Mientras los paramédicos revisaban a Mateo, una oficial abrió cuidadosamente la carpeta que mi primo Óscar había intentado sacar de la casa.
Frunció el ceño.
—Señor Ramírez… ¿esta propiedad está registrada únicamente a su nombre?
—Sí.
Ella levantó la escritura original.
—Entonces alguien estaba preparando algo muy serio.
Mi madre dejó de gritar por un instante.
Su rostro perdió el color.
—¡Eso es mío! ¡Devuélvanme esa carpeta!
Los agentes la sujetaron antes de que pudiera acercarse.
El oficial encargado revisó el resto de los documentos.
Había copias de mi identificación.
Estados de cuenta.
Recibos de servicios.
Y varios formularios notariales parcialmente llenados.
Mi abogado, a quien llamé de inmediato, llegó veinte minutos después.
Solo necesitó revisar las primeras hojas para comprender lo que ocurría.
—Diego… esto no era un simple robo.
—¿Qué significa?
Señaló uno de los documentos.
—Aquí aparece una solicitud para acreditar que tu madre vivía sola en esta casa y que tú residías permanentemente fuera de Guadalajara.
Sentí un vacío en el estómago.
—Pero eso es falso.
—Precisamente.
Sacó otra hoja.
—También estaban reuniendo documentos para intentar demostrar que Mariana era incapaz de administrar el patrimonio familiar debido a una supuesta depresión posparto.
Miré a mi esposa.
Permanecía sentada dentro de la ambulancia abrazando a Mateo.
Las lágrimas corrían por sus mejillas sin hacer ruido.

Comprendí entonces por qué llevaba meses evitando contarme lo que ocurría.
La habían convencido de que nadie le creería.
Uno de los policías se acercó con otro sobre encontrado dentro de un cajón de la cocina.
—Esto también estaba escondido.
Lo abrí.
Eran comprobantes de las transferencias mensuales que yo enviaba.
Treinta mil pesos.
Cada mes.
Durante casi dos años.
Sin embargo, los recibos de la despensa apenas alcanzaban una pequeña parte de esa cantidad.
—¿Dónde está el resto del dinero? —preguntó mi abogado.
Nadie respondió.
Hasta que mi tía Elena bajó lentamente la cabeza.
—Teresa decía que era justo…
Todos la miramos.
—¿Justo qué?
—Que como Diego casi nunca estaba en casa… ese dinero también pertenecía a la familia.
El silencio cayó sobre el patio.
Mi madre comenzó a reír.
—¿Y qué tiene de malo?
Soy su madre.
Todo lo que gana también es mío.
Aquellas palabras quedaron grabadas por la cámara corporal de uno de los agentes.
En ese momento sonó el teléfono de mi abogado.
Escuchó unos segundos y después me miró con absoluta seriedad.
—Acabo de hablar con el notario que aparece en estos documentos.
—¿Y?
—Nunca autorizó ninguno de esos trámites.
Alguien utilizó su nombre y falsificó sus sellos.
Los agentes intercambiaron miradas.
Lo que hasta entonces parecía un conflicto familiar acababa de convertirse en una investigación por fraude documental.
Pero la mayor sorpresa llegó segundos después.
El oficial abrió el último sobre de la carpeta.
Dentro había una prueba de ADN.
Con fecha de tres semanas antes.
Mi nombre aparecía escrito en la portada.
Y debajo, una anotación hecha con la letra de mi madre.
“Cuando Diego descubra la verdad sobre Mateo… Mariana se irá sola.”
Lee la Parte 3.