PARTE 2: EL VERDADERO CULPABLE

El testigo avanzó lentamente entre la multitud.

Todos giraron la cabeza hacia él.

Era un hombre de unos cincuenta años.

Llevaba un uniforme de mantenimiento manchado de grasa.

Se quitó la gorra con nerviosismo.

—Yo vi todo.

Carlos clavó los ojos en él.

—Habla.

El hombre señaló el suelo.

—La moto no iba rápido.

Después apuntó hacia el brillante charco oscuro.

—El problema fue ese aceite.

Mateo levantó la vista de inmediato.

El testigo continuó.

—La rueda delantera resbaló cuando intentó frenar.

Varios vecinos comenzaron a asentir.

Una mujer dio un paso al frente.

—Yo también lo vi.

—La motocicleta se deslizó como si estuviera sobre hielo.

Carlos permanecía inmóvil.

Miró el asfalto.

El aceite ocupaba casi todo el carril.

No era una simple mancha.

Era una gran extensión que seguía bajando desde la calle superior.

En ese momento llegó una ambulancia.

Los paramédicos comenzaron a atender a la anciana.

Uno de ellos levantó la cabeza.

—Está consciente.

No parece haber lesiones que comprometan su vida, pero debemos trasladarla al hospital.

Mateo respiró por primera vez desde el accidente.

Sin embargo, Carlos seguía sin apartar la vista del suelo.

Se agachó lentamente.

Tocó el líquido con la punta de los dedos.

Lo olió.

Frunció el ceño.

—Esto no es aceite de motocicleta.

Uno de los vecinos señaló un taller mecánico situado unos metros más arriba.

La puerta estaba abierta.

Y desde el interior seguía saliendo un fino hilo de aceite que descendía por la pendiente hasta la calle.

Carlos caminó hacia allí.

Mateo lo siguió con cautela.

Dentro encontraron un enorme bidón volcado.

El suelo estaba completamente cubierto de aceite.

Un joven mecánico salió corriendo desde el fondo.

Su rostro se quedó blanco al ver la escena.

—¡Yo… iba a limpiarlo!

Carlos lo miró con frialdad.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

El muchacho bajó la cabeza.

—Más de una hora.

El silencio volvió a apoderarse del lugar.

Uno de los agentes de tránsito, que acababa de llegar, comenzó a fotografiar el camino del aceite desde el taller hasta el lugar del accidente.

Después revisó la motocicleta de Mateo.

Apretó varias veces la maneta del freno.

Funcionaba perfectamente.

El agente se incorporó.

—No hay indicios de una falla mecánica.

Miró directamente al mecánico.

—Todo apunta a que la pérdida de control fue provocada por el derrame que usted dejó sin señalizar.

El joven comenzó a temblar.

Comprendió que la responsabilidad del accidente recaía sobre él.

Carlos regresó lentamente junto a Mateo.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, el hombre extendió la mano.

Mateo lo observó sorprendido.

—Intentaste ayudar a mi suegra desde el primer momento.

Su voz ya no tenía rastro de furia.

—Y no huiste.

Mateo estrechó su mano con timidez.

—Lo único que quería era que estuviera bien.

En ese instante, desde la ambulancia, la anciana levantó débilmente la mano.

—Carlos…

Él corrió hacia ella.

La mujer sonrió con dificultad.

—No culpes al muchacho.

Cerró los ojos unos segundos antes de añadir:

—Fue un accidente…

Carlos bajó la cabeza avergonzado.

Había estado a punto de condenar a un inocente movido por la rabia.

Mientras la ambulancia se alejaba con las luces encendidas, comprendió que la verdadera justicia no nace de la venganza, sino de descubrir toda la verdad antes de señalar a un culpable.

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