Continuación de la segunda parte de la historia:
El joven heredero permaneció inmóvil con la fotografía entre las manos mientras el caos seguía envolviendo el enorme comedor. La imagen mostraba a su padre décadas atrás, de pie frente a una casa incendiada, acompañado por varios hombres armados. En la parte posterior alguien había escrito una sola frase con tinta negra: “Ellos comenzaron esta guerra.”
Antes de que pudiera reaccionar, un estruendo sacudió toda la mansión.
Las puertas principales se cerraron automáticamente.
Los guardias intentaron perseguir a la madrastra, pero no encontraron ningún rastro de ella.
Era como si hubiera desaparecido en la oscuridad.
El médico de la familia llegó junto al anciano caído.
Revisó su pulso durante unos segundos.
Después levantó lentamente la cabeza.
—Todavía respira.
Aquellas palabras hicieron que todos contuvieran el aliento.
El heredero corrió junto a su padre.
Mientras los paramédicos intentaban estabilizarlo, el anciano abrió apenas los ojos.
Con el poco aire que le quedaba, sujetó la muñeca de su hijo.
—No… fue… ella…
Su voz apenas era un susurro.
El joven quedó completamente desconcertado.
—¿Qué dices?
El anciano respiró con dificultad.
—Busca… el reloj…

Antes de terminar la frase perdió nuevamente el conocimiento.
Los médicos lo trasladaron de inmediato al hospital.
Mientras la ambulancia abandonaba la mansión, el heredero recordó el viejo reloj de pie que llevaba generaciones en el despacho privado de su padre.
Corrió hasta allí acompañado únicamente por el mayordomo más antiguo de la familia.
Al mover el enorme reloj descubrieron un compartimento secreto.
Dentro había una pequeña llave dorada.
Y un segundo sobre negro.
Esta vez no contenía fotografías.
Había una carta escrita por el propio patriarca.
El joven comenzó a leer con las manos temblorosas.
“Si estás leyendo esto, significa que mis pecados finalmente han regresado para cobrar su precio.”
Cada línea hacía más pesada la respiración de todos los presentes.
El patriarca confesaba que, treinta años atrás, había permitido que una poderosa familia fuera acusada falsamente de traición para quedarse con todas sus propiedades.
Entre las víctimas se encontraba una niña.
Aquella niña era la mujer a la que todos conocían hoy como su madrastra.
Pero la última página revelaba algo todavía más aterrador.
“Ella no vino para matarme.”
“Vino para detener al verdadero asesino.”
El heredero levantó lentamente la vista.
En ese mismo instante sonó un disparo en el jardín.
Y comprendió que el enemigo jamás había estado sentado frente a la mesa.
Había permanecido todos aquellos años viviendo dentro de la propia familia.