PARTE 2: EL HOMBRE QUE VIAJÓ TRES HORAS PARA SALVARLES LA VIDA

La pluma quedó suspendida entre los dedos de Sofía.

Nadie en la mesa respiraba.

Bruno seguía sonriendo.

Pero sus ojos ya no escondían cortesía.

Solo impaciencia.

—¿Qué pasa? —preguntó con falsa calma—. Es el mismo documento que revisó nuestro abogado.

Sofía no respondió.

Levantó lentamente el sobre que don Octavio acababa de entregarle.

Dentro no solo estaba el testamento.

Había otra hoja.

Una carta escrita por Andrés seis meses antes de morir.

Solo tenía una línea subrayada.

“Si algún día Bruno insiste demasiado en que firmes algo… no firmes nada hasta leer el expediente azul.”

Sofía levantó la vista.

—¿Qué expediente?

Don Octavio palideció.

Bruno golpeó la mesa.

—¡Eso ya no importa!

Fue la primera vez que perdió el control.

Y también la primera vez que Sofía supo que Andrés había dejado mucho más que unas acciones.


—¿Dónde está ese expediente?

preguntó Sofía.

Don Octavio tardó varios segundos en contestar.

—Ya no está en la hacienda.

Bruno lo interrumpió.

—Porque nunca existió.

El anciano giró lentamente la cabeza.

—Claro que existe.

Su voz temblaba.

—Y por eso mataron a mi hijo.

El comedor entero quedó en silencio.

Elvira comenzó a llorar.

—¡Octavio!

—¡Basta!

Era la primera vez que levantaba la voz en años.

—Llevamos demasiado tiempo viviendo con esta mentira.


Sofía sintió que el mundo comenzaba a desmoronarse.

—¿Qué mentira?

Don Octavio cerró los ojos.

—Andrés no murió por un accidente.

Nadie se atrevió a moverse.

—El freno de su camioneta fue manipulado.

Bruno dio un paso atrás.

Muy pequeño.

Pero Sofía lo vio.


—Hace veinticuatro años…

continuó el anciano,

…la empresa encontró un enorme yacimiento de tierras raras en la sierra.

No pertenecía legalmente a la familia.

Pertenecía a una comunidad ejidal.

Algunos socios quisieron apropiárselo usando documentos falsificados.

Andrés descubrió todo cuando empezó a revisar las auditorías.

Respiró con dificultad.

—Quería denunciarlo.


Bruno golpeó la mesa.

—¡Eso no tiene nada que ver!

Don Octavio lo miró fijamente.

—Sí tiene.

Sacó una llave antigua del bolsillo.

La dejó frente a Sofía.

—El expediente azul está en una caja de seguridad del Banco Nacional de Monterrey.

Solo Andrés y yo conocíamos la combinación.

Su voz se quebró.

—Hasta que alguien más empezó a escuchar detrás de las puertas.

Todos miraron a Bruno.


El teléfono de Sofía vibró.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Señora Mendoza?

Reconoció inmediatamente aquella voz.

El hombre del autobús.

—No vuelva a quedarse sola.

Ella salió lentamente del comedor.

—¿Quién es usted?

Hubo unos segundos de silencio.

—Me llamo Esteban Rojas.

Fui jefe de seguridad de su esposo durante nueve años.

El corazón de Sofía se detuvo.

—¿Por qué nunca se presentó?

—Porque habría muerto antes de llegar al autobús.

Miró alrededor.

—Llevan meses siguiéndome.


—¿Qué sabe usted?

Esteban respiró profundamente.

—El día que Andrés murió…

yo iba en el vehículo detrás del suyo.

Sofía dejó de caminar.

—Vi otro automóvil.

Negro.

Sin placas.

Hizo una pausa.

—No fue un accidente.

Fue una persecución.


Las piernas comenzaron a temblarle.

—¿Por qué no declaró?

—Porque el fiscal encargado del caso trabajaba para la empresa.

Otra pausa.

—Y porque alguien asesinó a los otros dos testigos durante la misma semana.

Sofía sintió un escalofrío.


—Escúcheme con atención.

No salga de la hacienda.

No firme ningún documento.

Y haga exactamente una cosa.

—¿Cuál?

—Busque un reloj antiguo en el despacho de don Octavio.

Dentro encontrará una llave.

Esa llave abre la caja donde está el expediente azul.


Cuando Sofía regresó al comedor…

Bruno ya no estaba.

Su silla permanecía vacía.

Elvira lloraba desconsoladamente.

Y don Octavio tenía el rostro completamente blanco.

—¿Dónde está Bruno?

preguntó Sofía.

Uno de los empleados respondió nervioso.

—Acaba de salir en su camioneta.

Don Octavio cerró los ojos.

—Entonces ya lo sabe.

—¿Qué cosa?

El anciano apenas pudo responder.

—Va camino al banco.

Quiere destruir el expediente antes de que lleguemos nosotros.


En ese instante sonó el teléfono del despacho.

Uno de los abogados contestó.

Su expresión cambió de inmediato.

—Señor…

¿Qué ocurre?

El hombre tragó saliva.

—Acaban de informar que alguien intentó forzar una caja de seguridad en la sucursal central de Monterrey.

Don Octavio miró directamente a Sofía.

Después pronunció una frase que hizo que el silencio volviera a caer sobre toda la hacienda.

—Si Bruno encuentra primero ese expediente…

No solo descubrirás quién mató a Andrés.

También desaparecerá la única prueba capaz de demostrar que tu propio esposo llevaba años reuniendo evidencia… contra alguien mucho más poderoso que nuestra familia.

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