El mercado entero quedó en absoluto silencio.
El joven seguía sujetando el brazo del agresor con firmeza.
El hombre intentó liberarse.
Pero cuanto más forcejeaba, más evidente quedaba su desesperación.
—¡Suéltame ahora mismo!
Gritó con el rostro completamente rojo.
El desconocido no respondió.
Solo lo observó fijamente.
Había una serenidad inquietante en sus ojos.
Yo conseguí incorporarme lentamente.
Mis manos seguían ardiendo por la sopa derramada.
La anciana que antes quiso ayudarme se acercó con un pañuelo limpio.
—Déjame ver esas quemaduras.
Le agradecí con una leve sonrisa.
Mientras tanto, el agresor comenzó a señalarme con el dedo.
—¡Ese viejo fue quien bloqueó el pasillo!
Varias personas bajaron la cabeza.
Habían visto perfectamente lo ocurrido.
Pero el miedo seguía pesando más que la verdad.
Entonces el joven levantó la voz.
—¿Quién vio lo que pasó?
Nadie contestó.
El silencio volvió a extenderse por todo el mercado.
El agresor sonrió con arrogancia.
Creía haber recuperado el control.
Pero una niña de unos diez años salió lentamente detrás de un puesto de frutas.
Llevaba un pequeño teléfono entre las manos.
—Yo lo grabé todo.
Su voz era baja.
Pero todos la escucharon.
La niña entregó el teléfono al joven.
En la pantalla aparecía el video completo.
Se veía claramente cómo el hombre empujaba al anciano sin que existiera ninguna provocación.
Después levantaba la mano para golpearlo por segunda vez.
Los murmullos comenzaron a recorrer el mercado.
El agresor palideció.
—Ese video está editado…
El joven ignoró la excusa.
Guardó el teléfono y sacó lentamente una credencial de su bolsillo.
La mostró delante de todos.
El silencio fue inmediato.
Era un inspector de la Autoridad Nacional de Comercio.
Había acudido al mercado de incógnito para investigar denuncias de abusos y extorsiones.
Miró fijamente al agresor.
—Llevamos tres meses siguiendo sus actividades.
El hombre dio un paso hacia atrás.
—¿Qué… qué está diciendo?
El inspector señaló varios locales alrededor.
—Recibimos decenas de denuncias.
Cobros ilegales.
Amenazas.
Agresiones contra vendedores y clientes.
Hoy necesitábamos una prueba definitiva.
Y usted acaba de dárnosla delante de más de cien testigos.
En ese momento, varios agentes vestidos de civil comenzaron a salir de entre la multitud.
Rodearon discretamente todas las salidas del mercado.
El agresor comprendió que estaba atrapado.
Pero, antes de que pudieran esposarlo, empezó a reír de forma extraña.
Miró directamente al inspector.
—Si me arrestan…

—La persona que realmente controla este mercado desaparecerá antes de que puedan interrogarla.
El inspector frunció el ceño.
—¿Quién?
El hombre sonrió con amargura.
—El dueño de todo esto… acaba de entrar por esa puerta.
Todas las miradas se dirigieron al fondo del pasillo.
Un hombre elegantemente vestido acababa de cruzar la entrada principal.
Y al verme, su rostro cambió por completo.
Como si acabara de reconocer a alguien que llevaba décadas buscando.
Lee la Parte 3.