Mi padre no apartó la vista de los moretones.
Su respiración era lenta.
Demasiado lenta.
Quienes lo conocían sabían que aquel silencio era mucho más peligroso que cualquier grito.
Se inclinó con cuidado sobre mí.
—¿Alguno de estos golpes puso en riesgo al bebé?
No pude responder.
Las lágrimas contestaron por mí.
Mauricio dio un paso al frente.
—Coronel, fue un accidente. Valeria perdió el equilibrio varias veces durante el embarazo.
Mi padre levantó lentamente la mano.
—No has recibido autorización para hablar.
Los pasos del pasillo se detuvieron frente a la puerta.
Tres hombres con uniforme militar entraron al departamento acompañados por dos elementos de la Guardia Nacional y una médica militar.
Rebeca retrocedió de inmediato.
—¿Qué significa todo esto?
Mi padre respondió sin apartar la vista de mí.
—Significa que mi hija ya no volverá a quedarse sola con ustedes.
La doctora comenzó a revisarme.
Al descubrir las marcas alrededor de mi abdomen, su expresión cambió.
—Coronel…
Estas lesiones no son compatibles con una caída accidental.
Parecen impactos repetidos.
Mauricio comenzó a sudar.
—¡Eso es mentira!
La médica lo ignoró.
—También presenta signos claros de desnutrición y deshidratación.
Miré a mi padre.
Sentí vergüenza.
Él tomó mi mano.
—La única persona que debe sentir vergüenza aquí no eres tú.
Uno de los militares empezó a fotografiar cada lesión siguiendo el protocolo.
Otro recorrió el departamento.
Regresó pocos minutos después con una bolsa transparente.
Dentro había varios frascos de medicamentos.
La doctora los revisó uno por uno.
Frunció el ceño.
—¿Quién le estaba administrando esto?
Rebeca respondió rápidamente.
—El ginecólogo.
La doctora negó con firmeza.
—Estos medicamentos están contraindicados durante el embarazo.
Algunos provocan sedación intensa.
Otros disminuyen la presión arterial.
Mi padre giró lentamente hacia Mauricio.
—¿Quién los compró?
Nadie respondió.
En ese momento sonó el teléfono de uno de los militares.
Escuchó unos segundos.
Después miró al coronel.
—Ya localizaron al obstetra que aparece en las recetas.
—¿Qué dijo?
—Que nunca atendió a la señora Valeria.
Las recetas son falsas.
El silencio dentro del departamento se volvió insoportable.
Rebeca comenzó a temblar.
—Eso… eso debe ser un error.
Uno de los elementos de la Guardia Nacional salió hacia el estacionamiento.
Regresó pocos minutos después.
Traía una caja encontrada dentro de la cajuela del automóvil de Mauricio.
La abrió frente a todos.
Había más medicamentos.
Recetas en blanco.
Y un sobre con estudios médicos.
La doctora tomó el ultrasonido más reciente.
Su rostro perdió completamente el color.
—Coronel…

Hay algo mucho más grave.
Este estudio demuestra que hace dos semanas ya existían señales de sufrimiento fetal.
Alguien recibió la indicación de hospitalizar inmediatamente a la paciente.
Mi padre me miró.
—¿Te llevaron al hospital?
Negué lentamente.
Mauricio cerró los ojos.
Sabía que todo había terminado.
Pero entonces la doctora levantó la última hoja del expediente.
Era una autorización quirúrgica.
Ya estaba firmada.
Con mi nombre.
Solo había un problema.
Yo jamás había visto aquel documento.
Y la firma que aparecía al pie…
No era la mía.
Lee la Parte 3.