Parte 2: EL PRECIO DE CREER QUE YA HABÍA GANADO

Sebastián sonrió con la seguridad de quien llevaba meses preparando aquel momento.

Creía que don Ernesto Villarreal había ordenado detener la caravana para obligar a Mariana a regresar.

No conocía realmente al hombre con el que estaba negociando.

Ernesto descendió lentamente de su camioneta.

Miró primero a su hija.

El maquillaje corrido.

Los labios resecos.

Las marcas rojas que el velo había dejado sobre su rostro después de cinco horas bajo el sol.

Luego observó los setenta y dos baúles alineados frente al hotel.

Finalmente fijó la vista en Sebastián.

—¿Cinco horas?

Nadie respondió.

El coordinador del evento bajó la cabeza.

Renata dio un paso al frente.

—Señor… tengo grabadas todas las llamadas. Nos dijeron una y otra vez que el salón “no estaba listo”.

Ernesto tomó el teléfono.

Escuchó apenas unos segundos.

Después devolvió el aparato sin pronunciar palabra.

Sebastián intentó recuperar el control.

—Don Ernesto, fue un malentendido. Ya podemos comenzar la ceremonia.

Mariana soltó una risa breve.

No era una risa de alegría.

Era la de alguien que acababa de perder el miedo.

—¿Ceremonia?

Lo miró directamente.

—Hace cinco horas esperabas casarte con una mujer.

Ahora solo estás viendo a la presidenta ejecutiva del fideicomiso Villarreal.

El rostro de Sebastián cambió.

—¿Qué…?

Ernesto sonrió por primera vez.

—Nunca te interesaste por leer los documentos completos, ¿verdad?

Uno de los abogados de la familia abrió uno de los baúles.

No había joyas.

Había carpetas.

Contratos.

Actas notariales.

El abogado extrajo una escritura.

—Las aportaciones de la familia Villarreal jamás se transferían automáticamente al matrimonio.

Levantó el documento para que todos lo vieran.

—Existía una condición expresa.

Sebastián tragó saliva.

—¿Cuál condición?

El abogado respondió con absoluta calma.

—Que el matrimonio se celebrara libre de cualquier acto de violencia, coerción, humillación pública o incumplimiento grave por parte del contrayente.

Un murmullo recorrió a los más de trescientos invitados.

Mariana abrió lentamente otro documento.

—La cláusula fue redactada hace dos años por mi madre antes de morir.

Acarició el broche de perlas que llevaba prendido en el vestido.

—Ella decía que una hija nunca debía entregar su patrimonio a un hombre que primero necesitara romper su dignidad.

Sebastián sintió que el estómago se le cerraba.

—Eso… eso puede negociarse.

Ernesto negó con la cabeza.

—No.

El abogado continuó leyendo.

—La violación de dicha cláusula anula automáticamente todas las aportaciones económicas y habilita a la familia Villarreal para retirarse de cualquier negociación empresarial relacionada.

El silencio fue absoluto.

Natalia, que observaba desde la entrada del hotel, dio un paso hacia atrás.

Comprendía perfectamente lo que aquello significaba.

Sebastián ya no estaba perdiendo una boda.

Estaba perdiendo mucho más.

Intentó acercarse a Mariana.

Ella levantó una mano.

—No des otro paso.

Por primera vez desde que la conocía, Sebastián obedeció.

Mariana respiró profundamente.

—Durante meses pensé que tus comentarios eran inseguridad.

Después creí que eran orgullo.

Hoy descubrí que simplemente necesitabas humillarme para sentirte superior.

Sacó su teléfono.

Abrió una carpeta de videos.

La conectó a las enormes pantallas que todavía seguían instaladas para transmitir la ceremonia.

El hotel entero observó cómo aparecía la grabación del sistema de audio.

La voz de Natalia sonó con absoluta claridad.

—¿Neta vas a dejarla ahí más tiempo?

Después llegó la respuesta de Sebastián.

—Que aprenda. Cuando los Villarreal transfieran el último pago, Mariana y su papá harán lo que yo diga.

Nadie necesitó escuchar más.

Los invitados comenzaron a abandonar lentamente el lugar.

Los representantes bancarios hicieron llamadas urgentes.

Los inversionistas guardaron sus documentos.

Los socios extranjeros intercambiaban miradas incómodas.

En menos de cinco minutos, la boda se había convertido en un desastre empresarial.

Sebastián corrió desesperado hacia Ernesto.

—¡Si cancelan el proyecto, miles de personas perderán su empleo!

Ernesto lo observó fijamente.

—No.

Hizo una breve pausa.

—El proyecto continuará.

La esperanza volvió por un instante al rostro de Sebastián.

Hasta que Ernesto terminó la frase.

—Pero Corporativo Alcázar ya no participará en él.

Los directivos presentes quedaron inmóviles.

El abogado entregó otra carpeta.

—Anoche firmamos una alianza alternativa.

Sebastián abrió el documento.

El nombre del nuevo socio ocupaba toda la primera página.

Grupo Cárdenas Internacional.

El principal competidor de su empresa.

Natalia dejó escapar un grito ahogado.

Conocía perfectamente esa compañía.

Porque su actual prometido era uno de sus vicepresidentes.

Todo el tiempo había estado negociando con el rival de Sebastián.

El empresario sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿Desde cuándo?

Mariana respondió con serenidad.

—Desde el día en que empezaste a intentar enseñarme quién mandaría en nuestro matrimonio.

Guardó silencio unos segundos.

Después añadió:

—Mientras tú organizabas mi humillación… yo protegía a miles de trabajadores.

Los invitados comenzaron a aplaudir.

No era una celebración.

Era el reconocimiento silencioso hacia una mujer que había elegido salvar un proyecto sin sacrificar su dignidad.

Pensé que aquello era el final.

Pero entonces uno de los asistentes de Ernesto recibió una llamada.

Escuchó apenas unos segundos antes de acercarse rápidamente.

Su expresión había cambiado por completo.

—Señor…

Ernesto tomó el teléfono.

Después miró lentamente a Mariana.

—Acaban de informar que alguien vació las cuentas principales de Corporativo Alcázar hace veinte minutos.

Sebastián levantó la cabeza de golpe.

—¡Eso es imposible!

El asistente respiró hondo.

—Y quien autorizó todas las transferencias… utilizó exactamente la misma firma electrónica que usted registró esta mañana antes de comenzar la boda.

El color desapareció del rostro de Sebastián.

Porque él sabía perfectamente una cosa.

Nunca había autorizado ninguna transferencia.

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