Eduardo no respondió de inmediato.
Siguió observando a Sofía.
La niña estaba sentada en el suelo de la juguetería, enseñándole al pequeño Mateo un oso de peluche como si realmente pudiera verlo.
—Mira, este también tiene una nariz grande como la tuya.
El bebé soltó un pequeño sonido.
Sofía sonrió.
Era la primera vez que alguien conseguía hacer reír a aquel niño desde que había aparecido dentro de una bolsa de basura.
Eduardo sintió un nudo en la garganta.
Si Beatriz tenía razón…
Aquella niña podía ser la única familia que le quedaba.
Media hora después llegaron al hospital donde permanecía internada Elena.
La anciana respiraba con dificultad.
Tenía el cabello completamente blanco y las manos llenas de cicatrices provocadas por años de trabajo doméstico.
Cuando vio entrar a Eduardo, comenzó a llorar.
—Perdóneme…
Nunca quise acercarme a usted.
Eduardo tomó asiento junto a la cama.
—Beatriz dice que usted trabajó en casa de mi padre.
Ella asintió lentamente.
—Treinta años.
Desde que usted era un niño.
Guardó silencio unos segundos.
—Su padre era un buen hombre.
Pero cometió un error del que se arrepintió hasta el último día.
La habitación quedó completamente en silencio.
—Mi hija Laura…
Se enamoró de él.
Yo intenté impedirlo.
Pero ya era demasiado tarde.
Eduardo sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Está diciendo que…?
La anciana cerró los ojos.
—Laura quedó embarazada.
Y nació una niña.
Sofía.
Eduardo dejó de respirar por un instante.
Miró hacia la puerta.
La pequeña esperaba fuera jugando con Mateo.
Sin saber que toda su vida estaba cambiando.
—¿Mi padre lo sabía?
Elena rompió a llorar.
—Sí.
Nos compró una casa pequeña.
Pagó los estudios de Laura.
Pero nunca quiso reconocer públicamente a la niña porque su familia amenazó con destruirnos.
Cuando Laura murió hace dos años…
Solo me quedó Sofía.
Eduardo permaneció varios minutos sin decir una palabra.
Después preguntó algo que llevaba atorado desde el principio.
—¿Quién dejó a Mateo frente a mi casa?
La expresión de Elena cambió inmediatamente.
Su miedo era evidente.
—No fue la madre.
Estoy segura.
—¿Entonces quién?
La anciana dudó.
Finalmente susurró un nombre.
—Ramiro.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Mi administrador?
Ella asintió.
—Lo vi hace una semana.
Discutía con una mujer joven frente a la clínica.
Ella lloraba.
Decía que nunca abandonaría a su hijo.
Ramiro le respondió…
“La decisión ya está tomada.”
Aquella misma tarde Eduardo regresó a la mansión.
Ramiro lo esperaba en el despacho.
Como siempre.
Traje impecable.
Corbata perfectamente alineada.
Una sonrisa profesional.
—Señor.
El banco ya preparó la documentación.
Eduardo lo observó en silencio.
Durante quince años había confiado plenamente en él.
Le entregó las cuentas de la empresa.
Las propiedades.
Incluso las claves personales.
Ahora comenzaba a preguntarse cuánto conocía realmente a aquel hombre.
—Ramiro.
¿Dónde estabas el viernes por la noche?
El administrador apenas tardó un segundo en responder.
—En casa.
¿Por qué?
Eduardo no apartó la mirada.
—Curioso.
Porque el sistema de seguridad registra que uno de los vehículos de la empresa estuvo estacionado junto al muro norte de esta residencia a las dos de la madrugada.
Por primera vez, Ramiro dejó de sonreír.
—Debe tratarse de un error.
Eduardo pulsó un botón del escritorio.
La pantalla mostró las imágenes de las cámaras exteriores.
Un automóvil negro.
La matrícula de la empresa.

Y un hombre bajando una caja de cartón.
Aunque llevaba gorra y abrigo, su forma de caminar era inconfundible.
Ramiro tragó saliva.
En ese instante entró Beatriz acompañada por dos agentes ministeriales.
—Señor Valdés.
Ya encontramos a Ana Lucía Serrano.
Está viva.
Eduardo sintió un enorme alivio.
—¿Dónde está?
—Hospitalizada.
Fue atropellada hace cuatro días.
Antes de perder el conocimiento alcanzó a declarar que alguien intentó quitarle a su hijo.
Ramiro dio un paso hacia la puerta.
Los agentes se colocaron inmediatamente delante de él.
Beatriz continuó hablando.
—También identificó a la persona que la amenazó.
Toda la habitación quedó en silencio.
Eduardo giró lentamente hacia su administrador.
—¿Quién fue?
Beatriz sostuvo la carpeta unos segundos antes de responder.
—Ella declaró que quien organizó todo fue un hombre que llevaba más de diez años infiltrado dentro de su empresa.
Ramiro cerró lentamente los ojos.
Como si comprendiera que ya no existía escapatoria.
Entonces dijo una frase que hizo estremecer a todos.
—Yo nunca trabajé para usted, señor Valdés.
Siempre trabajé…
Para su tío Ricardo.
El silencio se volvió absoluto.
Porque Eduardo comprendió de inmediato lo que aquello significaba.
Su tío.
El único hombre que heredaría toda la fortuna familiar si él moría sin descendencia.
Y ahora…
Acababa de aparecer un hijo biológico cuya existencia cambiaba por completo el testamento de la familia Valdés.
Eduardo miró hacia el jardín, donde Sofía enseñaba a Mateo cómo abrazar su nuevo oso de peluche.
Y entendió que el bebé nunca había sido abandonado por casualidad… había sido el único obstáculo que alguien necesitaba hacer desaparecer para quedarse con un imperio entero.