Durante varios segundos no pude moverme.
Mi mano seguía apoyada sobre el pecho de Lorenzo, justo encima del lugar donde acababa de sentir aquel latido imposible.
—¿Qué dijiste? —susurré.
Sus labios se separaron otra vez, pero esta vez no salió ningún sonido.
Me incorporé con cuidado y acerqué dos dedos a su cuello.
Nada.
Esperé.
Entonces lo sentí.
Un pulso débil, irregular, pero real.
Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.
—Lorenzo, escúchame. Voy a buscar ayuda.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.
No tenía fuerza suficiente para sujetarme de verdad, pero el gesto bastó para detenerme.
Abrió los ojos.
Solo un poco.
La mirada que apareció entre sus párpados no era la del hombre poderoso que hacía callar habitaciones enteras. Estaba desorientado, agotado y atrapado dentro de un cuerpo que todavía parecía pertenecer a la muerte.
—No… Dante —murmuró.
Sentí que el frío de la habitación se convertía en miedo.
—¿Dante es el traidor?
Lorenzo respiró con dificultad.
—No confíes… en nadie.
Después volvió a perder el conocimiento.
Durante un instante pensé en correr hacia los médicos.
Pero entonces recordé lo ocurrido horas antes.
Los tres habían declarado su muerte.
Dante había sellado el ala médica.
Los capitanes ya estaban repartiéndose territorios mientras el cuerpo de Lorenzo aún estaba caliente.
Si alguien había intentado matarlo desde dentro, anunciar que seguía vivo podía terminar el trabajo.
Me bajé de la mesa, me vestí con manos torpes y revisé cada gabinete.
Yo había trabajado dos años como auxiliar de enfermería antes de que las deudas médicas de mi madre me obligaran a abandonar los estudios. Sabía que no podía confiar solo en un pulso.
Encendí un monitor portátil desconectado de la red principal.
Coloqué los electrodos.
La pantalla tardó unos segundos.
Luego apareció una línea irregular.
Treinta y dos latidos por minuto.
Demasiado lento.
Pero no estaba muerto.
Busqué oxígeno, una vía limpia y una manta térmica. Encontré también varias ampollas abiertas dentro de un contenedor.
Una de ellas no tenía etiqueta.
La guardé en el bolsillo.
Si aquella toxina había reducido sus funciones vitales hasta hacerlas casi indetectables, alguien debía haber sabido exactamente qué dosis utilizar.
Y quizá también cómo revertirla.
A las seis y diez de la mañana escuché pasos en el pasillo.
Apagué el monitor y me escondí detrás de una cortina.
La puerta se abrió.
Entró el doctor Caldwell.
No parecía sorprendido al ver el cuerpo.
Ni triste.
Cerró la puerta con llave y sacó una jeringa de su bata.
La sangre se me congeló.
Se acercó a Lorenzo y levantó la sábana.
—Lo siento —murmuró—. Pero muerto debes seguir.
Antes de que pudiera insertar la aguja, tomé una bandeja metálica y la dejé caer.
El estruendo lo hizo girarse.
—¿Quién está ahí?
Salí de mi escondite.
El doctor palideció.
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo podría preguntarle.
Ocultó la jeringa detrás de la espalda.
—El señor Moretti falleció. Estoy realizando un procedimiento posterior.
—¿Con una jeringa?
Su expresión cambió.
La amabilidad nerviosa desapareció.
—No entiendes en qué te has metido.
Dio un paso hacia mí.
Retrocedí.
—Usted sabía que seguía vivo.
—Baja la voz.
—Los otros médicos también lo saben.
—Los otros médicos solo vieron lo que debían ver.
Sentí náuseas.
—¿Quién le pagó?
Caldwell soltó una risa seca.
—Vuelve a la cocina, muchacha.
—Dante.
El nombre escapó de mi boca antes de que pudiera detenerlo.
El doctor se quedó inmóvil.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Así que él habló —dijo.
Miró hacia Lorenzo.
Entonces comprendí que había cometido un error.
El doctor se abalanzó sobre mí.
Intenté correr, pero me sujetó por el brazo y me empujó contra un gabinete.
La jeringa brilló bajo la luz azul.
—Esto parecerá un ataque de pánico —susurró—. Nadie hará preguntas por una criada.
Le golpeé la muñeca.
La aguja cayó al suelo.
Antes de que pudiera recuperarla, la puerta se abrió de golpe.
