Valeria respiró hondo antes de agacharse.
Con cuidado, apartó los fragmentos de la taza rota para que don Arturo no se cortara las manos. Después salió unos segundos y regresó con su propia taza de acero inoxidable, la única que llevaba cada noche para tomar café durante los turnos largos.
La llenó de agua fresca.
—No quiero deberle nada a nadie —murmuró el anciano.
Valeria sonrió con cansancio.
—Entonces considérelo un préstamo.
Lo ayudó a beber lentamente.
Cuando terminó, el empresario permaneció varios segundos mirando aquella taza sencilla, abollada por los años de uso.
—Hace mucho tiempo que nadie comparte algo suyo conmigo.
Aquellas palabras hicieron más ruido que cualquier grito.
Valeria acomodó las almohadas sin responder.
Entonces descubrió un pequeño destello rojo bajo la pantalla del monitor cardíaco.
Era una cámara diminuta instalada junto al sistema de vigilancia privada que la familia había solicitado meses atrás para controlar la evolución del paciente.
Seguía grabando.
Don Arturo también la vio.
Una expresión amarga apareció en su rostro.
—Perfecto.
Que también graben esto.
Que graben cómo termina un hombre después de levantar un imperio.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Construí hoteles.
Hospitales.
Escuelas.
Di empleo a miles de personas.
Pero ahora mis hijos solo llaman para hacer una pregunta.
Valeria no necesitó preguntar cuál.
El anciano respondió solo.
—Nunca preguntan si tengo dolor.
Nunca preguntan si dormí.
Solo dicen: “¿Cuánto falta para leer el testamento?”
El silencio inundó la habitación.
Don Arturo cerró lentamente los ojos.
—No quiero morir siendo solo una cartera.
Valeria permaneció inmóvil.
Después apoyó suavemente una mano sobre la barandilla de la cama.
—Entonces no muera como una.
El empresario abrió los ojos.
Ella continuó hablando con absoluta serenidad.
—Muera como el hombre que todavía puede decidir qué deja detrás.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Don Arturo no volvió a hablar durante casi un minuto.
Después pidió algo inesperado.
—¿Puede acercarme mi teléfono?
Valeria dudó.
Las normas prohibían manipular pertenencias personales de los pacientes.
Pero también prohibían quitarles el timbre de emergencia.
Tomó el móvil del buró.
El anciano marcó un número de memoria.
Contestó una voz masculina.
—Licenciado Ignacio Serrano.
—Ignacio…
Ven al hospital.
Esta misma noche.
Y trae el sobre gris.
El abogado guardó silencio apenas unos segundos.
—Entiendo.
Estaré allí en cuarenta minutos.
Cuando colgó, Arturo respiró con dificultad.
—Gracias.
Valeria dejó nuevamente el teléfono sobre la mesa.
—Ahora debería descansar.
Ella salió sin imaginar que, al otro lado de la puerta, Leticia había escuchado parte de la conversación.
La jefa de enfermeras sonrió con desprecio.
—Así que el viejo todavía quiere jugar a los negocios.
A las once y media de la noche apareció Ignacio Serrano.
Llevaba treinta años siendo el abogado personal de la familia Salgado.
Cuando intentó entrar en la habitación, Leticia le bloqueó el paso.
—El paciente está sedado.
No puede recibir visitas.
Ignacio frunció el ceño.
—Acabo de hablar con él hace menos de una hora.
—Debió confundirse.
El abogado sacó el teléfono.
—Entonces llamaré al director.
Antes de que pudiera marcar, apareció el doctor Eduardo Ríos.
Miró alternativamente a Leticia y al abogado.
—¿Hay algún problema?
Ignacio respondió con calma.
—Sí.
El señor Salgado me pidió que viniera inmediatamente.
Eduardo observó a Leticia.
Ella evitó su mirada.
Sin decir una palabra más, el director abrió personalmente la puerta de la habitación.
Don Arturo seguía despierto.
—Pensé que no te dejarían entrar —dijo con una sonrisa cansada.
Ignacio dejó el sobre gris sobre la cama.
Dentro había varios documentos y una pequeña memoria USB.
El anciano los sostuvo unos segundos.
Después miró a Valeria, que acababa de entrar para revisar la medicación.
—Quédese.
Todos la observaron sorprendidos.
—Señor Salgado…
—Quiero que sea testigo.
Ignacio abrió lentamente los documentos.
Durante casi media hora revisaron papeles, firmaron anexos y modificaron varias cláusulas.
Valeria no preguntó nada.
Solo permaneció allí porque el anciano así lo había pedido.
Cuando terminaron, Arturo entregó la memoria USB al abogado.
—Si muero antes del amanecer…
Entréguesela personalmente al notario.
Ignacio asintió con absoluta seriedad.
—Así se hará.

A las cuatro y veinte de la madrugada sonó la alarma cardíaca.
Los médicos corrieron hacia la habitación 206.
Intentaron reanimarlo durante más de veinte minutos.
Finalmente, el doctor Eduardo miró el reloj.
Anunció la hora del fallecimiento.
El silencio cubrió todo el piso.
Una hora después comenzaron a llegar los hijos.
Ninguno lloraba.
El mayor fue el primero en hablar.
—¿Dónde está el abogado?
La hija preguntó otra cosa.
—¿Papá alcanzó a firmar la última versión del testamento?
El menor ni siquiera entró a despedirse.
Solo preguntó:
—¿Cuándo será la lectura?
Valeria observaba la escena desde el pasillo.
Sintió un nudo en la garganta.
Entonces Ignacio Serrano apareció sosteniendo la memoria USB.
—Antes del testamento…
Hay algo que todos deben ver.
Los tres hermanos intercambiaron miradas confundidas.
Entraron en la sala de juntas del hospital.
El abogado conectó la memoria al televisor.
La pantalla permaneció negra durante unos segundos.
Después apareció la imagen de la habitación 206.
Era la cámara que había permanecido grabando toda la noche.
Se veía claramente el timbre sin baterías.
Las veces que nadie respondió a sus llamadas.
La auxiliar ofreciéndole agua en su propia taza.
Y, finalmente, el rostro de don Arturo mirando directamente a la cámara.
Con una voz débil, pero completamente lúcida, dijo:
—Si están viendo esto, significa que ya morí.
Y también significa que por fin sabrán quién estuvo a mi lado cuando todos ustedes solo esperaban mi herencia.