PARTE 2: LA ESPOSA QUE PREPARÓ SU PROPIA DESAPARICIÓN.

El hombre abrió los ojos lentamente.

Ya no estaba en el restaurante.

El techo sobre su cabeza era bajo, húmedo y estaba cubierto de manchas oscuras. Una lámpara desnuda colgaba de un cable, balanceándose suavemente sobre él.

Intentó levantarse.

No pudo.

Tenía las manos atadas detrás de una silla metálica y los tobillos sujetos con una cuerda gruesa.

—¡¿Dónde estoy?!

Su voz rebotó contra las paredes vacías.

Nadie respondió.

Solo escuchó el sonido distante de agua goteando.

Entonces recordó el hot pot.

El camarero.

La mujer desconocida.

Y aquella frase imposible:

“Al cambiar el hot pot acabas de cambiar de esposa.”

La puerta se abrió con un chirrido.

La mujer del restaurante entró despacio.

Ya no llevaba el vestido elegante ni la joya brillante. Vestía ropa negra y guantes de cuero.

Detrás de ella apareció el camarero.

—¿Dónde está mi esposa? —exigió el hombre.

La desconocida colocó una pequeña cámara sobre una mesa.

—Tu esposa está exactamente donde decidió estar.

—¡No entiendo nada!

—Eso es porque nunca te molestaste en entenderla.

La mujer dejó frente a él una carpeta llena de fotografías.

En la primera imagen aparecía él entrando en un hotel acompañado de otra mujer.

En la segunda, entregaba dinero a un hombre en un estacionamiento.

En la tercera, firmaba documentos utilizando una identidad falsa.

El hombre palideció.

—¿De dónde sacaron esto?

—De los últimos dieciocho meses de tu vida.

El camarero encendió un monitor.

En la pantalla apareció la verdadera esposa.

Estaba sentada en una habitación distinta, vestida con una blusa blanca y el cabello recogido.

No parecía secuestrada.

Parecía tranquila.

—Hola, Arturo —dijo ella.

El hombre se inclinó hacia la pantalla.

—¡Clara! ¿Qué está pasando? ¿Te obligaron a hacer esto?

Ella sonrió con amargura.

—Todavía crees que todo gira a tu alrededor.

Arturo movió las muñecas intentando liberarse.

—Voy a denunciar a todos.

—Hazlo —respondió Clara—. Así la policía podrá revisar también tus cuentas falsas, los contratos fraudulentos y el seguro de vida que contrataste a mi nombre.

Arturo dejó de forcejear.

—Yo puedo explicarlo.

—Llevas años explicándolo todo.

Clara levantó una hoja frente a la cámara.

—Esta póliza indica que recibirías cinco millones si yo moría antes de terminar el año.

Él tragó saliva.

—Era una precaución financiera.

—También contrataste a alguien para provocar un accidente.

El silencio llenó la habitación.

La mujer de negro observó al hombre con desprecio.

—Por eso tu esposa desapareció esta noche.

Arturo sacudió la cabeza.

—Ella estaba conmigo en el restaurante.

—No —respondió Clara desde la pantalla—. Entré contigo, pero salí por la cocina cuando fuiste al baño.

La mujer desconocida tomó mi lugar.

Arturo recordó vagamente que su esposa había permanecido varios minutos en silencio.

Ni siquiera había mirado bien su rostro.

Había pasado toda la cena atendiendo mensajes en su teléfono.

—¿Por qué el camarero dijo que esa esposa podía comer picante? —preguntó con voz temblorosa.

Clara sostuvo su mirada desde el monitor.

—Porque yo soy alérgica al sésamo, no al picante.

—Después de doce años de matrimonio, ni siquiera sabías eso.

Aquella frase lo golpeó con más fuerza que cualquier amenaza.

El camarero colocó un teléfono frente a él.

En la pantalla había una llamada a punto de conectarse con la policía.

—Tienes una oportunidad —dijo Clara—. Confiesa quién te ayudó a preparar mi accidente.

Arturo miró la cámara.

Después observó las fotografías.

Finalmente bajó la cabeza.

—Fue mi socio.

—Quiero un nombre.

—Esteban Valdés.

La mujer de negro se acercó al monitor.

—Ya lo tenemos.

Clara negó lentamente.

—No. Esteban no era quien daba las órdenes.

Arturo levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué estás diciendo?

Clara mostró una nueva fotografía.

En ella aparecía una mujer entrando en la oficina de Esteban.

Era alguien que Arturo conocía demasiado bien.

Su propia madre.

—Ella fue quien contrató a Esteban —reveló Clara—. Quería eliminarme antes de que descubriera que toda la fortuna familiar fue construida con dinero robado.

Arturo quedó completamente paralizado.

—Mi madre nunca haría eso.

—Tu madre hizo algo peor.

Clara acercó a la cámara un certificado antiguo.

—También cambió tu identidad cuando eras un bebé.

La puerta del lugar se abrió nuevamente.

Una anciana elegante entró acompañada por dos hombres.

Arturo reconoció inmediatamente su perfume.

—Mamá…

Ella lo observó sin una pizca de ternura.

—Siempre fuiste demasiado débil para proteger esta familia.

La mujer sacó un arma de su bolso.

Apuntó primero hacia Arturo.

Después miró directamente a la cámara donde Clara seguía observando.

—Esta noche no perderé una esposa.

Su dedo se colocó sobre el gatillo.

—Perderé a los dos.

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