Dante entró acompañado por dos guardias.
El doctor retrocedió.
Yo también.
Dante observó la jeringa, el oxígeno conectado y mis manos alrededor del brazo de Lorenzo.
—Explícame esto —ordenó.
Caldwell habló primero.
—La encontré manipulando el cuerpo.
—¡Está vivo! —grité.
Los guardias se miraron.
Dante no mostró ninguna emoción.
Se acercó a la mesa y apoyó dos dedos en el cuello de Lorenzo.
Esperó.
Después retiró la mano.
—No hay pulso.
—Sí lo hay. Es extremadamente lento.
—Ha pasado toda la noche con un cadáver y ahora estás confundida.
—Él abrió los ojos.
El doctor Caldwell negó con una expresión compasiva cuidadosamente ensayada.
—La hipotermia y el agotamiento pueden causar alucinaciones.
Saqué la ampolla sin etiqueta.
—Encontré esto junto a los medicamentos.
El médico dejó de respirar.
Dante tomó la ampolla y la sostuvo frente a la luz.
—¿Qué contiene?
—No lo sé —respondió Caldwell.
—Miente —dije—. Entró con una jeringa para terminar lo que la toxina no pudo hacer.
Uno de los guardias levantó su arma.
Pero Dante alzó una mano.
—Todos fuera.
—Señor… —protestó uno.
—He dicho fuera.
Los guardias obedecieron.
Caldwell intentó seguirlos.
Dante cerró la puerta antes de que pudiera salir.
Durante unos segundos, solo se escuchó el leve zumbido de la ventilación.
Dante miró al médico.
—Si Lorenzo está vivo, vas a despertarlo.
Caldwell comenzó a temblar.
—No puedo.
—Entonces dime quién ordenó esto.
El doctor apretó los labios.
Dante sacó una pistola.
No la apuntó.
Simplemente la dejó sobre la mesa.
—Tienes diez segundos.
—Dante, tú no entiendes…
—Nueve.
—Esto es mucho más grande que nosotros.
—Ocho.
—Si él despierta, todos moriremos.
—Siete.
Caldwell miró hacia la puerta.
Después hacia mí.
Finalmente se derrumbó.
—Existe un antídoto.
Mi respiración se detuvo.
—¿Dónde? —preguntó Dante.
—En la caja fuerte del laboratorio.
—Código.
El médico negó.
—No puedo dártelo.
Dante tomó la pistola.
—Entonces vienes conmigo.
—No.
El terror en su rostro no era por Dante.
Era por alguien más.
—La caja fuerte está conectada al sistema de seguridad. Si la abro, ellos sabrán que Lorenzo sobrevivió.
—¿Quiénes?
Caldwell tragó saliva.
—Los cinco capitanes.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Todos participaron?
—No sé quiénes —respondió—. Solo sé que uno de ellos pagó la toxina y otro cambió el registro médico.
Dante se quedó inmóvil.
La guerra que esperaba fuera de la mansión no había empezado con los enemigos de Lorenzo.
Ya estaba dentro de sus propias paredes.
Entonces el monitor portátil se encendió solo.
Una alarma aguda rompió el silencio.
Lorenzo comenzó a convulsionar.
Corrí hacia él.
—¡Está perdiendo el pulso!
Caldwell miró la pantalla y palideció.
—La segunda fase de la toxina ha comenzado.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Dante.
El médico observó el reloj.
—Menos de veinte minutos.
Dante lo agarró por el cuello y lo arrastró hacia la puerta.
—Nos llevarás al antídoto.
Antes de salir, Lorenzo abrió los ojos de repente.
Su mano encontró la mía.
—No… laboratorio —susurró.
Dante se detuvo.
Lorenzo respiró con un sonido quebrado.
Después clavó sus ojos en mí y pronunció con enorme esfuerzo:
—El antídoto… está en tu sangre.
Nadie se movió.
Yo miré al doctor Caldwell.
Su rostro confirmó que Lorenzo acababa de revelar algo que jamás debía saber.
Entonces las puertas de seguridad comenzaron a cerrarse alrededor del ala médica.
Una voz automática anunció el bloqueo total de la mansión.
Y a través de los altavoces apareció la voz tranquila de uno de los capitanes:
—Sabemos que Lorenzo está vivo. Entréguennos a la criada y quizá permitamos que los demás salgan con vida.