Elena permaneció inmóvil.
Su respiración era cada vez más agitada.
No apartaba la vista de la esquina oscura de la calle.
Carlos lo notó de inmediato.
—¿De quién tienes miedo?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No entiendes lo que está pasando.
El pequeño abrazó con fuerza el corazón de plata que colgaba de su cuello.
Sus diminutos dedos nunca se separaban de aquel amuleto.
Carlos volvió a mirarlo.
En la parte trasera distinguió unas pequeñas iniciales grabadas.
“C y E”.
Él sintió un nudo en la garganta.
Las había grabado con sus propias manos el día en que le pidió matrimonio a Elena.
No podía existir otro igual.
De pronto, un automóvil negro apareció al final de la calle.
Sus luces se apagaron lentamente.
Elena palideció.
—Llegaron…
Carlos giró de inmediato.
Tres hombres descendieron del vehículo.
Vestían trajes oscuros.
Uno de ellos llevaba un bastón metálico.

El que parecía ser el jefe sonrió con frialdad.
—Cinco años escondiéndote… ya fue suficiente.
El pequeño comenzó a temblar.
Carlos dio un paso al frente para protegerlos.
—¿Quiénes son ustedes?
El desconocido ignoró la pregunta.
Solo observó el corazón de plata.
—Venimos por eso.
Carlos frunció el ceño.
—¿Por un collar?
El hombre soltó una carcajada.
—No es un simple collar.
Elena cerró los ojos.
Sabía que el secreto finalmente había salido a la luz.
Carlos la miró confundido.
Ella respiró profundamente.
—Dentro del corazón hay algo escondido.
Con manos temblorosas abrió el pequeño colgante.
Carlos esperaba encontrar una fotografía.
O un recuerdo familiar.
Pero en su interior apareció una diminuta tarjeta de memoria.
Él quedó completamente paralizado.
—¿Qué es esto?
Elena respondió casi en un susurro.
—La única copia de la prueba que demuestra quién asesinó a tu padre.
Carlos sintió que el mundo se detenía.
Durante años creyó que su padre había muerto en un accidente.
El hombre del bastón dio un paso adelante.
Su sonrisa desapareció.
—Entréganos la tarjeta… o los tres morirán esta misma noche.
El pequeño levantó la mirada hacia Carlos.
Sin decir una sola palabra, colocó el corazón de plata en la mano de su padre.
Y, por primera vez, lo llamó con una voz apenas audible.
—Papá…
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