PARTE 2
Mateo logró llegar hasta la puerta principal con su hija entre los brazos.
Pero antes de cruzarla, un fuerte estruendo sacudió toda la mansión.
Las puertas metálicas se cerraron automáticamente.
Doña Elena sonrió desde lo alto de la escalera.
—¿De verdad pensabas que saldrías con tanta facilidad?
Los guardias volvieron a bloquear el vestíbulo. Sin embargo, esta vez los sirvientes no bajaron la mirada.
El mayordomo más antiguo avanzó sosteniendo una carpeta.
—Se acabaron sus amenazas, señora.
La matriarca palideció al reconocerla.
—¿Dónde encontraste eso?
—En la habitación privada del difunto patrón.
Mateo dejó a la niña bajo la protección de una empleada y tomó los documentos.
Dentro había un testamento original, fotografías y resultados de una prueba de parentesco.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
El mayordomo señaló a la pequeña.
—Su hija es la única descendiente directa reconocida por el fundador de esta fortuna.
Doña Elena golpeó la barandilla con furia.
—¡Eso es imposible!
El documento explicaba que el nieto predilecto de la matriarca no pertenecía biológicamente a la familia. Su madre había falsificado los registros de nacimiento con ayuda de Elena para garantizarle la herencia.
La niña de Mateo, en cambio, era la verdadera heredera.
—Por eso querías expulsarla —murmuró Mateo—. Su existencia destruía todo tu plan.
—Yo protegía el futuro de esta familia —respondió Elena—. Una niña débil jamás podría dirigir nuestro imperio.
Mateo la miró con desprecio.
—No protegías a nadie. Solo protegías tu poder.
La matriarca sacó un pequeño control remoto del bolsillo.
—Si yo pierdo la mansión, nadie la conservará.
Presionó el botón.
Un olor intenso comenzó a extenderse desde el pasillo inferior. Los sirvientes gritaron al ver humo saliendo de la antigua biblioteca.
Elena había ordenado destruir los archivos que demostraban el fraude.
Mateo corrió hacia allí, pero el mayordomo lo detuvo.
—Salve a su hija. Nosotros recuperaremos las pruebas.
Los empleados utilizaron extintores y lograron controlar las llamas antes de que alcanzaran la habitación secreta.
Mientras tanto, varias patrullas llegaron a la propiedad.

Una de las sirvientas había llamado a la policía cuando encendieron las luces del pasillo. Aquella señal no solo significaba apoyo.
También activaba una alarma silenciosa instalada por el antiguo dueño.
Los agentes entraron en la mansión y detuvieron a la matriarca por encierro ilegal, falsificación y destrucción de pruebas.
—¡Esta fortuna me pertenece! —gritó Elena mientras le colocaban las esposas.
El notario de la familia apareció detrás de los policías.
—No, señora. Según el testamento, perdió todos sus derechos en el momento en que intentó perjudicar a la heredera.
Mateo abrazó a su hija.
La pequeña todavía temblaba.
—Papá, ¿ella volverá?
—Nunca volverá a decidir tu futuro.
Sin embargo, antes de ser llevada, Elena miró a la niña con una sonrisa inquietante.
—Pregúntale a tu padre quién era realmente tu madre.
Mateo se quedó inmóvil.
El notario abrió una segunda carta encontrada entre los documentos.
La madre de la niña no había muerto en el accidente que todos conocían.
Había descubierto el fraude de Elena y desapareció después de intentar denunciarlo.
La última fotografía del expediente la mostraba entrando en un automóvil semanas después de su supuesta muerte.
La niña levantó la mirada.
—¿Mamá está viva?
Mateo apretó la carta con manos temblorosas.
La batalla por la herencia acababa de terminar.
Pero la búsqueda de la mujer que conocía todos los secretos de la familia apenas comenzaba.