El teléfono vibró una segunda vez antes de que Alejandro reuniera el valor para responder.
Miró el nombre del fiscal general en la pantalla.
Por primera vez en muchos años, sintió un miedo que ningún contrato millonario podía comprar ni esconder.
Respiró profundamente y contestó.
—Alejandro Ferrer al habla.
Del otro lado solo hubo una frase.
—Mañana, a las ocho en punto, comenzará una auditoría extraordinaria sobre todas las operaciones relacionadas con el proyecto Costa Diamante. Esperamos encontrar toda la documentación disponible.
La llamada terminó sin despedidas.
El silencio volvió a apoderarse de la oficina.
Alejandro permaneció inmóvil durante varios segundos.
Su mirada cayó lentamente sobre el contrato que Sofía había rechazado.
Por primera vez decidió abrir el informe financiero que ella había dejado encima de la mesa.
Cada página aumentaba la tensión.
Empresas fantasma.
Facturas duplicadas.
Transferencias internacionales sin justificación.
Y una larga lista de proveedores vinculados a funcionarios que estaban siendo investigados desde hacía meses.
Las doscientas millones de ganancias prometidas comenzaron a transformarse en una posible condena judicial.
El hombre sintió un nudo en el estómago.
Tomó inmediatamente el teléfono y llamó al director financiero.
—Necesito que vengas ahora mismo.
No obtuvo respuesta.
Intentó nuevamente.
El móvil estaba apagado.

Marcó al director jurídico.
También apagado.
Uno tras otro, los principales responsables desaparecían del mapa.
La sangre se le heló.
Corrió hacia el despacho del área financiera.
Las oficinas, normalmente llenas de actividad, permanecían casi vacías.
Varias computadoras estaban apagadas.
Los archivadores abiertos.
Y algunos escritorios habían sido completamente despejados.
Como si alguien hubiera abandonado el edificio con demasiada prisa.
En ese instante apareció Laura, la secretaria ejecutiva.
Su rostro reflejaba una preocupación imposible de disimular.
—Señor… varios ejecutivos presentaron su renuncia hace menos de una hora.
Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Quién autorizó eso?
Laura tragó saliva antes de responder.
—Nadie necesitó autorización. Todos alegaron la misma razón.
—¿Cuál?
Ella colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Dijeron que no estaban dispuestos a asumir responsabilidades por decisiones que nunca aprobaron.
Alejandro abrió la carpeta.
Dentro había copias de correos electrónicos.
Minutas de reuniones.
Advertencias legales.
Y, en casi todas las páginas, aparecía el mismo nombre.
Sofía.
Durante meses había dejado por escrito cada objeción, cada riesgo y cada recomendación para detener aquel proyecto.
Todo estaba documentado.
Nada dependía de simples palabras.
Alejandro comprendió que ella no había intentado destruir la empresa.
Había intentado salvarla.
Mientras tanto, en un discreto café al otro lado de la ciudad, Sofía observaba por la ventana con una tranquilidad sorprendente.
Frente a ella había un único maletín negro.
Dentro descansaban los documentos originales que demostraban quién había manipulado realmente las cuentas del proyecto.
No era Alejandro.
Alguien mucho más poderoso llevaba años moviendo los hilos desde las sombras.
Sofía tomó su teléfono.
Marcó un único número.
—Estoy lista para declarar.
La respuesta llegó de inmediato.
—Perfecto. Mañana no caerá un hombre.
Caerá toda una red de corrupción.
Sofía cerró los ojos durante un instante.
Sabía que, cuando amaneciera, el imperio más poderoso de la ciudad jamás volvería a ser el mismo.