El salón permanecía sumido en un caos absoluto.
Los invitados discutían entre sí mientras las pantallas seguían mostrando las fotografías que habían destruido la reputación del padre de Lucía.
Ella continuaba arrodillada.
Las manos le temblaban sobre el vestido blanco ya empapado por las lágrimas.
El desconocido avanzó lentamente hasta quedar frente a ella.
Sostenía una carpeta azul cuidadosamente cerrada.
—Levántate —dijo con serenidad—. Si quieres conocer la verdad, deja de llorar y empieza a escuchar.
Lucía apenas logró ponerse de pie.
Miró al hombre sin reconocer su rostro.
—¿Quién es usted?
Él abrió la carpeta y colocó varios documentos sobre la mesa.
—Fui el abogado de la familia de Daniel.
El nombre hizo que Mateo, que ya estaba a pocos pasos de la salida, se detuviera en seco.
Giró lentamente la cabeza.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, el odio desapareció de su mirada.
Solo quedó una expresión de sorpresa.
—Eso es imposible… —murmuró.
El abogado respiró profundamente.
—Hace diez años investigué el accidente donde murió tu hermano.

Mateo dio un paso hacia él.
—Mi hermano no murió por culpa del padre de Lucía.
—No.
El silencio volvió a dominar el salón.
El abogado sostuvo la mirada de Mateo.
—Murió porque alguien manipuló las pruebas y necesitaba un culpable.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Mateo negó con fuerza.
—¡Está mintiendo!
El abogado sacó un viejo dispositivo de almacenamiento.
—Aquí están las declaraciones originales de los testigos que desaparecieron antes del juicio.
El padre de Lucía levantó lentamente la cabeza.
Su rostro estaba completamente descompuesto.
—Yo intenté impedir que destruyeran esas pruebas…
Todos lo miraron incrédulos.
Lucía dio un paso hacia él.
—¿Entonces… tú no eres el responsable?
Antes de que pudiera responder, Mateo arrebató la memoria USB de las manos del abogado.
La conectó a una pantalla del salón.
Apareció un video grabado años atrás.
En él se veía claramente a un hombre sobornando al investigador del caso.
Cuando la cámara enfocó su rostro, un grito recorrió todo el salón.
No era el padre de Lucía.
Era el propio padrino de Mateo.
El hombre que lo había criado desde la muerte de su hermano.
Mateo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Toda su venganza había estado construida sobre una mentira.
Pero antes de que pudiera reaccionar, su teléfono comenzó a sonar.
La llamada provenía precisamente del hombre que acababa de aparecer en la grabación.
Y al contestar, escuchó una frase que le heló la sangre.
—Si ya viste el video, mira por la ventana. Acabo de llevarme a Lucía. Ahora empieza el verdadero juego.
Lee la Parte 3 para descubrir por qué el verdadero culpable necesitaba a Lucía con vida y qué secreto llevaba ocultando durante una década.