Parte 2: LAS CÁMARAS QUE SEPULTARON TODAS LAS MENTIRAS

Lucas permaneció inmóvil frente a la pantalla.

En el video, Renata reía mientras Bruno le rodeaba la cintura.

Cuando el viejo se muera, Lucas firmará lo que le pongamos enfrente. Nunca revisa los papeles.

Bruno sonrió.

—Y si se pone difícil…

Renata respondió sin dudar.

—Lo hacemos quedar como un empleado resentido y listo.

Lucas sintió que el estómago se le cerraba.

Don Ernesto apagó el monitor.

—Ese video tiene dieciocho meses.

Todavía faltan cientos.

Abrió la memoria USB.

Las carpetas estaban ordenadas por fechas.

Cada una contenía grabaciones tomadas desde las cámaras ocultas instaladas en la casa.

Cocina.

Despacho.

Comedor.

Sala.

Pasillo.

Incluso el cuarto donde lo habían encerrado.

—¿Por qué grabó todo esto? —preguntó Lucas.

El anciano bebió otro poco de suero.

—Porque el día que sobreviví al infarto escuché a mi propio hijo discutir con un notario.

Lucas guardó silencio.

Don Ernesto continuó.

—Raúl dijo que ya no servía para dirigir la empresa y que solo faltaba esperar mi muerte para repartir el patrimonio.

Respiró profundamente.

—Desde ese momento decidí convertirme en un hombre acabado.

Quería descubrir quién seguía siendo familia… y quién solo esperaba quedarse con mi fortuna.

En ese instante sonó el timbre.

El doctor Valdés llegó acompañado del licenciado Cárdenas.

Ambos entraron directamente al cuarto del anciano.

El médico revisó los signos vitales y negó con tristeza.

—Está deshidratado desde hace varios días.

Si Lucas hubiera llegado mañana, probablemente habría sido demasiado tarde.

El abogado observó la nota que Renata había dejado sobre la mesa.

La guardó cuidadosamente dentro de una bolsa para evidencia.

—Esto también servirá.

Lucas levantó la mirada.

—¿Evidencia?

Cárdenas asintió.

—Don Ernesto preparó todo hace mucho tiempo.

Si algún miembro de la familia atentaba contra su salud para acelerar la herencia, perdería automáticamente cualquier derecho sobre ella.

Lucas sintió un escalofrío.

Entonces Don Ernesto señaló otra carpeta.

—Abre la del mes pasado.

Lucas obedeció.

La imagen mostraba el despacho principal de la casa.

Renata, Raúl, Patricia y Bruno estaban reunidos alrededor de la mesa.

Había varios documentos abiertos.

Bruno hablaba con absoluta seguridad.

—Cuando Don Ernesto fallezca, registraremos la venta de la empresa antes de que Lucas sospeche.

Raúl preguntó:

—¿Y el viejo dejó otro testamento?

Bruno sonrió.

—Aunque exista, nadie lo encontrará.

Renata levantó una copa de vino.

—Dentro de poco todo esto será nuestro.

Los cuatro brindaron.

Lucas cerró lentamente la computadora.

No podía seguir viendo.

La mujer con la que llevaba cuatro años casado no solo lo había engañado.

También había participado en un plan para abandonar a su propio abuelo hasta verlo morir.

Don Ernesto apoyó una mano sobre su hombro.

—Lo siento.

Lucas negó con la cabeza.

—No.

El que debe pedir perdón soy yo.

Nunca imaginé que usted estuviera viviendo así.

El anciano sonrió con cansancio.

—Tú ya hiciste suficiente.

Fuiste el único que nunca dejó de entrar por esa puerta.

El teléfono del abogado comenzó a sonar.

Escuchó unos segundos y luego frunció el ceño.

—Acaban de confirmar que la familia regresará del resort esta misma noche.

Don Ernesto respiró profundamente.

—Perfecto.

Ya es hora.

Cárdenas abrió su portafolio.

Sacó un sobre lacrado y lo colocó sobre la cama.

En la parte frontal aparecía una fecha.

Había sido firmado dos años antes, apenas una semana después del infarto.

Lucas observó al anciano.

—¿Qué contiene?

—Mi verdadera voluntad.

Don Ernesto rompió el sello.

Dentro había un nuevo testamento, certificados notariales y una carta escrita completamente de su puño y letra.

El abogado comenzó a leer.

—”Declaro que cualquier descendiente que me abandone deliberadamente, manipule mi atención médica o intente acelerar mi fallecimiento quedará excluido de toda participación en Maderas Salgado.”

Lucas levantó la vista.

Cárdenas continuó.

—”Asimismo, la persona que permanezca a mi lado por lealtad y no por interés será quien reciba la administración total de la empresa hasta que el consejo determine un sucesor definitivo.”

El cuarto quedó completamente en silencio.

Lucas tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Quién… quién es esa persona?

Don Ernesto lo miró directamente a los ojos.

—Tú.

Lucas dio un paso hacia atrás.

—No.

Yo no soy de la familia.

El anciano sonrió.

—La sangre construye apellidos.

La lealtad construye legados.

Antes de que alguien pudiera decir otra palabra, el sistema de seguridad emitió un sonido.

Un automóvil acababa de entrar al garaje.

Por la cámara exterior apareció la camioneta de Renata.

Ella bajó riéndose junto a Bruno, mientras Raúl y Patricia caminaban detrás cargando bolsas de compras.

Todavía creían que Don Ernesto seguía agonizando solo en el cuarto del fondo.

No imaginaban que el anciano los esperaba completamente despierto.

Ni que el abogado ya había convocado para la mañana siguiente a todos los socios del consejo administrativo.

Ni que, mientras ellos abrían la puerta principal de la casa sonriendo, el documento que acababa de firmar Don Ernesto convertiría a Lucas, el hombre al que siempre trataron como un simple empleado de la familia, en la única persona con autoridad para decidir el futuro de todo el imperio Salgado.

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