Amanda salió de la sala de reuniones sin mirar atrás.
Detrás de ella todavía se escuchaba la voz de Lily llorando.
—Señor Foster… todo esto es culpa mía.
Sebastian la abrazó por los hombros.
—No.
La culpable es Amanda.
Siempre ha sido demasiado orgullosa.
Los empleados intercambiaron miradas incómodas.
Por primera vez, nadie se atrevió a aplaudir al vicepresidente.
Porque todos habían visto cómo había limpiado el beso de su esposa como si fuera una mancha.
Y también habían visto con qué naturalidad había compartido la taza con su asistente.
Aquello ya no parecía un simple malentendido.
Parecía una confesión.
Amanda llegó a su automóvil.
Antes de arrancar, marcó un número.
—Señor Whitman.
Del otro lado respondió un hombre mayor.
—Llevaba años esperando esta llamada.
—Convoque una reunión extraordinaria del consejo.
Hoy mismo.
—¿Está segura?
Amanda observó el anillo que ya no llevaba en la mano.
—Completamente.
Dos horas después, la sala principal de Foster Group estaba llena.
Directores.
Accionistas.
Auditores.
Sebastian entró acompañado de Lily.
Todavía conservaba la misma expresión de superioridad.
Al ver a Amanda sentada en la cabecera de la mesa, soltó una sonrisa burlona.
—¿Viniste a montar otro espectáculo?
Ella no respondió.
El presidente del consejo tomó la palabra.
—Comenzaremos con el primer punto del orden del día.
Revisión de la estructura accionaria.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Para qué?
Todos sabemos cómo está distribuida.
El abogado colocó una carpeta delante de cada consejero.
—Quizá no exactamente.
Sebastian abrió la primera página.
Su expresión cambió lentamente.
—Esto…
Esto está equivocado.
El abogado negó con serenidad.
—No.
Durante años usted administró la compañía creyendo que la familia Foster conservaba el control absoluto.
Pero la ampliación de capital realizada hace tres años modificó completamente la distribución accionaria.
Amanda levantó la vista.
—La inversión que salvó esta empresa no fue un préstamo.
Fue una aportación patrimonial de mi familia.
El abogado continuó leyendo.
—Como resultado de esa operación, la señora Amanda Foster quedó como propietaria del cuarenta y dos por ciento de las acciones con derecho a voto.
El resto se encontraba dividido entre distintos accionistas minoritarios.
Sebastian sintió que la garganta se le secaba.
—Yo sigo siendo vicepresidente.
—Por ahora.
Respondió tranquilamente Amanda.
—Pero nunca fuiste el dueño.
Lily observaba la escena completamente confundida.
Ella siempre creyó que Sebastian controlaba la empresa.
Él también lo había creído.
Amanda abrió otra carpeta.
—Ahora revisemos los contratos aportados por mi familia.
Uno por uno comenzaron a aparecer en la pantalla.
Licencias tecnológicas.
Patentes.
Acuerdos internacionales.
Convenios de fabricación.
El director jurídico explicó:
—Todos estos activos fueron cedidos exclusivamente mientras continuara vigente el matrimonio entre la señora Amanda y el señor Sebastian Foster.
El salón quedó completamente en silencio.
Sebastian golpeó la mesa.
—¡Eso es absurdo!
—No.
El abogado deslizó otro documento.
—Aquí está la cláusula.
En caso de divorcio provocado por infidelidad, violencia o conducta que afecte gravemente la reputación de la beneficiaria, todas las licencias regresarán automáticamente a sus propietarios originales.
Amanda permanecía completamente tranquila.
Sebastian comenzó a comprender.
Los contratos.
Las patentes.
Los principales clientes.
Nada de eso pertenecía realmente a Foster Group.
Habían permanecido allí únicamente porque ella seguía siendo su esposa.
Lily dio un paso hacia atrás.
—Sebastian…
Él ni siquiera la escuchó.
Miraba desesperadamente a Amanda.

—Podemos hablar esto en privado.
Ella negó con calma.
—Durante tres años jamás quisiste hablar conmigo en privado.
Preferías hacerlo delante de todos.
Exactamente igual que hoy.
El presidente del consejo respiró profundamente.
—Existe un segundo asunto.
Los auditores proyectaron un video.
Era la grabación de la reunión de cumpleaños.
Se veía perfectamente cómo Sebastian rechazaba el beso de Amanda.
Después limpiaba sus labios tres veces.
Luego compartía la taza con Lily.
Finalmente le arrojaba el té encima.
El silencio volvió a llenar la sala.
Uno de los accionistas más antiguos habló primero.
—Esto representa un daño reputacional enorme.
Otro añadió:
—Y constituye violencia laboral y familiar.
Sebastian comenzó a perder el control.
—¡Todo esto es una conspiración!
Amanda lo observó por última vez.
—No.
Es simplemente la consecuencia de creer que humillar a alguien nunca tendría consecuencias.
El abogado entregó entonces el último documento.
—A partir de este momento quedan retiradas las licencias tecnológicas, suspendidos los contratos estratégicos aportados por la familia de la señora Amanda y presentada oficialmente la solicitud de divorcio.
Sebastian sintió que el mundo se derrumbaba.
Miró desesperadamente a Lily.
Ella ya había retrocedido varios pasos.
Por primera vez comprendía que el hombre al que había apostado todo su futuro acababa de perder aquello que más presumía.
La puerta de la sala volvió a abrirse.
Entró el director de recursos humanos acompañado por personal de seguridad.
Se acercó directamente a Sebastian.
—Señor Foster.
Por decisión unánime del consejo queda suspendido de sus funciones mientras concluye la investigación interna.
Sebastian bajó lentamente la cabeza.
Amanda recogió su bolso.
Antes de salir, se volvió apenas un instante.
—El día que limpiaste mi beso como si fuera suciedad creí que habías destruido mi dignidad.
Hoy entendí que lo único que destruiste fue tu propio futuro.
Y, mientras los escoltas acompañaban al hombre que hasta esa mañana se creía dueño absoluto de Foster Group hacia la salida, el presidente del consejo abrió un sobre que acababa de llegar del principal cliente internacional de la empresa.
Después de leer la primera línea, levantó la vista con absoluta incredulidad.
—Señora Amanda…
Parece que esto cambia todavía más las cosas.
El contrato más grande de la historia de la compañía nunca estuvo firmado con Foster Group.
Estaba firmado únicamente con usted.