El silencio que cayó sobre la entrada de la casa fue tan pesado que incluso Emilia dejó de sujetar la mano de su hermano para mirar alternativamente a su padre, a su madre y al abogado.
Mauricio tragó saliva.
—Eso… eso tiene que ser un error.
El licenciado Arturo Montes sostuvo la carpeta roja con absoluta serenidad.
—Me temo que no, señor Landa. La auditoría financiera comenzó por instrucciones de doña Aurora seis meses antes de su fallecimiento. Ella sospechaba que alguien estaba utilizando recursos del fideicomiso sin autorización.
Ximena dio un paso hacia atrás.
—¿Qué fideicomiso?
Mauricio evitó mirarla.
Renata sintió un vacío en el pecho. Durante años había creído que aquel hombre simplemente era ambicioso. Jamás imaginó que pudiera haber construido toda una mentira sobre documentos falsificados.
Arturo abrió la carpeta.
—Aquí aparecen diecisiete transferencias realizadas durante los últimos cinco años. Todas fueron aprobadas mediante una firma electrónica registrada a nombre de la señora Renata Valdés.
Renata negó lentamente.
—Yo nunca activé ninguna firma digital.
—Lo sabemos.
El abogado extrajo otra hoja.
—Porque la firma fue creada utilizando documentos de identidad escaneados cuando usted firmó varios “trámites fiscales” que su esposo le presentó.
Mauricio levantó la voz.
—¡Eso no demuestra nada!
—Al contrario.
Arturo señaló una serie de fechas.
—Cada transferencia coincide exactamente con inversiones realizadas por la empresa Landa Consultores.
El rostro de Mauricio comenzó a humedecerse.
Ximena lo observó con creciente desconfianza.
—¿Me dijiste que todo el capital inicial era producto de tus contratos privados?
Él no respondió.
Los dos guardias permanecían inmóviles junto al portón.
Renata respiró profundamente.
Durante doce años había pedido explicaciones sobre el dinero que desaparecía de sus cuentas. Siempre obtenía la misma respuesta: “son inversiones para nuestro futuro”.
Ahora comprendía que aquel futuro jamás había existido.
Solo había servido para financiar el ascenso de Mauricio.
Emilia rompió el silencio.
—Papá… ¿por qué mamá dice que la casa es de ella?
Mauricio intentó recuperar la compostura.
—Porque tu mamá está confundida.
—No.
La voz firme de Arturo lo interrumpió.
—La escritura original fue firmada mucho antes del matrimonio. Esta propiedad pertenecía al patrimonio familiar Valdés y nunca fue transferida al señor Landa.
Nicolás levantó la vista hacia su padre.
—Entonces… ¿nos quieres sacar de nuestra propia casa?
La pregunta golpeó a Mauricio con más fuerza que cualquier documento.
Intentó acercarse.
—Hijo, las cosas son más complicadas.
Pero Nicolás retrocedió hasta esconderse detrás de Renata.
Ximena comenzó a quitarse lentamente los pendientes.
—Necesito entender algo.
Miró directamente a Mauricio.
—¿También mentiste sobre esto?
Él abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Arturo continuó.
—Existe además otro elemento importante.
Sacó un pequeño dispositivo USB.
—Toda la actividad bancaria fue respaldada automáticamente por el sistema del banco. Cada acceso quedó registrado con dirección IP, dispositivo utilizado y ubicación física.
Mauricio perdió completamente el color.
Renata notó aquel cambio.
Era la primera vez en doce años que veía miedo auténtico en el rostro de su esposo.
No rabia.
No arrogancia.
Miedo.
Arturo habló despacio.
—La mayoría de las operaciones fueron realizadas desde la oficina principal de Landa Consultores.
Ximena giró lentamente.
—Mi oficina…
El abogado asintió.
—Exactamente.
Ella frunció el ceño.
—Pero yo nunca…
Se detuvo de golpe.
Recordó algo.
Hacía cuatro años Mauricio le había pedido utilizar ocasionalmente su computadora porque, según él, “el sistema contable del despacho era más seguro”.
Nunca hizo preguntas.
Ahora empezaba a comprender.
—No…
Mauricio intentó sujetarle el brazo.
—Ximena, escúchame…
Ella se apartó bruscamente.
—¿Usaste mi computadora para mover dinero?
Él permaneció callado.
Ese silencio fue suficiente.
—¡Dios mío!
Ximena retrocedió varios pasos.
—¿También me involucraste a mí?
Arturo intervino antes de que Mauricio respondiera.
—Precisamente por eso estamos aquí. La investigación todavía no determina quién conocía las operaciones y quién fue utilizado sin saberlo.
Los ojos de Ximena comenzaron a llenarse de lágrimas.
Por primera vez desde que Renata llegó, la seguridad desapareció completamente de su rostro.
Ya no parecía una mujer victoriosa.
Parecía alguien que acababa de descubrir que podía convertirse en sospechosa de un fraude millonario.
Mauricio explotó.
—¡Todo esto es una trampa!
—No.
Arturo volvió a abrir la carpeta.
—También tenemos declaraciones del contador que renunció hace ocho meses.

Renata levantó la mirada.
—¿Qué contador?
—Víctor Salcedo.
El nombre hizo que Mauricio cerrara los puños.
—Él aseguró bajo protesta de decir verdad que fue obligado a modificar estados financieros y que usted le ordenó ocultar el origen real de cuarenta y un millones de pesos.
Mauricio gritó:
—¡Está mintiendo!
—Eso lo decidirán las autoridades.
Uno de los guardias recibió una llamada por el auricular.
Asintió brevemente.
Después se acercó al abogado.
Arturo escuchó durante unos segundos y miró a Renata.
—Acaban de confirmar otra información.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurrió?
El abogado tardó unos segundos en responder.
—Los investigadores revisaron las cámaras de seguridad del banco donde se activó la firma digital.
Mauricio bajó lentamente la cabeza.
Arturo continuó.
—La persona que aparece utilizando la documentación de la señora Valdés… no actuaba sola.
Renata sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Quién estaba con él?
Arturo sostuvo la mirada.
—Todavía estamos verificando la identidad.
Hizo una pausa.
—Pero todo indica que había una segunda persona colaborando desde el primer día.
Ximena negó inmediatamente.
—No fui yo.
—No hemos dicho que fuera usted.
Arturo cerró la carpeta.
—Sin embargo, cuando identifiquemos a esa persona, entenderemos cómo comenzó realmente este fraude hace más de una década.
En ese instante, el teléfono de Mauricio vibró.
Miró la pantalla.
Su rostro quedó completamente desfigurado por el terror.
Renata alcanzó a leer solo dos palabras antes de que él ocultara el celular.
“Ya hablaron.”
Y comprendió que el verdadero responsable todavía no había aparecido, pero acababa de descubrir que Mauricio estaba a punto de ser traicionado por alguien mucho más peligroso que una amante.