. Lo primero que hiciste fue sorprenderte porque podía hablar.
Mariana rompió en llanto.
—Abuelo… yo…
—No me llames abuelo ahora.
El anciano señaló a Diego.
—El único miembro digno de esta familia es el hombre al que ustedes llamaban aprovechado.
Diego bajó la cabeza.
Nunca había esperado escuchar algo así.
Benavides abrió entonces un sobre sellado.
—Existe un nuevo testamento.

Todos levantaron la vista.
Mariana dio un paso adelante.
—¿Nuevo?
—Firmado hace seis meses.
El abogado comenzó a leer.
—”Revoco cualquier disposición anterior…”
Ernesto apretó los puños.
“…y nombro administrador absoluto del Grupo Salgado a Diego Morales…”
Mauricio cerró los ojos.
“…hasta que el consejo determine la reorganización definitiva de todas las empresas.”
Mariana sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Pero el abogado aún no había terminado.
Guardó silencio unos segundos antes de leer la última cláusula.
Al escucharla, incluso Diego quedó completamente inmóvil.
Porque don Aurelio no solo había decidido cambiar al administrador de la empresa.
Acababa de revelar el verdadero origen de la fortuna familiar… una verdad que demostraba que varios de los presentes jamás tuvieron derecho legal a reclamar un solo peso de aquella herencia.
Y esa revelación estaba a punto de destruir el apellido Salgado para siempre.