No llamé a mi mejor amiga.
Tampoco a mis padres.
Llamé al profesor Álvaro Serrat.
Director del Departamento de Bellas Artes.
Y presidente del comité que había seleccionado mi portafolio para representar a la universidad en el Premio Starlight.
Contestó al tercer tono.
—¿Mia?
Miré las puertas del ascensor cerrándose.
—Profesor…
Necesito decirle algo antes de que lo descubra por otra persona.
Quince minutos después estaba sentada en un café frente al aeropuerto.
Le envié todas las capturas de pantalla.
La conversación del grupo.
La cancelación del vuelo.
El correo de descalificación.
Y una imagen donde Chloe admitía, con toda naturalidad, haber modificado mi obra.
Pasaron casi cinco minutos sin respuesta.
Finalmente apareció un mensaje.
“No elimines absolutamente nada.”
Después llegó otro.
“Esto ya no parece una simple broma.”
El profesor me llamó inmediatamente.
—Mia.
¿Los archivos originales siguen en tu computadora?
—Sí.
—¿Tienen historial de edición?
Abrí el programa.
Respiré aliviada.
—Sí.
Aparecen todas las modificaciones.
Incluso el usuario que inició sesión.
El profesor guardó silencio unos segundos.
—Perfecto.
Eso demuestra que la alteración fue posterior a la versión final que tú entregaste.
Tomé el primer vuelo hacia Islandia.
Necesitaba alejarme.
Durante las ocho horas de viaje apenas pude dormir.
Cuando el avión aterrizó en Reikiavik, tenía diecisiete llamadas perdidas.
Quince eran de Ethan.
Dos de Chloe.
No contesté ninguna.
Al salir del aeropuerto encendí nuevamente el teléfono.
Había un correo nuevo.
No del Premio Starlight.
De la universidad.
“Se ha abierto una investigación formal sobre una posible manipulación no autorizada de material académico.”
Seguí leyendo.
“Necesitamos reunirnos con usted por videollamada cuanto antes.”
La reunión comenzó esa misma tarde.
Además del profesor Serrat había tres personas más.
La decana.
La asesora jurídica.
Y una representante del Premio Starlight.
La mujer habló primero.
—Señorita Mia.
Normalmente una descalificación es definitiva.
Hizo una pausa.
—Pero nunca habíamos visto un caso donde existieran pruebas tan claras de que la modificación fue realizada por un tercero sin autorización.
Sentí que volvía a respirar.
La asesora jurídica tomó la palabra.
—Tenemos una pregunta.
¿La señorita Chloe tenía permiso para acceder a sus archivos?
—No.
—¿Conocía la contraseña?
—Sí.
Vivíamos en el mismo apartamento.
La mujer asintió lentamente.
Tomó algunas notas.
—Eso cambia completamente la naturaleza del caso.
Dos días después apareció un comunicado oficial del Premio Starlight.
No mencionaba nombres.
Solo informaba que una descalificación reciente quedaba suspendida mientras se investigaba una posible manipulación externa de una obra.
La noticia empezó a circular entre profesores y estudiantes.
Y alguien hizo una captura.
La publicó.
Con un comentario.
“¿Quién modifica el trabajo de otra persona como si fuera una broma?”
Aquella misma noche Ethan consiguió llamarme desde otro número.
Contesté.
—Mia.
Por fin.
Escúchame.
Todo esto se salió de control.
Miré las montañas cubiertas de nieve frente al hotel.
—No.
Respondí con calma.
—Todo esto siguió exactamente el camino que ustedes eligieron.
Él guardó silencio.
—Chloe está destrozada.
Dice que nunca quiso perjudicarte.
—Pero abrió mis archivos.
—Solo quería hacerte reír.
—Añadiendo una rana a seis meses de trabajo.
No respondió.
Después dijo algo que terminó de romper cualquier duda que pudiera quedarme.
—¿De verdad vale la pena destruir la reputación de Chloe por un concurso?
Cerré los ojos.
Ni una sola pregunta sobre cómo estaba.
Ni una disculpa.
Ni una palabra sobre mi carrera.
Solo Chloe.
Como siempre.
—Ethan.
¿Recuerdas el mensaje que me enviaste cuando salí del apartamento?
Hubo un silencio incómodo.
—Sí.
—Me dijiste que volvería arrastrándome.
Respiré despacio.
—Lo curioso es que quien no ha dejado de llamarme desde entonces eres tú.
Colgué.
Y bloqueé definitivamente su número.
Tres semanas después regresé a Ciudad de México.
No al apartamento.
Ya había alquilado un pequeño estudio cerca de la universidad.
El profesor Serrat me esperaba con una carpeta.
Sonreía.
—Tengo buenas noticias.
La abrí.
Dentro había una carta del comité del Premio Starlight.
Después de revisar los registros de edición, las conversaciones y los informes técnicos…
Mi candidatura quedaba oficialmente restituida.
Mi obra volvería a entrar en evaluación.
Con la versión original.
Levanté la vista sin poder hablar.
El profesor sonrió.
—Hay algo más.
Me entregó otra hoja.
Era una recomendación para una residencia artística en Reikiavik.
—¿Islandia?
—Sí.
Parece que alguien quedó muy impresionado con la forma en que enfrentaste todo esto.
Salí de la universidad sosteniendo aquellas dos cartas.

Entonces comprendí que Ethan y Chloe habían apostado por algo muy simple.
Que, como siempre, terminaría perdonándolos.
Lo que nunca imaginaron fue que aquella “broma” no acabaría destruyendo mi futuro.
Solo destruiría el lugar que ambos ocupaban dentro de él.