Todo el salón permanecía en absoluto silencio.
Nadie se atrevía a pronunciar una sola palabra.
Lu Yong seguía arrodillado mientras observaba a Shenshiu con los ojos completamente abiertos.
Era incapaz de aceptar la realidad.
La mujer a la que había humillado durante años era, en realidad, la persona más poderosa de la sala.
El anciano entregó respetuosamente el contrato dorado.
—Presidenta Shen, el consejo de administración espera únicamente su firma para completar la adquisición del Grupo Lu.
Aquellas palabras hicieron que todos los invitados contuvieran la respiración.
La madre de Lu Yong, todavía sostenida por varias personas, levantó la cabeza con desesperación.
—¡Eso es imposible!
El anciano la miró con absoluta indiferencia.
—Hace seis meses, el ochenta por ciento de las acciones del Grupo Lu fueron compradas mediante empresas internacionales.
—Todas pertenecen a la Presidenta Shen.
Lu Yong sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Fuiste tú… todo este tiempo?
Shenshiu sostuvo el contrato entre sus manos.
Su expresión seguía siendo tranquila.
—Cuando me llamaste una mujer insignificante…
—Ya era la principal accionista de tu empresa.
La señorita Lin comenzó a retroceder lentamente.

Su rostro había perdido todo el maquillaje de la seguridad que mostraba minutos antes.
—No… eso no puede ser…
Shenshiu dirigió una breve mirada hacia ella.
—También compré la compañía de tu padre.
—La transferencia será oficial mañana a las nueve de la mañana.
La copa que sostenía la joven cayó al suelo hecha añicos.
Lu Yong intentó acercarse.
—Shenshiu… yo…
Ella levantó la mano para detenerlo.
—No confundas arrepentimiento con miedo.
—Nunca te arrepentiste cuando pensabas que yo no tenía poder.
Las palabras atravesaron el corazón de todos los presentes.
El anciano volvió a inclinarse.
—Presidenta, los medios de comunicación ya esperan afuera.
Ella asintió.
Cuando estaba a punto de abandonar el salón, un hombre mayor apareció apresuradamente entre los invitados.
Su rostro estaba lleno de angustia.
—¡Señorita Shen!
Ella se detuvo.
El hombre le entregó un viejo colgante de jade.
—Lo encontramos entre las pertenencias de la mujer que la crió.
Shenshiu quedó inmóvil.
Reconocía perfectamente aquel colgante.
Era el único recuerdo que conservaba de sus verdaderos padres.
El anciano observó la pieza con sorpresa.
—Presidenta…
—Ese emblema pertenece únicamente a la antigua familia imperial Shen.
El salón volvió a quedar en silencio.
Porque eso significaba que Shenshiu no solo era la empresaria más poderosa del país.
También podía ser la única heredera legítima de una familia cuya desaparición seguía siendo el mayor misterio de toda la nación.
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