PARTE 2: EL FRASCO ESCONDÍA LA PRUEBA QUE PODÍA DESTRUIR A DON ERNESTO.

Los guardias corrieron detrás de Marcos.

Pero él no intentó escapar de la mansión.

En lugar de eso, subió directamente al segundo piso.

Don Ernesto sonrió con desprecio.

—Está acorralado.

Marcos se detuvo frente a una antigua biblioteca.

Sacó del bolsillo el pequeño frasco de cristal.

No contenía veneno.

Dentro había un diminuto rollo de papel cuidadosamente protegido.

Don Ernesto llegó jadeando.

Al ver el frasco, su rostro perdió todo el color.

—¿Dónde encontraste eso?

Marcos levantó lentamente la mirada.

—Mi madre lo escondió antes de morir.

Con manos firmes abrió el recipiente.

Sacó el papel y lo extendió sobre una mesa.

No era una receta.

Era un contrato firmado veinte años atrás.

En la última página aparecía claramente el nombre de la verdadera creadora de los famosos ravioles.

Su madre.

Marcos sintió un nudo en la garganta.

—Ella nunca fue tu sirvienta.

—Era tu socia.

Los invitados comenzaron a acercarse.

Uno de los empresarios tomó el documento.

Después observó la firma.

—Esto cambia completamente la propiedad de la receta.

Don Ernesto intentó arrebatarle el contrato.

Pero Marcos dio un paso atrás.

—Todavía no han visto lo más importante.

Le dio la vuelta a la última hoja.

Pegada con cera había una pequeña llave dorada.

El anciano comenzó a temblar.

—No…

Marcos sonrió por primera vez.

—Sabías que algún día aparecería.

La llave abría una caja fuerte escondida detrás de la vieja chimenea de la cocina.

Todos bajaron inmediatamente.

Tras mover las piedras apareció una pequeña caja de hierro.

La llave encajó perfectamente.

Dentro había un cuaderno antiguo.

Fotografías.

Recibos.

Y una grabación de voz.

Marcos presionó el reproductor.

La voz de su madre llenó la cocina.

—Si alguien escucha esto, significa que Ernesto intentó quedarse con todo.

—La receta nunca fue lo más valioso.

Todos guardaron silencio.

La grabación continuó.

—En esta caja está la prueba de que falsificó documentos, robó la empresa familiar y provocó el incendio donde murieron dos de nuestros socios.

Los empresarios miraron a Don Ernesto con horror.

El anciano retrocedió lentamente.

Entonces rompió a reír.

—Llegaron demasiado tarde.

Sacó un control remoto del bolsillo.

—Toda la mansión está preparada para arder.

Nadie tuvo tiempo de reaccionar.

Las luces comenzaron a apagarse una por una.

Y desde el sótano se escuchó una fuerte explosión.

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