Ofelia retrocedió de un salto.
—¡¿Qué es eso?!
Del pequeño cuarto de servicio salió caminando lentamente un enorme pastor alemán de pelaje negro.
El perro bostezó, miró a Mariana y se sentó tranquilamente junto a ella.
—Se llama Bruno —explicó con serenidad—. Es el perro de mi hermano. Lo cuidaré unas semanas.
Bruno ni siquiera ladró.
Pero sus casi cuarenta kilos bastaron para que Ofelia se refugiara detrás de Iván.
—¡Saca ese animal de la casa!
Mariana acarició la cabeza del perro.
—Esta casa es mía. Decido quién entra… y quién se queda.
La frase cayó como una piedra.
Iván respiró con incomodidad.
—Mariana, tampoco hace falta exagerar…
Ella sonrió.
—Tienes razón.
Se dirigió al estudio.
Regresó con una carpeta azul y un sobre transparente.
Los dejó sobre la mesa.
—Ya que quieren hablar del departamento, hablemos con documentos.
Sacó la escritura original.
La deslizó lentamente hacia Ofelia.
—Fecha de compra.
Dos años antes del matrimonio.
Compradora única.
Mariana Salgado.
Pago inicial.
Transferencias desde mi cuenta personal.
Crédito hipotecario únicamente a mi nombre.
Ni una sola firma de Iván aparecía en el documento.
Ofelia apenas le echó un vistazo.
—Eso puede arreglarse.
—No.
Respondió Mariana.
—Legalmente, no.
Iván comenzó a caminar nervioso por la cocina.
—Mamá, ya déjalo…
Pero Ofelia seguía insistiendo.
—Mi hijo ha vivido aquí cuatro años. También tiene derechos.
Mariana abrió entonces la segunda carpeta.
—Eso también pensé que debíamos revisar.
Sacó varias hojas impresas.
No eran escrituras.
Eran capturas de pantalla.
Mensajes.
Muchos mensajes.
Iván sintió cómo el color desaparecía de su rostro.
—¿De dónde sacaste eso?
Mariana levantó lentamente la vista.
—Del respaldo automático de la tableta que olvidaste cerrar.
El silencio fue absoluto.
Leyó el primer mensaje.
“Cuando consiga que firme, vendemos el departamento y compramos uno más grande para nosotros.”
Remitente.
Iván.
Destinataria.
Su madre.
Ofelia intentó arrebatárselos.
Mariana retiró la carpeta antes de que pudiera tocarla.
Siguió leyendo.
“Si no acepta, la presionamos. Tarde o temprano se cansará.”
Otro mensaje.
“No importa que sea suyo. Cuando seas copropietario, pedimos un préstamo usando el departamento como garantía.”
Después apareció uno fechado apenas tres noches atrás.
“Cuando tenga la mitad, solicitamos una hipoteca máxima. Sacamos el dinero y después la dejamos con la deuda.”
Nadie dijo una palabra.
Mariana sacó un último documento.
Era una simulación bancaria.
Monto solicitado.
$8,200,000 pesos.
Garantía.
Su departamento.
Beneficiario del crédito.
Iván.
Raúl… perdón, Iván tragó saliva.
—Eso solo era una idea.
—No.
Respondió Mariana.
—Era un plan.
Ofelia recuperó finalmente la voz.
—¡No puedes usar conversaciones privadas!
Mariana sonrió.
—Qué curioso.
Porque ustedes tampoco pensaban preguntarme antes de hipotecar mi casa.
Iván dio un paso hacia ella.
—Podemos hablar.
Ella negó lentamente.
—Ya hablé demasiado durante cuatro años.
Sacó el teléfono.
Marcó un número.
Iván comenzó a ponerse nervioso.
—¿A quién llamas?
—Al cerrajero.
Ofelia soltó una carcajada.
—¿Para qué?
Mariana respondió sin dejar de mirar la pantalla.
—Para cambiar todas las cerraduras.
Mostró un pequeño llavero.
—Porque la copia que usted escondía debajo del tapete ya no abrirá nunca más esta puerta.
El teléfono vibró.
El cerrajero confirmó que llegaría en veinte minutos.
Iván respiró aliviado.
—Eso es todo.
Nos iremos.
Pero antes…
Necesito recoger algunas cosas.
Mariana volvió a negar con la cabeza.
—No entrarás solo al dormitorio.
—¿Qué?
—Desde este momento todo lo que retires será inventariado.
Él frunció el ceño.
—¿Desconfías de mí?
Mariana abrió el último sobre.
Dentro había un informe de un detective privado.
Lo dejó frente a ambos.
—No.
Ya comprobé que tenía razón para hacerlo.
Iván leyó apenas la primera página.
Su cuerpo quedó completamente inmóvil.
Ofelia intentó mirar por encima de su hombro.
La primera fotografía mostraba a Iván entrando varias veces al despacho de Mariana cuando ella estaba trabajando.
La segunda.
Abriendo la caja donde guardaba documentos personales.
La tercera.
Fotografiando cada hoja con su teléfono.

Mariana habló con absoluta calma.
—Quería saber cómo estaban escriturados mis bienes.
Por eso contraté al detective hace dos meses.
Levantó otra fotografía.
—Pero descubrió algo mucho más interesante.
Iván comenzó a temblar.
—Mariana…
Escúchame…
Ella colocó la última imagen sobre la mesa.
En ella aparecían Iván, Ofelia y un hombre con portafolios saliendo de una notaría.
La fecha era de dos semanas atrás.
Debajo había una copia certificada de una cita cancelada.
Objeto del trámite: preparación de donación parcial de inmueble.
Mariana cerró lentamente la carpeta.
—Ustedes no pensaban convencerme.
Pensaban falsificar mi consentimiento cuando encontraran la oportunidad.
En ese instante sonó el timbre.
Ofelia suspiró aliviada.
—Debe ser el cerrajero.
Mariana caminó hasta la puerta.
Miró por la mirilla.
Y sonrió por primera vez desde que comenzó la discusión.
—No.
Abrió lentamente.
—Es mucho mejor que eso.
Dos agentes de la Policía de Investigación y un funcionario de la Fiscalía permanecían frente al departamento.
El primero levantó una carpeta oficial y preguntó con voz firme:
—¿El señor Iván Ortega y la señora Ofelia Ruiz se encuentran aquí?
Porque necesitamos tomarles declaración por una denuncia presentada esta mañana por tentativa de fraude patrimonial y conspiración para falsificar documentos notariales.