Tomás cerró el seguro de la puerta.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Qué le dijiste a tu tío?
Mariana retrocedió un paso.
—Nada que no fuera verdad.
Él soltó una carcajada seca.
—¿Ahora vas a convertir a tu familia en nuestros jueces?
Se acercó lentamente.
—Recuerda lo que siempre pasa cuando intentas desafiarme.
Le sujetó la muñeca con fuerza.
Pero, antes de que pudiera hacer algo más, sonó el teléfono.
Tomás miró la pantalla.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieren a esta hora?
Contestó con evidente molestia.
Su expresión cambió en apenas unos segundos.
—¿Cómo que venció hoy?
Guardó silencio.
Después comenzó a caminar nervioso por la sala.
—Les dije que necesitaba una semana más.
No…
No pueden hacer eso.
Colgó violentamente.
Mariana nunca lo había visto tan alterado.
—¿Qué pasó?
Él no respondió.
Tomó las llaves del automóvil y salió dando un portazo.
A la mañana siguiente, Julián regresó al departamento.
No venía solo.
Lo acompañaba un abogado.
Y una carpeta gruesa.
Tomás abrió la puerta con el rostro agotado.
No había dormido.
Julián entró sin pedir permiso.
—Necesitamos hablar.
Tomás intentó recuperar su tono seguro.
—No tengo nada que hablar con usted.
—Sí lo tienes.
El abogado colocó la carpeta sobre la mesa.
—Ayer venció un pagaré por $800,000.
Tomás quedó completamente inmóvil.
—¿Cómo sabe eso?
Julián lo miró fijamente.
—Porque el acreedor me buscó creyendo que yo era tu socio.
Mariana abrió los ojos sorprendida.
Nunca había escuchado hablar de aquella deuda.
Tomás tragó saliva.
—Es un asunto personal.
El abogado negó lentamente.
—No cuando utilizaste la dirección del departamento de Mariana como domicilio de notificación.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Qué?
El abogado sacó varias copias.
Todas tenían la misma dirección.
Su casa.
Y la firma de Tomás.
—También declaró que aquí se encontraban bienes suficientes para responder por la deuda.
Mariana levantó la vista.
—¿Pretendías que embargaran mi departamento?
Tomás no respondió.
El silencio fue suficiente.
Julián respiró profundamente.
—Eso pensé.
Pero aún faltaba lo peor.
Sacó otra carpeta.
Mucho más delgada.
—Anoche revisé la empresa donde dices ser director regional.
Tomás sonrió con nerviosismo.
—¿Y?
—Nunca has sido director.
Mariana sintió que el mundo se detenía.
Julián continuó.
—Eres supervisor de operaciones.
Tu salario es menos de la cuarta parte del que siempre presumiste.
Tomás apretó los puños.
—Eso no es asunto suyo.
—Sí lo es.
Porque durante años convenciste a Mariana de abandonar su carrera asegurándole que tú podías mantenerlos.
Mariana recordó todas las veces que él insistió en que renunciara.
Las oportunidades rechazadas.
Los ascensos perdidos.
Todo basado en una mentira.
Entonces sonó nuevamente el teléfono de Tomás.
Era el mismo número del día anterior.
Contestó con manos temblorosas.
Escuchó apenas unos segundos.
Después dejó caer el celular sobre la mesa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Julián.
Tomás respiraba con dificultad.
—Van a demandarme.
El abogado tomó el teléfono.
Leyó el correo abierto en la pantalla.
Después levantó lentamente la vista.
—No solo eso.
Miró directamente a Mariana.
—El acreedor informa que el dinero nunca fue utilizado para la empresa.
Se usó para apuestas deportivas y préstamos personales.
Mariana sintió que desaparecía cualquier resto de compasión.
Durante dos años creyó que faltaba dinero porque atravesaban momentos difíciles.
En realidad…
Él había estado ocultando una vida completamente distinta.
Julián se puso de pie.
—Mariana.
Haz tu maleta.
Ella no dudó.
Subió a la habitación.

Guardó únicamente sus documentos, algunas prendas y las fotografías de su infancia.
Cuando volvió a bajar, Tomás seguía sentado.
Con la cabeza entre las manos.
—No te vayas.
Puedo arreglarlo.
Mariana negó lentamente.
—Llevas dos años prometiendo exactamente lo mismo.
Se dirigió hacia la puerta.
Pero antes de salir, el abogado habló por última vez.
—Hay un detalle que todavía no conoce, señor Tomás.
Él levantó lentamente la cabeza.
—¿Cuál?
El abogado abrió la última página del expediente.
—Mientras investigábamos la deuda de $800,000, encontramos algo mucho más grave.
Una transferencia realizada hace dieciocho meses.
El dinero salió de una cuenta que no te pertenecía.
Se hizo utilizando un poder firmado supuestamente por Mariana.
Tomás perdió todo el color del rostro.
Mariana comprendió inmediatamente por qué.
Porque jamás había firmado ese documento.
El abogado cerró la carpeta.
—La firma ya fue enviada a un perito.
Y, si se confirma lo que sospechamos…
Ya no estarás respondiendo solo por violencia familiar, sino también por falsificación de documentos y fraude.