Parte 2: LA CASA NUNCA ESTUVO EN DISCUSIÓN

Sophie retrocedió un paso.

El formulario seguía temblando entre las manos de su tía.

Durante varios segundos nadie dijo una sola palabra.

Al otro lado del teléfono, Diane fue la primera en romper el silencio.

—Devuélvele esos documentos.

Ella todavía no los entiende.

Su hermana sonrió con calma.

—Yo sí los entiendo.

Lo que no entiendo es por qué intentaste registrarte en mi domicilio sin preguntarme.

Diane respiró hondo.

—Era solo un trámite.

—No.

Era un cambio de residencia permanente.

Levantó otra hoja.

Había una solicitud para actualizar la dirección bancaria, el registro electoral y la universidad de Sophie.

Todo apuntaba al mismo lugar.

Su apartamento.

No por unas semanas.

Por tiempo indefinido.

Sophie bajó lentamente la cabeza.

—Mamá dijo que…

—¿Qué te dijo?

La joven tardó unos segundos en responder.

—Que tarde o temprano esta casa terminaría siendo de la familia.

Su tía dejó escapar una breve risa.

—Siempre ha sido de la familia.

Porque yo también soy parte de ella.

Lo que nunca será es de quien intente apropiársela.

Diane perdió la paciencia.

—¡No seas egoísta!

Vives sola.

Tienes dos habitaciones.

Nosotras necesitamos estabilidad.

Ella apoyó tranquilamente los documentos sobre la mesa.

—Entonces alquilen un apartamento.

—No podemos permitirnos uno tan bueno.

—Ese no es mi problema.

El tono firme sorprendió incluso a Sophie.

Toda la vida había escuchado que su tía era incapaz de decir que no.

Ahora estaba viendo a una mujer completamente distinta.

Diane volvió a atacar.

—Papá estaría muy decepcionado contigo.

Aquella frase dejó de doler hacía años.

—Papá estaría decepcionado de quien enseñó a su hija que pedir permiso era opcional cuando se trataba de las cosas ajenas.

El teléfono quedó completamente en silencio.

Entonces Sophie habló casi en un susurro.

—Mamá me dijo que tú habías prometido dejarme el apartamento cuando te jubilaras.

Su tía la miró fijamente.

—Jamás hice esa promesa.

La joven frunció el ceño.

—También dijo que no te gustaba vivir sola y que agradecerías tener compañía.

—¿Y tú le creíste?

Sophie no respondió.

Porque empezaba a comprender que muchas de las historias que había escuchado durante años no coincidían con la realidad.

Su tía abrió un cajón del recibidor.

Sacó una carpeta transparente.

Dentro estaba la escritura original del apartamento.

También los comprobantes de la hipoteca.

Quince años de pagos.

Uno detrás de otro.

Todos realizados desde la misma cuenta bancaria.

Solo aparecía un nombre.

El suyo.

—Tu abuelo me prestó parte de la entrada.

Se la devolví íntegra con intereses.

No existe una sola persona que pueda reclamar un centavo de esta propiedad.

Sophie observó los documentos.

Nunca había visto aquellas pruebas.

Siempre le dijeron que el apartamento había sido comprado con dinero familiar.

No era cierto.

Su teléfono comenzó a vibrar.

Era un mensaje de Diane.

“No digas nada más. Deja las carpetas donde están y quédate allí.”

Su tía alcanzó a leer la pantalla.

Sonrió con tristeza.

—Ahora entiendo por qué insistías tanto en mi dormitorio.

Sophie levantó lentamente la vista.

—Yo…

—Necesitabas instalarte cuanto antes para que pareciera natural.

La joven rompió a llorar.

—Mamá dijo que, si vivíamos aquí unos meses, luego sería mucho más difícil que nos echaras.

El silencio llenó el apartamento.

Aquella confesión decía más que cualquier documento.

Su tía respiró profundamente.

No estaba enfadada con la muchacha.

Solo veía en ella el mismo patrón que había soportado durante toda la vida.

Personas convencidas de que todo lo suyo existía para resolver los problemas de los demás.

Tomó las llaves del apartamento.

Las dejó sobre la mesa.

—Tienes dos opciones.

Sophie levantó la cabeza.

—Puedes quedarte exactamente las tres semanas que acordamos al principio, respetando las normas de esta casa y usando la habitación de invitados.

Hizo una breve pausa.

—O puedes marcharte hoy mismo con todas esas carpetas.

La joven tardó varios segundos en responder.

Finalmente asintió.

—Me quedaré en la habitación de invitados.

Y…

Lo siento.

Fue la primera disculpa sincera que aquella familia pronunciaba en muchos años.

Pero justo cuando parecía que todo empezaba a calmarse, sonó el timbre.

Su tía abrió la puerta.

En el rellano estaban Diane y dos hombres vestidos con traje.

Uno de ellos llevaba un portafolios.

El otro sostenía varios documentos oficiales.

Diane sonrió con una seguridad que ya no parecía fingida.

—Perfecto.

Ya que estamos todos aquí, podremos resolver este asunto de una vez.

El hombre del portafolios dio un paso al frente.

—Buenas tardes.

Venimos por la solicitud relacionada con la propiedad de este inmueble.

La tía observó lentamente los documentos que llevaba en las manos.

Y, cuando leyó el nombre del supuesto solicitante, comprendió que su hermana llevaba meses preparando algo mucho más peligroso que ocupar una habitación.

Había intentado iniciar un procedimiento legal para reclamar parte de una casa que nunca le perteneció.

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