Parte 2: LA HEREDERA QUE NATHAN NUNCA CONOCIÓ

Margaret Wells no tardó ni veinticuatro horas en demostrar por qué era considerada una de las mejores abogadas de Londres.

Su esposo ha solicitado una orden para obligarla a regresar con la niña a China. También afirma que usted abandonó el domicilio conyugal sin previo aviso.

Victoria ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—¿Presentó pruebas de la agresión?

—Ninguna.

—Porque no las tiene.

Claire entró en la oficina con una carpeta azul.

—Señora Qin, llegaron las grabaciones del restaurante.

Victoria sonrió por primera vez desde que aterrizó en Londres.

—Perfecto.

Las cámaras del restaurante habían captado todo.

La bofetada.

El silencio del salón.

Las lágrimas contenidas de Victoria.

Y, sobre todo, la forma en que Nathan protegía a Serena mientras su propia esposa sostenía a una niña pequeña entre los brazos.

Margaret observó el video una sola vez.

—Esto cambia completamente el caso.

—Lo sé.

—¿Quiere presentarlo inmediatamente?

Victoria negó con tranquilidad.

—Todavía no.

La abogada arqueó una ceja.

—¿Por qué esperar?

—Porque Nathan aún cree que controla el tablero.

Mientras tanto…

A más de nueve mil kilómetros de distancia, Nathan llevaba tres noches sin dormir.

La casa permanecía completamente vacía.

La habitación de Mia seguía llena de juguetes.

Su pequeña manta seguía sobre la cama.

Por primera vez desde el matrimonio, comprendió lo silenciosa que podía ser aquella casa.

Serena apareció con café en la mano.

—Nathan, tienes que concentrarte.

Él golpeó la mesa.

—¡No encuentro a Victoria!

—Ya aparecerá.

—¡Se llevó a mi hija!

Serena intentó acariciarle el brazo.

Nathan la apartó con brusquedad.

Aquello la sorprendió.

Nunca antes la había rechazado.

—Todo esto empezó porque ella exageró aquella bofetada…

Nathan levantó la mirada.

—¿Exageró?

Por primera vez, la escena volvió a su cabeza.

La marca roja sobre la mejilla de Victoria.

Los ojos asustados de Mia.

El restaurante entero observándolo.

Sacudió la cabeza.

No.

Ella debía regresar.

Simplemente debía hacerlo.

No podía aceptar que hubiera desaparecido así.

En ese instante sonó su teléfono.

Era el presidente del Grupo Shengheng.

—Nathan.

—Sí, señor Lin.

—Necesitamos reunirnos.

—¿Ha ocurrido algo?

Del otro lado hubo un largo silencio.

—El Grupo Qin acaba de presentar una oferta formal para comprar NordTech.

Nathan quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Y alguien dirige personalmente la negociación.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

Pero lo averiguaremos.

Nathan terminó la llamada con una sensación extraña.

Aquella coincidencia resultaba incómoda.

Demasiadas cosas estaban ocurriendo al mismo tiempo.

Mientras tanto…

En Canary Wharf, Victoria presidía la reunión de adquisición.

Los directivos europeos permanecían completamente concentrados.

—Shengheng ofrecerá aproximadamente mil doscientos cuarenta millones.

El director financiero señaló la pantalla.

—Podemos superar esa cifra.

Victoria negó lentamente.

—No.

Todos la miraron.

—No vamos a ganar ofreciendo más dinero.

—Entonces…

—Vamos a quitarles la financiación.

El silencio llenó la sala.

Victoria pulsó otro botón.

En la pantalla aparecieron varios bancos internacionales.

—Durante los últimos tres años, Shengheng financió casi todas sus operaciones mediante estas entidades.

El director Hayes abrió mucho los ojos.

—¿Quiere decir…?

—Quiero que mañana mismo reciban nuestros nuevos contratos exclusivos.

Claire comprendió inmediatamente.

—Si los bancos trabajan con Qin…

—…no podrán respaldar simultáneamente la operación de Shengheng.

Todos intercambiaron miradas.

Era brillante.

No destruirían al rival.

Simplemente le quitarían el oxígeno.

Aquella misma tarde comenzaron las llamadas.

Londres.

Fráncfort.

Zúrich.

Nueva York.

En menos de ocho horas, tres bancos cancelaron discretamente las líneas de crédito previstas para Shengheng.

El efecto fue inmediato.

Serena irrumpió desesperada en la oficina de su padre.

—¡Acaban de rechazar el préstamo!

—¿Cuál?

—¡Todos!

El presidente Lin rompió el informe sobre el escritorio.

—¿Quién está detrás?

Nadie respondió.

Hasta que uno de los ejecutivos habló con cautela.

—Creemos que… el Grupo Qin.

El despacho quedó completamente en silencio.

Serena sintió un escalofrío.

¿Por qué precisamente Qin?

Esa misma noche llamó a Nathan.

—Necesito hablar contigo.

Él llegó veinte minutos después.

Serena caminaba nerviosa.

—Nuestro proyecto con NordTech está en peligro.

Nathan apenas escuchaba.

Seguía revisando el teléfono.

Seguía esperando un mensaje de Victoria.

—Nathan.

—¿Qué?

—¿Me estás escuchando?

—Sí.

—Necesitamos descubrir quién dirige Qin Europa.

Nathan respondió distraídamente.

—Contrata investigadores.

Serena respiró hondo.

—Lo hice.

Sacó una carpeta.

—Y encontraron esto.

Nathan tomó las hojas sin demasiado interés.

Pero al leer la primera línea, el color desapareció de su rostro.

Directora Ejecutiva Europa

Victoria Qin

Durante varios segundos fue incapaz de respirar.

—No…

Volvió a leer.

Otra vez.

Y otra.

El apellido.

Qin.

Su esposa.

Victoria Qin.

Recordó todas las veces que ella evitó hablar de su familia.

Las llamadas ocasionales con Londres.

Los viajes cancelados.

Las flores que llegaban sin remitente.

El inglés impecable.

Los conocimientos financieros.

Las personas que, misteriosamente, parecían conocerla.

Todo estaba delante de él.

Siempre había estado allí.

Y jamás quiso verlo.

—Esto… esto es imposible…

Serena tragó saliva.

—No lo es.

Nathan levantó lentamente la fotografía adjunta.

Era Victoria entrando aquella misma mañana al edificio del Grupo Qin.

Todo el consejo de administración esperaba de pie para recibirla.

Nadie saludaba así a una empleada.

Solo a la dueña.

Nathan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

En Londres…

Claire dejó una nueva carpeta sobre el escritorio.

—Señora Qin.

Victoria levantó la vista.

—¿Sí?

—Nuestros contactos en Shanghái informan que Nathan ya descubrió quién es usted.

Victoria permaneció completamente tranquila.

Como si hubiera esperado exactamente ese momento.

—¿Y Serena?

—También lo sabe.

Victoria cerró lentamente el expediente de NordTech.

Luego miró por el enorme ventanal hacia el cielo gris de Londres.

—Bien.

Claire sonrió.

—¿Comenzamos la segunda fase?

Victoria tomó el teléfono.

Marcó un único número.

Cuando la llamada fue contestada, pronunció una sola frase:

Es hora de retirar todas las cuentas legales del bufete Shen.

Al otro lado respondieron sin vacilar.

—Entendido, señora Qin.

Victoria colgó lentamente.

Sabía perfectamente lo que ocurriría después.

Porque Nathan todavía ignoraba un último detalle.

El ochenta por ciento de los clientes más importantes de su bufete pertenecían al Grupo Qin… y todos acababan de recibir la misma orden al mismo tiempo.

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