Teresa no respondió al mensaje.
Durante varios minutos solo observó el nombre al final de la pantalla.
Noemí.
No conocía a ninguna mujer con ese nombre.
Sin embargo, apenas cinco minutos después, el teléfono volvió a vibrar.
“Si quiere saber la verdad sobre su hijo, venga sola. Café Hidalgo. Cinco de la tarde. Lleve únicamente una identificación.”
Teresa estuvo a punto de borrar el mensaje.
Pero recordó la conversación que acababa de escuchar en el hospital.
Ya no podía seguir fingiendo.
A las cinco en punto, una mujer de unos cincuenta años la esperaba junto a la ventana del café.
Vestía ropa sencilla y sostenía una carpeta azul.
—¿Señora Teresa?
Ella asintió con cautela.
—Soy Noemí Salazar.
Trabajé quince años como contadora de la imprenta de Adrián.
Teresa frunció el ceño.
—Mi hijo nunca mencionó una contadora.
Noemí soltó una sonrisa amarga.
—Porque me despidió hace dos meses.
Después de descubrir algo que no debía.
Colocó lentamente la carpeta sobre la mesa.
—Antes de abrirla…
Necesito hacerle una pregunta.
¿Usted ha firmado préstamos para ayudar a su hijo?
Teresa bajó la mirada.
—Sí.
Varios.
Noemí respiró profundamente.
—¿Está completamente segura de haber firmado todos?
El corazón de Teresa dio un vuelco.
Dentro de la carpeta aparecieron copias de contratos bancarios.
Solicitudes de crédito.
Pagarés.
Hipotecas.
Y varias hojas llevaban una firma casi idéntica a la suya.
Pero no era la suya.
—Esto…
No puede ser.
Noemí negó lentamente.
—Durante años Adrián falsificó documentos usando su identidad.
Obtuvo créditos personales.
Líneas empresariales.
Y garantías hipotecarias.
Todo utilizando su nombre.
Teresa comenzó a sentir un fuerte mareo.
—¿Cuánto?
Noemí respondió casi en un susurro.
—Hasta donde pude comprobar…
Más de treinta millones de pesos.
La taza de café cayó de las manos de Teresa.
Treinta millones.
Ella apenas podía reunir dinero para pagar medicamentos.
—¿Por qué nadie me avisó?
Noemí sacó otro documento.
—Porque todas las notificaciones llegaban a un apartado postal que Adrián registró utilizando un poder notarial.
Teresa abrió mucho los ojos.
—Yo jamás firmé un poder.
—Exactamente.
Nunca lo hizo.
Noemí deslizó una última hoja.
Era un dictamen pericial.
“Las firmas presentan indicios consistentes de falsificación mediante reproducción caligráfica.”
Teresa sintió que las manos le temblaban.
Entonces recordó la libreta donde había escrito tres preguntas.
Ahora existía una cuarta.
¿Hasta dónde había llegado su hijo?
El teléfono volvió a sonar.
Era Adrián.
Contestó.
—¿Mamá?
¿Dónde estás?
El doctor dice que necesito otro tratamiento urgente.
Teresa cerró lentamente la carpeta.
—¿Qué tratamiento?
Hubo un pequeño silencio.
Después Adrián respondió demasiado rápido.
—Uno muy caro.
Hay que decidir hoy mismo.
Noemí negó discretamente con la cabeza.
Teresa comprendió el mensaje.
Mintiendo otra vez.
—Lo revisaré con el médico.
Dijo ella con absoluta tranquilidad.
Del otro lado de la línea se hizo un silencio incómodo.
—¿Para qué?
Tú siempre has confiado en mí.
Teresa respondió con una serenidad que ni ella misma reconocía.
—Precisamente por eso.
Colgó.
Noemí sacó entonces un sobre amarillo.
—Hay algo más.
Esto fue lo que hizo que me despidieran.
Dentro había un contrato de seguro de vida.
Beneficiario único:
Adrián Morales.
Asegurada:
Teresa Morales.
Cobertura:
Veinte millones de pesos.
Teresa dejó de respirar.
La cifra era exactamente igual al premio de lotería.
Noemí la miró fijamente.
—El seguro fue contratado hace ocho meses.
Y contiene una cláusula muy extraña.
Pagará el total únicamente si el fallecimiento ocurre por accidente dentro del primer año de vigencia.
Teresa sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Ya no pensaba en el dinero del premio.
Pensaba en otra cosa.
En todas las veces que Adrián había insistido para que vendiera la casa.
En las ocasiones en que le pidió firmar documentos “sin leer porque tenía prisa”.
En los frenos del Tsuru que fallaron dos semanas atrás.
Noemí habló con la voz casi quebrada.
—Señora Teresa…
Yo no sé si su hijo solo quería aprovecharse de usted.

O si estaba preparando algo mucho peor.
Pero hay una razón por la que le pedí que no le contara lo de la lotería.
Porque si Adrián descubre que ahora usted vale cuarenta millones de pesos…
Quizá ya no espere a cobrar solo uno de los dos.