Parte 2: LA PROMESA QUE SOBREVIVIÓ A TREINTA Y CINCO AÑOS

Me giré lentamente.

Frente a mí había un hombre alto, de cabello completamente plateado y un abrigo azul oscuro. Sus ojos eran de un color gris claro que jamás había visto en México, pero lo que realmente me dejó sin aliento fue la sonrisa.

Una sonrisa tranquila.

Familiar.

Como si la hubiera conocido toda mi vida.

El hombre dio un paso hacia mí.

—Perdona si me equivoco… ¿Eres Elena Martínez?

No pude responder de inmediato.

Solo asentí.

Él respiró profundamente y sonrió con los ojos llenos de emoción.

—Soy Thomas.

Sentí que el tiempo desaparecía.

Durante unos segundos dejé de ver el aeropuerto.

Las pantallas.

Las filas.

Los anuncios.

Todo desapareció.

Solo existía aquel nombre que llevaba treinta y cinco años guardado entre cartas amarillentas.

—¿Thomas…? —susurré.

Él asintió.

—Pensé que quizá no me reconocerías.

No pude evitar reír entre lágrimas.

—¡Nunca te había visto!

Él también rió.

—Es verdad.

Durante décadas nos habíamos conocido únicamente a través de palabras.

Y, sin embargo, ninguno de los dos dudó un solo segundo de quién era el otro.


Nos sentamos en una cafetería del aeropuerto.

Mi vuelo salía tres horas después.

Thomas había llegado aquella mañana desde Escocia.

—¿Cómo… cómo supiste que estaría aquí?

Sacó cuidadosamente una vieja carta doblada.

Era la última que yo le había enviado.

La reconocí inmediatamente.

—Cuando dejamos de escribirnos —explicó— seguí enviando cartas durante casi dos años. Todas regresaban.

Bajó la mirada.

—Pensé que habías decidido continuar con tu vida.

Sentí un nudo en la garganta.

—Yo también te escribí.

Los dos guardamos silencio.

La vida simplemente nos había separado.

No hubo traiciones.

Ni discusiones.

Solo direcciones equivocadas y muchos años.

Thomas sonrió.

—Hace unos meses encontré una red social donde aparecía una fotografía tuya en la graduación de una de tus nietas.

Me sorprendí.

—¿Me buscaste?

Él rió con cierta vergüenza.

—Durante treinta y cinco años.

Noté que sus manos temblaban ligeramente.

—Cuando vi que habías publicado una foto del boleto de avión rumbo a Europa… entendí que finalmente cumplirías aquella promesa.

Sacó un billete de avión de su bolsillo.

—Así que decidí venir yo primero.

No pude contener las lágrimas.


Pasamos horas hablando.

No hacía falta explicar casi nada.

Retomamos conversaciones que parecían haber quedado en pausa la semana anterior, no tres décadas atrás.

Me habló de su esposa.

Había fallecido siete años antes a causa de un cáncer.

Yo le hablé de mi marido.

Había muerto hacía cinco años.

Recordamos nuestras cartas.

Las recetas que intercambiábamos.

Las fotografías de paisajes que él enviaba.

Los dibujos que yo hacía de Guadalajara.

Thomas sacó entonces una pequeña libreta de cuero.

—Quiero mostrarte algo.

Dentro había decenas de hojas cuidadosamente pegadas.

Eran copias de todas mis cartas.

Las había conservado.

Todas.

Durante cuarenta años.

Yo sonreí.

—Yo también guardé las tuyas.

Él cerró lentamente la libreta.

—Siempre pensé que algún día nos encontraríamos.

Aunque fuera siendo viejos.


Cuando anunciaron el embarque, Thomas me acompañó hasta la puerta.

—Tengo una propuesta.

Lo miré.

—Escocia puede esperar dos días.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque antes quiero conocer la ciudad donde creciste.

Reí.

—Eso significa cambiar todos los planes.

—Las mejores aventuras nunca respetan los itinerarios.

Acepté.

Por primera vez en muchos años hice algo completamente espontáneo.

Cancelé aquel vuelo.

Compramos otros billetes para la semana siguiente.

Y durante los siguientes días recorrimos juntos Guadalajara.

Le enseñé el mercado San Juan de Dios.

La Catedral.

Tlaquepaque.

Comimos tortas ahogadas.

Escuchamos mariachis en la Plaza de los Mariachis.

Thomas caminaba despacio.

Observándolo, comprendí que las cartas nunca habían mentido.

Seguía siendo exactamente el mismo hombre amable que conocí a los diecinueve años.

Solo tenía algunas arrugas más.

Igual que yo.


Tres días después mi hijo Arturo llamó por videollamada.

Contesté desde una cafetería.

Al verme sonrió.

—¿Ya llegaste a Europa?

Giré la cámara.

Thomas saludó con la mano.

Arturo quedó completamente desconcertado.

—¿Quién…?

Sonreí.

—Él es Thomas.

Mi hijo tardó unos segundos en recordar.

—¿El amigo de las cartas?

Asentí.

—Pensé que era una historia de juventud.

—Lo era.

Miré a Thomas.

—Y también es parte de mi presente.

Arturo permaneció callado.

Después bajó lentamente la cabeza.

—Mamá…

Suspiró.

—Creo que nunca entendimos por qué querías hacer este viaje.

Sonreí con serenidad.

—No viajé para encontrar un hombre.

Miré alrededor.

Las calles.

La gente.

La ciudad.

Mi propia sonrisa.

—Viajé para encontrar a la mujer que dejé esperando durante cuarenta años.


Dos semanas después, finalmente volamos juntos hacia Escocia.

Cuando el avión comenzó a despegar, Thomas sacó cuidadosamente una hoja doblada.

Era una copia de la primera carta que me escribió cuando ambos teníamos diecinueve años.

En la última línea podía leerse:

“Las promesas verdaderas nunca tienen fecha de vencimiento.”

Lo miré emocionada.

Él tomó mi mano con enorme respeto.

No como un romance adolescente.

Sino como dos personas que habían aprendido que la vida no siempre concede segundas oportunidades… pero, cuando lo hace, hay que tener el valor de aceptarlas.

Mientras las nubes quedaban debajo del avión, comprendí que el mejor viaje de mi vida no había empezado al comprar un boleto.

Había empezado la noche en que, con sesenta años, encendí una vieja computadora y me atreví a decir por primera vez:

“Good morning.”

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