El silencio reinó en la sala durante varios segundos.
Nadie se atrevía a respirar.
La joven observó lentamente a cada uno de los miembros de la dinastía.
Todos evitaban su mirada.
El antiguo patriarca intentó ponerse de pie.
Las piernas le temblaban tanto que volvió a caer sobre el mármol.
—Perdóname… fui un cobarde.
Ella permaneció inmóvil.
—No me expulsaste porque yo fuera indigna.
Hizo una breve pausa.
—Me expulsaste porque sabías quién era realmente.
Aquellas palabras dejaron helados a todos los presentes.
El anciano cerró los ojos.
Ya no podía seguir ocultándolo.
—Tu madre nunca fue una sirvienta.
La joven frunció ligeramente el ceño.
Toda su infancia le habían repetido aquella mentira.
El patriarca respiró con dificultad.
—Era la legítima heredera del sello imperial de nuestra familia.
Los murmullos estallaron por toda la sala.
Varios parientes comenzaron a negar con la cabeza.
—¡Eso es imposible!
El anciano golpeó el suelo con su bastón.
—¡Silencio!
La habitación volvió a quedar completamente muda.

—Cuando tu madre desapareció, algunos miembros de la familia intentaron quedarse con toda la fortuna. Para lograrlo necesitaban hacer desaparecer también a su hija.
La joven sintió un nudo en el pecho.
Por primera vez comprendía por qué había sido abandonada.
No fue un accidente.
Fue una conspiración.
En ese instante, uno de los guardias irrumpió en la sala.
Su rostro reflejaba verdadero pánico.
—¡Señora!
Todos giraron hacia él.
—Un grupo armado acaba de entrar en el edificio principal.
Los viejos dirigentes palidecieron.
La joven no perdió la calma.
—¿Cuántos son?
—Más de treinta.
Los ejecutivos comenzaron a correr desesperados hacia las salidas.
Ella levantó una sola mano.
Todos se detuvieron.
—Nadie abandona esta sala.
Su voz era firme.
Serena.
Autoritaria.
El jefe de seguridad dio un paso al frente.
—Señora, es demasiado peligroso.
Ella sonrió levemente.
—No vienen por mí.
Vienen por el sello.
Sacó lentamente de su bolso una pequeña caja de madera.
Dentro descansaba el antiguo sello imperial de la dinastía.
Todos lo contemplaron con absoluto respeto.
El patriarca volvió a arrodillarse.
—Solo quien posee ese sello puede convertirse en el líder legítimo.
La joven cerró la caja.
—Y precisamente por eso intentaron borrar mi existencia.
En ese momento se escuchó una fuerte explosión en la planta baja.
Las lámparas temblaron.
Los cristales vibraron con violencia.
Las puertas del gran salón comenzaron a abrirse lentamente.
Una figura vestida completamente de negro apareció entre el humo.
Llevaba una cicatriz atravesándole el rostro.
Sonrió al verla.
—Han pasado muchos años, hija de la heredera.
La joven lo reconoció de inmediato.
Era el hombre que había provocado la desaparición de su madre.
También era el único que conocía toda la verdad.
La batalla por la dinastía acababa de comenzar.