La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas del automóvil estacionado a pocos metros del callejón.
Los faros permanecían encendidos, iluminando a Mateo y Lucas como si fueran dos actores atrapados sobre un escenario del que ya no podían escapar.
Mateo retrocedió otro paso.
—¿Quién está ahí?
Lucas no respondió.
Solo mantuvo la vista fija en el vehículo mientras apretaba con fuerza el sobre amarillento contra su pecho.
La puerta del automóvil se abrió lentamente.
Un hombre alto descendió con un paraguas negro.
Vestía un elegante abrigo gris.
Su rostro permanecía oculto bajo la sombra del sombrero.
Pero Mateo reconoció inmediatamente aquella forma de caminar.
Sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
—No puede ser…
El desconocido levantó lentamente la cabeza.
Era Gabriel Salazar.
El antiguo jefe de la empresa donde ambos habían trabajado diez años atrás.
El mismo hombre que oficialmente había muerto en un incendio semanas después del accidente.
Lucas sonrió con amargura.

—Te dije que la verdad seguía viva.
Gabriel avanzó sin prisa.
Cada paso parecía pesar toneladas.
—Pensé que habías aprendido a guardar silencio, Mateo.
Su voz seguía siendo tan fría como la recordaba.
Mateo respiró con dificultad.
—Todos dijeron que estabas muerto.
Gabriel dejó escapar una pequeña risa.
—Eso era exactamente lo que necesitaba que creyeran.
Lucas abrió finalmente el sobre.
Dentro aparecieron varias fotografías completamente intactas.
En la primera podía verse el automóvil accidentado.
En la segunda, varios hombres rodeaban el vehículo antes de que llegara la policía.
En la tercera aparecía Gabriel entregando un maletín lleno de dinero a un funcionario.
Mateo cerró los ojos.
Recordaba perfectamente aquella noche.
Había aceptado callar porque Gabriel le aseguró que protegería a su esposa embarazada.
Le prometió que nadie volvería a perseguir a su familia.
Pero todo había sido una mentira.
Lucas extendió la última fotografía.
Era la única imagen que nunca debía existir.
Mostraba claramente quién había provocado el accidente.
No había sido Mateo.
Ni siquiera Lucas.
Había sido Gabriel.
Conduciendo el vehículo que embistió deliberadamente al otro automóvil.
Gabriel dejó de sonreír.
Por primera vez apareció miedo en sus ojos.
—Entrégame esas fotos.
Lucas negó lentamente.
—Durante diez años me escondí esperando este momento.
Mateo observó las pruebas una vez más.
Comprendió que ya no podía seguir viviendo bajo aquella culpa.
Respiró profundamente.
Después dio un paso al frente.
—Esta vez voy a decir toda la verdad.
En ese mismo instante, Gabriel sacó lentamente una pistola del interior de su abrigo.
El sonido metálico hizo que ambos quedaran completamente inmóviles.
La lluvia parecía haberse detenido.
Y el siguiente disparo estaba a punto de cambiar sus vidas para siempre.
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