PARTE 2: LA GALA

La noche de la salida a bolsa, el salón principal del Hotel Imperial estaba lleno.

Empresarios.

Inversionistas.

Periodistas.

Las pantallas gigantes proyectaban el logotipo de SkyPeak Technologies mientras los presentadores repetían una cifra una y otra vez.

—Valoración estimada: mil doscientos millones de dólares.

Margaret Blackwood caminaba entre los invitados como si la empresa le perteneciera.

—Mi hijo construyó todo esto desde cero —repetía con orgullo—. Siempre supe que estaba destinado a algo grande.

A su lado, Vanessa Whitmore recibía felicitaciones como la futura señora Blackwood.

Solo faltaba Adrian.


Cuando llegó, el salón entero se puso de pie.

Llevaba un traje negro impecable.

Pero su expresión no reflejaba felicidad.

Parecía agotado.

Sus ojos recorrieron discretamente el lugar.

Como si estuviera buscando a alguien.

Entonces me vio.

Durante unos segundos, el ruido desapareció para él.

Yo llevaba un vestido azul oscuro, sencillo y elegante.

No estaba allí para recuperar a nadie.

Solo había acudido porque la invitación también era mía.


Margaret se acercó inmediatamente.

—¿Quién te permitió entrar?

Levanté la invitación.

—La misma empresa que organizó esta gala.

Ella soltó una risa despectiva.

—No hagas el ridículo. Cuando anuncien a los accionistas, comprenderás quién pertenece realmente a este lugar.

No respondí.


A las ocho en punto comenzó la ceremonia.

El director financiero tomó el micrófono.

—Antes de iniciar la cotización oficial, presentaremos la estructura accionaria registrada ante la autoridad bursátil.

Las luces disminuyeron.

En la pantalla apareció el título:

ACCIONISTAS PRINCIPALES

Margaret cruzó los brazos con una sonrisa triunfal.

Lucas incluso sacó el teléfono para grabar el momento.

La primera línea apareció lentamente.

1. Camila Reed — 51%

El salón quedó completamente inmóvil.

Nadie habló.

Nadie respiró.


Margaret frunció el ceño.

—Eso…

Eso tiene que ser un error.

El director financiero continuó leyendo con absoluta normalidad.

—La señora Camila Reed figura como titular de la participación mayoritaria conforme al acuerdo de transferencia irrevocable inscrito hace dos años.

Varios periodistas comenzaron a fotografiar la pantalla.

Los murmullos crecieron rápidamente.


Lucas se volvió hacia Adrian.

—¡Di algo!

Adrian permanecía en silencio.

No parecía sorprendido.

Solo cerró lentamente los ojos.

Margaret comprendió la verdad antes de que él pronunciara una sola palabra.

—¿Lo sabías?

Él respondió con voz baja.

—Sí.


La mujer dio un paso atrás.

—¿Fuiste tú quien firmó esa transferencia?

—Sí.

—¡¿Estás loco?!

Su grito resonó en todo el salón.

—¡Le entregaste una empresa de miles de millones a esa mujer!

Adrian levantó la vista.

—No.

Le devolví una parte infinitamente más pequeña de todo lo que ella me dio cuando no tenía absolutamente nada.


El silencio volvió a caer.

Muchos de los primeros empleados de SkyPeak bajaron la cabeza.

Ellos sí recordaban aquellos años.

Recordaban a Camila llevando comida al pequeño apartamento donde funcionaba la primera oficina.

Recordaban que el primer ordenador de la empresa había sido comprado después de que ella vendiera el coche que había heredado de su padre.

Recordaban que el depósito inicial para registrar la compañía salió de una cuenta únicamente a nombre de Camila.


Margaret negó desesperadamente.

—¡Eso no importa!

¡La empresa la dirigió Adrian!

El director jurídico intervino por primera vez.

—Con todo respeto, señora Blackwood, sí importa.

Abrió una carpeta.

—La transferencia accionaria fue realizada voluntariamente, sin ninguna condición de reversión y debidamente protocolizada.

Es plenamente válida.


Vanessa dio un paso hacia Adrian.

Su voz temblaba.

—¿Entonces… todo este tiempo…

¿La verdadera dueña era ella?

Él tardó unos segundos en responder.

—Nunca fue un secreto.

Solo nunca preguntaste.


Todas las miradas se dirigieron hacia mí.

Tomé el micrófono con calma.

—No vine a quitarle nada a nadie.

La empresa existe porque Adrian dedicó su talento y su vida a construirla.

Eso nunca lo negaré.

Respiré hondo antes de continuar.

—Pero tampoco permitiré que se borre la verdad.

Cuando no había inversionistas…

Cuando los bancos rechazaban cada préstamo…

Cuando ni siquiera podían pagar el alquiler…

Éramos dos personas sosteniendo un mismo sueño.

No una sola.


El salón estalló en aplausos.

Margaret permanecía inmóvil.

Su plan para expulsarme de una casa había terminado revelando, frente a todo el país, que la mujer a la que llevaba años humillando era la accionista mayoritaria de la empresa que había convertido a su hijo en multimillonario.

Pero mientras los periodistas corrían hacia el escenario, el teléfono del director financiero vibró.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió de inmediato.

Se acercó a Adrian y le habló en voz muy baja.

Adrian palideció.

Después levantó lentamente la mirada hacia mí.

—Camila…

Hay un problema.

Acaban de informarnos de que alguien intentó registrar, hace exactamente dos semanas, un documento para anular la transferencia de tus acciones utilizando una copia falsificada de tu firma.

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