PARTE 2: EL VERDADERO DUEÑO.

El silencio cayó sobre toda la tienda.

Nadie se atrevía a pronunciar una sola palabra.

Lucía observaba al gerente como si hubiera perdido la razón.

Luego miró a Mateo.

Después volvió a mirar la tableta que el hombre sostenía entre las manos.

—Eso… eso tiene que ser un error.

Su voz ya no sonaba arrogante.

Sonaba asustada.

El gerente respiró hondo antes de responder.

—Jamás me equivocaría con el fundador de este grupo empresarial.

Todos los empleados inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

Mateo permaneció inmóvil.

Su mirada seguía fija en los pequeños fragmentos del adorno de cristal que aún descansaban sobre el suelo.

Se agachó por última vez y recogió el último pedazo con cuidado.

—Era para mi madre —dijo en voz baja—. Llevaba un mes ahorrando para comprarle algo que le hiciera sonreír.

El gerente sintió un nudo en la garganta.

Lucía comenzó a retroceder lentamente.

—Mateo… yo no sabía…

Él levantó la vista.

—No.

—Nunca quisiste saber.

Aquellas palabras pesaron más que cualquier insulto.

El gerente entregó una caja de terciopelo al joven.

—Señor presidente, permita que la empresa sustituya el regalo.

Mateo negó con suavidad.

—No.

—El valor de un regalo no depende de su precio.

Todos quedaron en silencio.

Lucía sintió cómo la vergüenza le quemaba el rostro.

Durante años creyó que Mateo era un simple barrendero porque él nunca intentó defenderse.

Jamás imaginó que el hombre al que había despreciado era quien financiaba becas para empleados, hospitales infantiles y programas sociales con absoluta discreción.

En ese momento llegaron los abogados de la empresa.

El director jurídico habló con firmeza.

—Señor, el contrato publicitario de la señorita Lucía está listo para ser rescindido.

Lucía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Corrió hacia Mateo.

—Por favor… dame una oportunidad para explicarme.

Él guardó silencio durante unos segundos.

Luego respondió con tranquilidad.

—No cancelaré tu contrato por lo que me hiciste a mí.

Ella levantó la mirada con esperanza.

—Lo cancelaré porque humillaste a un cliente delante de todos solo por su apariencia.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Lucía.

Pero antes de que los abogados pudieran marcharse, el teléfono del gerente sonó con insistencia.

Contestó.

Su expresión cambió de inmediato.

Miró a Mateo completamente pálido.

—Señor presidente… acabamos de descubrir que alguien vendió en secreto el cincuenta y uno por ciento de las acciones de la compañía.

Mateo frunció el ceño.

—Eso es imposible.

El gerente tragó saliva.

—La venta fue autorizada utilizando… su firma digital.

Y el comprador acababa de entrar por la puerta principal de la tienda sonriendo mientras aplaudía lentamente.

Lee la Parte 3 para descubrir quién robó el imperio de Mateo y por qué llevaba años preparando aquella traición.

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