PARTE 2
La puerta secreta terminó de abrirse.
Un joven apareció en el umbral con el rostro pálido y una venda manchada alrededor de la frente.
Valeria sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—Daniel…
Era su hermano menor.
La persona a la que había intentado proteger durante toda su vida.
El director cruzó los brazos.
—Él fue quien presenció el incidente del estacionamiento.
Daniel evitó mirar a su hermana.
—Dime la verdad —suplicó Valeria—. ¿Qué les has contado?
El joven respiró con dificultad.
—Que golpeaste a Adrián Salvatierra.
El nombre cayó sobre el despacho como una explosión.
Adrián no era un empleado cualquiera.
Era el heredero de la corporación rival que llevaba veinte años intentando destruir a la familia del director.
Valeria cerró los ojos.
—No tenía otra opción.
—Siempre existe otra opción —respondió su jefe con frialdad.
Ella señaló el archivo abierto sobre el escritorio.
—Adrián intentó robar esos documentos.
El director bajó la mirada hacia las páginas.
Contenían contratos secretos, transferencias ilegales y fotografías de reuniones entre miembros de ambas compañías.
—Esos archivos prueban que alguien de nuestra junta ha estado vendiendo información a los Salvatierra —continuó Valeria—. Adrián me sorprendió cuando intentaba sacarlos del edificio.
Daniel dio un paso adelante.
—Eso no es toda la verdad.
Su hermana lo miró con alarma.
—Cállate.
—Ya no puedo seguir protegiéndote.
El director observó a los dos hermanos.
—Explícate.
Daniel sacó un teléfono antiguo de su bolsillo.
En la pantalla aparecía una grabación del estacionamiento subterráneo.
Valeria sujetaba una carpeta mientras discutía con Adrián junto a un automóvil negro.
—Entrégame los documentos —decía el heredero rival—. Tu hermano ya aceptó el trato.
El director giró lentamente hacia Daniel.
—¿Qué trato?
El joven bajó la cabeza.
Había sido contratado meses atrás por la empresa rival para acceder a los sistemas internos del rascacielos.
A cambio, los Salvatierra prometieron pagar el tratamiento médico de su madre.
—No sabía que utilizarían la información para destruirlos —confesó Daniel—. Solo me pidieron horarios, claves y nombres de los directivos.
Valeria sintió una mezcla de dolor y rabia.
—Te advertí que no confiaras en ellos.
—Nuestra madre se estaba muriendo y tú seguías diciendo que encontrarías una solución.
La voz del joven se quebró.
Valeria había descubierto la traición aquella misma tarde. Cuando enfrentó a Adrián, él la amenazó con denunciar a Daniel por espionaje corporativo.
Después intentó arrebatarle el archivo.
Ella lo golpeó con una barra metálica para impedir que escapara.
—¿Está vivo? —preguntó el director.
Daniel asintió.
—Despertó hace una hora.
Valeria respiró aliviada, pero el hombre frente al escritorio no cambió de expresión.
—Una agresión sigue siendo una agresión.
—Lo sé —respondió ella—. Estoy dispuesta a asumir las consecuencias.
El director tomó el teléfono fijo.
—Entonces llamaré a la policía.
Daniel corrió hacia el escritorio.
—¡No puede hacerlo!
—Tu hermana ocultó un ataque y tú entregaste información confidencial a nuestros enemigos.
Antes de completar la llamada, una voz surgió desde el pasillo.
—Será mejor que nadie llame todavía.
Adrián Salvatierra entró acompañado por dos abogados.
Llevaba la cabeza vendada y caminaba con dificultad, pero sonreía con arrogancia.
Valeria retrocedió.
—¿Cómo entraste aquí?
—Tu hermano me proporcionó los códigos.
Daniel palideció.
—Esos códigos ya no funcionaban.
Adrián levantó una tarjeta de acceso.
—Alguien dentro de esta empresa se aseguró de mantenerlos activos.
El director apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres?
—La carpeta y la renuncia de Valeria.
—No pienso entregarte nada —respondió ella.
Adrián sonrió.
—Entonces presentaré cargos contra ti y enviaré a tu hermano a prisión por espionaje.
Daniel comenzó a temblar.
El director se acercó al heredero rival.
—Estás dentro de mi edificio amenazando a mis empleados.
