Chili permaneció inmóvil apenas un segundo.
El rugido del incendio hacía imposible pensar con claridad.
Los bomberos acababan de llegar y esperaban una sola orden para entrar.
—¡Mi esposa y mi hijo primero! —repitió con la voz quebrada.
Dos rescatistas atravesaron la puerta envuelta en llamas.
Otros dos descendieron hacia el sótano, donde el anciano seguía atrapado.
El techo crujía con un sonido aterrador.
Cada segundo acercaba el derrumbe definitivo.
Desde una ventana apareció Elena.
Tosía sin parar mientras abrazaba al pequeño entre sus brazos.
—¡Aquí estamos!
Los bomberos colocaron una escalera.
Consiguieron sacar primero al niño.
Después ayudaron a Elena a descender.
En cuanto tocó el suelo, Chili la abrazó con todas sus fuerzas.
—Pensé que te había perdido.
Pero Elena no respondió.
Solo miró fijamente al abuelo, que acababa de ser sacado inconsciente del sótano.
Cuando recuperó el aliento, volvió a decir con firmeza:
—Fue él quien me empujó.
Los presentes quedaron en silencio.
Dos policías que habían llegado junto con los bomberos se acercaron inmediatamente al anciano.
Sin embargo, antes de que pudieran hacerle una sola pregunta, uno de los rescatistas levantó la voz.
—Capitán… encontramos algo extraño.
Todos caminaron hasta la cocina completamente calcinada.
Debajo de unos muebles apareció una pequeña lata metálica.
Todavía conservaba restos de gasolina.
No parecía un accidente.
Un perito comenzó a inspeccionar la vivienda.
Minutos después señaló la cerradura de la puerta trasera.
—Fue forzada desde el exterior.
El capitán frunció el ceño.
—Entonces alguien entró antes del incendio.
En ese momento, una cámara de seguridad instalada en la casa del vecino llamó la atención de uno de los agentes.
Revisaron rápidamente la grabación.

Las imágenes mostraban a una persona entrando en la vivienda veinte minutos antes de iniciarse el fuego.
Llevaba una capucha negra.
Pero al acercarse a la puerta principal levantó brevemente la cabeza.
Chili sintió que el mundo se detenía.
Reconocía perfectamente aquel rostro.
No era su abuelo.
Era su propio tío Ernesto, desaparecido de la familia desde hacía cinco años tras una amarga disputa por la herencia.
Y lo más inquietante era que, antes de marcharse, el video mostraba claramente cómo encerraba al anciano dentro del sótano.
Elena observó la pantalla completamente desconcertada.
Comprendió entonces que alguien había utilizado el incendio para enfrentar a toda la familia.
Y que la acusación contra el abuelo solo era la primera pieza de un plan mucho más oscuro.
Lee la Parte 3.