Parte 2: EL DÍA EN QUE DEJÉ DE SER SU HOGAR

El avión despegó mientras la ciudad desaparecía bajo un manto de nubes grises.

No lloré.

Durante quince años había vivido pendiente de Adrián Lu. Había elegido la universidad porque él también estudiaría allí. Había aceptado un empleo porque él me lo ofreció. Incluso había permanecido en una ciudad que nunca me gustó únicamente porque él estaba en ella.

Por primera vez desde que tenía quince años, no sabía qué haría después.

Y, curiosamente, aquella incertidumbre se parecía mucho a la libertad.

Me instalé en Hangzhou gracias a una antigua profesora de la universidad que llevaba meses intentando convencerme para incorporarme a una empresa tecnológica. Acepté el puesto sin negociar demasiado.

Necesitaba empezar de nuevo.

Los primeros meses fueron difíciles.

Más de una vez desperté creyendo que recibiría un mensaje de Adrián preguntándome si ya había desayunado o recordándome llevar paraguas.

Pero el teléfono permanecía en silencio.

Hasta que una noche vibró.

Era un número desconocido.

—¿Emma?

Reconocí la voz inmediatamente.

Era Sofía.

—¿Qué quieres?

Hubo unos segundos de silencio.

—Necesito hablar contigo.

Estuve a punto de colgar.

Entonces dijo algo inesperado.

—Creo que Adrián nunca dejó de ocultarme cosas.

Acepté escucharla durante cinco minutos.

Nada más.

Nos conectamos por videollamada.

La muchacha ya no sonreía como el día en que abrió la puerta del apartamento.

Tenía ojeras.

Parecía haber llorado durante horas.

—Encontré unas cajas que él guardaba en una bodega.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Y?

Sofía bajó la mirada.

—Todas son sobre ti.

Sentí un nudo en el pecho.

Ella giró la cámara.

Había decenas de carpetas perfectamente ordenadas.

Entradas de cine.

Fotografías.

Billetes de autobús.

Cartas.

Incluso los recibos de los medicamentos que yo había comprado durante la depresión de Adrián años atrás.

Todo estaba cuidadosamente archivado.

—¿Por qué me enseñas esto?

Sofía respiró profundamente.

—Porque me mintió.

Contó que, cuando comenzaron a salir, Adrián le aseguró que yo era únicamente una amiga de la infancia incapaz de superar la pérdida de mis padres.

Jamás mencionó nuestra relación.

Ni los años que habíamos compartido viviendo juntos.

Ni que seguía buscándome casi todas las semanas.

—Le pregunté por qué conservaba todo esto.

Hizo una pausa.

—Se enfadó muchísimo.

Mi expresión no cambió.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

Sofía asintió lentamente.

—Eso pensé.

Apagó la cámara durante unos segundos.

Cuando volvió, sostenía otra caja.

—Pero encontré algo más.

Sacó un pequeño cuaderno negro.

Lo reconocí al instante.

Era el diario que Adrián escribía después de salir del hospital.

El mismo que juró haber destruido.

—Lo leí.

Sentí un escalofrío.

—No debiste hacerlo.

—Lo sé.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Pero necesitaba entender por qué siempre sentía que competía contra alguien que ya no estaba.

Abrió una página marcada.

Leyó despacio.

—”Emma dice que soy su hogar. Ojalá algún día pueda convertirme en el suyo de verdad.”

Mi respiración se detuvo.

Sofía continuó leyendo.

—”No puedo enamorarme de ella. Si algún día me abandona también, no sobreviviré otra vez.”

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Hay decenas de páginas parecidas.

Cerró el cuaderno.

—Creo que nunca dejó de quererte.

Permanecí completamente en silencio.

Después respondí con una calma que incluso me sorprendió.

—No.

Sofía levantó la vista.

—Sí la quería.

Pero entendí algo demasiado tarde.

Querer a alguien no significa tratarlo bien.

Ella no supo qué responder.

Yo tampoco.

Terminamos la llamada pocos minutos después.

Aquella noche permanecí largo rato junto a la ventana de mi apartamento.

Recordé al muchacho que me encontró bajo la lluvia.

Al joven que lloró en mis brazos cuando perdió a su familia.

Al hombre que me envió sola bajo la tormenta para comprar anticonceptivos mientras preparaba una mentira para la mujer con la que pensaba casarse.

Todos eran Adrián.

Y ninguno justificaba el último.

Pasaron otros seis meses.

Mi vida comenzó a llenarse de personas nuevas.

Compañeros que me invitaban a cenar.

Vecinos que recordaban mi cumpleaños.

Una jefa que me felicitó por un proyecto importante sin esperar nada a cambio.

Por primera vez comprendí que el cariño también podía ser tranquilo.

Sin miedo.

Sin sacrificios constantes.

Sin tener que demostrar cada día que merecía permanecer al lado de alguien.

Una mañana recibí un paquete sin remitente.

Dentro había una pequeña caja de madera.

La abrí con cautela.

Era mi collar.

El mismo de jade que había caído al estanque.

Junto a él había una nota escrita a mano.

“Lo vacié durante tres días hasta encontrarlo.

Perdón.

Sé que ya no tengo derecho a pedir nada.

Solo quería devolverte lo único que nunca debí perder.”

No llevaba firma.

No hacía falta.

Guardé la nota sin volver a leerla.

Después sostuve el collar entre las manos.

Durante mucho tiempo pensé que representaba a mi madre.

Luego creí que también representaba a Adrián.

Ahora comprendía que solo representaba una cosa.

A mí.

Lo coloqué de nuevo alrededor de mi cuello.

Abrí la ventana.

El aire fresco entró en la habitación.

Tomé el teléfono.

Busqué el número desde el que habían enviado el paquete.

Lo observé unos segundos.

Y, sin escribir una sola palabra, lo bloqueé para siempre.

Porque algunas historias no terminan cuando la otra persona pide perdón.

Terminan el día en que uno deja de esperar que cambie.

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