Gabriel permaneció inmóvil durante varios minutos.
Los tres informes de ADN seguían abiertos sobre su escritorio de nogal.
Las mismas palabras aparecían una y otra vez.
“Probabilidad de paternidad: 0,00 %.”
No una.
No dos.
Las tres pruebas concluían exactamente lo mismo.
Sintió que el aire se volvía demasiado pesado para respirar.
Durante cinco años había construido una vida entera sobre una mentira.
Y lo peor no era haber sido engañado.
Lo peor era recordar todo lo que había hecho convencido de que aquella mentira era cierta.
Cerró los ojos.
La imagen de Elena apareció inmediatamente.
La noche en que su madre la llamó estéril delante de toda la familia.
Ella simplemente sonrió.
—Lo importante es que Gabriel sea feliz.
En aquel momento él había interpretado esas palabras como resignación.
Ahora sonaban completamente distintas.
Sonaban a compasión.
—¿Señor Morrison?
La voz de Clara lo sacó de sus pensamientos.
Ella entró en la oficina con una carpeta y la misma sonrisa impecable de siempre.
—Los inversionistas japoneses ya están conectados para la videoconferencia.
Gabriel levantó lentamente la vista.
Por primera vez observó detalles que antes jamás había notado.
El ligero temblor de sus dedos.
La rapidez con la que evitaba mirarlo directamente.
La tensión escondida detrás de su maquillaje perfecto.
—Cancela todas mis reuniones.
Clara parpadeó.
—¿Perdón?
—Toda la agenda.
—Pero llevamos meses preparando…
—He dicho toda.
Ella tragó saliva.
—Como usted quiera.
Cuando estaba a punto de salir, Gabriel habló nuevamente.
—Clara.
Ella se detuvo.
—¿Cuántos años tiene Ethan exactamente?
La pregunta pareció descolocarla.
—Cinco.
—¿Y Lucas?
—Tres.
—¿Y Noah?
—Dos.
Gabriel asintió lentamente.
—Perfecto.
Ella intentó sonreír.
—¿Sucede algo?
—Todavía no.
Pero la forma en que pronunció aquellas dos palabras hizo que Clara abandonara la oficina con un evidente nerviosismo.
En cuanto la puerta se cerró, Gabriel llamó a su jefe de seguridad.
—Quiero todas las grabaciones de acceso al edificio de los últimos seis años.
—¿Algún periodo específico?
—Todos.
Y una lista completa de cada empleado que haya tenido acceso al despacho de Clara.
—Entendido.
—Que nadie sepa que estoy investigando.
Aquella noche Gabriel regresó a casa más temprano de lo habitual.
La mansión estaba silenciosa.
Desde la cocina llegaba el aroma de sopa recién hecha.
Elena colocaba cuidadosamente los platos sobre la mesa.
Llevaba un vestido sencillo, el cabello recogido y una expresión tan tranquila como siempre.
Al verlo entrar sonrió.
—Llegaste antes. La sopa todavía está caliente.
Gabriel permaneció varios segundos observándola.
¿Cuántas veces había ignorado aquella sonrisa?
¿Cuántas veces había pasado junto a ella para ir directamente al apartamento que había comprado para Clara?
—¿Gabriel?
Él tomó asiento sin decir una palabra.
Durante toda la cena apenas probó la comida.
En cambio, no dejó de mirar a Elena.
Ella finalmente dejó la cuchara.
—¿Ocurrió algo en la empresa?
—Hoy fui al hospital.
Elena levantó lentamente la vista.
—Lo sé.
—Escuché algo.
Ella no respondió.
—Escuché hablar de mi diagnóstico.
Por primera vez desde que se casaron, Gabriel vio cómo la serenidad de Elena desaparecía apenas un instante.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Ella cerró los ojos.
No parecía sorprendida.
Parecía cansada.
Muy cansada.
—Desde antes de nuestra boda.
Las palabras golpearon a Gabriel como un puñetazo.
—¿Qué?
—Tu padre pidió un examen médico prematrimonial muy completo.
Hubo un error administrativo.
Los resultados llegaron primero al despacho donde yo hacía mis prácticas como abogada.
Gabriel sintió que la garganta se le secaba.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Intenté hacerlo.
Tú estabas tan ilusionado con formar una familia que no encontré el valor.
Pensé que el médico hablaría contigo.
Pero después descubrí que el informe corregido nunca llegó a tus manos.
Gabriel respiraba cada vez con más dificultad.
—¿Y durante todos estos años…?
Elena sonrió con una tristeza infinita.
—Esperé que algún día conocieras la verdad sin destruirte.
Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces…
Cuando Clara apareció embarazada…
¿Ya sabías que esos niños no podían ser míos?
Elena tardó unos segundos en responder.
—Sí.
El silencio fue devastador.
—¿Y aun así no dijiste nada?
—¿Me habrías creído?
Gabriel abrió la boca.
No encontró ninguna respuesta.
Recordó perfectamente aquel momento.
Clara llorando.
Su madre celebrando la noticia.
Él sintiéndose orgulloso de demostrar que era fértil.
Si Elena hubiera dicho entonces que aquello era imposible…
La habría acusado de celosa.
De resentida.

Tal vez incluso de loca.
Ella lo conocía demasiado bien.
Por eso había guardado silencio.
No porque fuera débil.
Sino porque sabía que nadie la escucharía.
Una lágrima descendió lentamente por el rostro de Gabriel.
Hacía años que no lloraba.
—Lo siento.
Elena negó suavemente con la cabeza.
—No me pidas perdón todavía.
Todavía no sabes toda la verdad.
Al día siguiente, el jefe de seguridad entró en el despacho con una memoria USB.
—Encontramos algo extraño.
Gabriel conectó el dispositivo.
Aparecieron cientos de registros.
Horas de cámaras.
Listas de acceso.
Hasta que un video llamó inmediatamente su atención.
Era de cuatro años atrás.
Mostraba el estacionamiento subterráneo de la empresa.
Clara descendía de un automóvil negro.
No iba sola.
Un hombre alto bajó del asiento del conductor.
Llevaba gorra y gafas oscuras.
Antes de separarse…
La besó.
No fue un beso casual.
Fue el beso de una pareja acostumbrada a esconderse.
Gabriel sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Quién es?
El jefe de seguridad respiró profundamente.
—Todavía no hemos podido identificarlo.
Pero hay algo más.
Cambió de archivo.
Aparecieron los registros de acceso.
—Cada vez que Clara decía estar embarazada, este hombre entraba al edificio utilizando una tarjeta temporal autorizada directamente por…
Se detuvo.
Gabriel terminó la frase.
—…mi madre.
El silencio volvió a instalarse.
Su propia madre.
La misma mujer que había humillado a Elena durante años.
La misma que presumía de sus “nietos”.
La misma que insistía en que Clara debía estar siempre cerca de la familia.
En ese instante sonó el teléfono.
Era su abogado.
—Gabriel…
Tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
—Alguien intentó acceder ilegalmente a las pruebas de ADN esta madrugada.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
Pero dejaron un mensaje.
Gabriel apretó el teléfono.
—¿Qué decía?
El abogado respiró hondo.
—Decía: “Si Gabriel descubre quién es el verdadero padre de los niños… habrá un cuarto funeral en la familia Morrison.”