—No son empleados. Son piezas que su propia familia colocó aquí hace años.
Sacó un certificado de nacimiento y lo dejó sobre el escritorio.
Valeria reconoció el nombre de su madre.
Debajo aparecía el apellido Salvatierra.
—Eso es falso —murmuró.
—Tu madre era hermana de mi padre —reveló Adrián—. Tú y Daniel pertenecéis a mi familia.
Los dos hermanos quedaron paralizados.
Durante años habían creído que su madre era una mujer sin parientes, abandonada por todos antes de que ellos nacieran.
—¿Por qué nunca nos lo dijo? —preguntó Daniel.
—Porque huyó después de descubrir cómo se construyó nuestro imperio.
Adrián señaló los documentos.
La carpeta no contenía únicamente pruebas de espionaje.
También demostraba que las dos corporaciones rivales habían pertenecido originalmente a una sola familia.
La división comenzó cuando el abuelo de Valeria denunció operaciones ilegales y desapareció antes de entregar las pruebas.
—Nuestra madre conocía todo esto —dijo Valeria.
—Y robó una parte de los archivos antes de marcharse —respondió Adrián—. Llevamos años buscándolos.
El director hojeó rápidamente las páginas.
Su expresión cambió al encontrar una fotografía.
En ella aparecía su propio padre reunido con el abuelo de Valeria y el patriarca de los Salvatierra.
—Mi familia también participó —murmuró.
Adrián asintió.
—La rivalidad entre nuestras empresas fue una mentira conveniente. Mientras todos creían que luchábamos entre nosotros, nuestros padres continuaron haciendo negocios en secreto.
Valeria comprendió entonces por qué el director la había contratado a pesar de no tener experiencia suficiente.

—¿Usted sabía quién era yo?
El hombre guardó silencio.
—Respóndame.
—Sabía que tu madre había trabajado para mi padre.
—¿Me contrató para encontrar los archivos?
—Te contraté porque esperaba que ella intentara comunicarse contigo.
Daniel miró a su hermana.
Todos habían sido utilizados.
Adrián extendió la mano.
—Entrégame la carpeta y olvidaré el golpe.
Valeria cerró el archivo.
—No.
—Tu hermano terminará en prisión.
—Y tú tendrás que explicar por qué estabas robando documentos dentro de este edificio.
La sonrisa de Adrián desapareció.
Valeria había enviado una copia de la grabación a una fiscal antes de entrar al despacho.
También había compartido los archivos con varios periodistas.
—Si algo nos ocurre, todo será publicado —declaró.
En ese instante, las alarmas del edificio comenzaron a sonar.
Las pantallas de la oficina se apagaron y después mostraron el rostro de una mujer enferma.
Daniel dejó escapar un grito.
—Mamá.
La mujer aparecía conectada a equipos médicos dentro de una habitación desconocida.
—Valeria, Daniel —dijo con voz débil—. No confiéis en ninguno de los dos hombres que están con vosotros.
El director y Adrián se miraron.
—¿Dónde estás? —preguntó Valeria.
—En el edificio de la antigua empresa familiar.
La transmisión parpadeó.
—La carpeta que tenéis no contiene la prueba principal. Solo contiene los nombres de quienes deben creer que siguen controlando el secreto.
Valeria apretó el documento.
—¿Quién controla realmente las dos compañías?
Su madre miró hacia alguien situado fuera de la cámara.
El miedo apareció en sus ojos.
—Vuestro padre.
Los hermanos quedaron inmóviles.
Toda su vida habían creído que aquel hombre murió antes de que Daniel naciera.
—Papá está vivo —susurró Valeria.
—Está vivo —confirmó su madre—. Y él fue quien ordenó que os colocaran en empresas rivales.
La señal comenzó a perderse.
—¿Por qué haría algo así?
La mujer reunió sus últimas fuerzas.
—Porque necesita que uno de vosotros destruya a la familia del otro antes de revelar quién heredará el verdadero imperio.
La pantalla se volvió negra.
Un mensaje apareció segundos después:
“Medianoche. Antigua sede. Solo puede venir uno de los hermanos.”
Daniel miró a Valeria.
El incidente del estacionamiento ya no era el mayor peligro.
Su padre llevaba años enfrentándolos contra dos familias poderosas.
Y ahora les exigía decidir cuál de los dos merecía conocer la verdad.