Remedios no firmó.
Cerró la carpeta con calma, como quien termina de leer una receta de cocina, y la devolvió al hombre de traje.
—Llévesela.
Fabián perdió la paciencia.
—¡Tía, deje de comportarse como una niña! Ese rancho la va a matar.
Ella sostuvo su mirada sin pestañear.
—Si realmente te preocupara mi vida, habrías venido con un médico… no con un abogado.
Los dos hombres intercambiaron una mirada incómoda.
El representante de la minera intentó recuperar la compostura.
—Señora Salgado, nuestra empresa solo quiere evitarle problemas.
—Qué casualidad —respondió ella—. Porque los problemas empezaron exactamente cuando la mina llegó a esta sierra.
El hombre dejó de sonreír.
Sin añadir una palabra, Remedios les cerró la puerta en la cara.
Aquella misma tarde bajó al pueblo.
Entró a la única ferretería y compró seis frascos de vidrio con tapa hermética, guantes gruesos y una libreta nueva.
—¿Va a hacer conservas? —preguntó el dueño.
—No.
Voy a guardar pruebas.
El comerciante soltó una risa nerviosa.
—Doña Remedios… ya sabe que aquí nadie habla de La Cañada.
Ella pagó sin responder.
Precisamente por eso pensaba seguir hablando.
Durante las siguientes tres semanas convirtió el rancho en un laboratorio improvisado.
Cada amanecer recogía agua del arroyo.
Otra muestra de la noria.
Otra del bebedero.
Anotaba fecha, hora, temperatura y color.
Después caminaba hasta un punto donde el arroyo descendía desde la montaña.
Allí el agua siempre era limpia.
Doscientos metros más abajo aparecía un ligero brillo rojizo.
Quinientos metros después tenía un olor metálico tan intenso que hacía arder la garganta.
Remedios marcó cada punto en un viejo mapa topográfico.
La diferencia era demasiado evidente para ser una coincidencia.
Una madrugada decidió subir más arriba.
Todavía no amanecía cuando alcanzó un sendero oculto entre los pinos.
Entonces lo vio.
Un enorme tubo de acero salía de la ladera.
No aparecía en ningún plano del municipio.
De él caía un líquido grisáceo directamente hacia un barranco que desembocaba en el arroyo.
Remedios llenó cuidadosamente otro frasco.
Mientras cerraba la tapa, escuchó el motor de una camioneta.
Las luces iluminaron el camino.
Dos guardias de seguridad de la minera descendieron apresuradamente.
—¡Alto!
Ella no corrió.
Guardó el frasco dentro de su bolsa de manta y siguió caminando con la tranquilidad de quien no tiene nada que esconder.
—Abuela, esa zona está restringida.
Remedios señaló el tubo.
—¿También está restringido preguntar por qué tiran eso al agua?
El guardia más joven tragó saliva.
El mayor respondió con rapidez.
—Es agua tratada.
—Entonces no tendrán problema en que la analicen en un laboratorio.
Por primera vez, ambos dejaron de hablar.
Aquella noche alguien entró al rancho.
No robaron dinero.
No tocaron los animales.
Solo destrozaron el pequeño cobertizo donde Remedios guardaba las muestras.
Los frascos aparecieron hechos pedazos sobre el suelo.
Todos.
Menos uno.
El que llevaba escondido bajo una tabla floja del piso de la cocina.
Remedios observó el desastre en silencio.
Después recogió un trozo de vidrio.
No sintió miedo.
Sintió confirmación.
Alguien estaba desesperado por borrar aquellas pruebas.
Esa misma tarde recibió una visita inesperada.
Era don Julián Herrera.
Setenta y ocho años.
Había trabajado treinta años en la mina El Centenario antes de jubilarse.
Entró mirando constantemente hacia la carretera, como si temiera que alguien lo siguiera.
—No tengo mucho tiempo.
Sacó un sobre amarillo de su chamarra.
—Esto pertenecía al ingeniero que murió hace doce años.
Remedios abrió el sobre lentamente.
Dentro había fotografías.
En una aparecía exactamente el mismo tubo que ella había descubierto aquella madrugada.
En otra, varios peces flotaban muertos en el arroyo.
La última fotografía mostraba algo todavía peor.
Cinco hombres con uniformes de la minera estaban enterrando decenas de bidones metálicos junto al cauce del agua.
Detrás de ellos podía verse claramente el logotipo de El Centenario.
Remedios levantó la vista.
—¿Quién tomó estas fotos?
Don Julián respiró hondo.
—El ingeniero ambiental de la empresa.
Quiso denunciar los vertidos.

Tres semanas después dijeron que había muerto en un accidente de carretera.
Guardó silencio unos segundos antes de añadir, casi en un susurro:
—Y todos los dueños del rancho que murieron después…
…fueron los únicos que bebían agua exactamente donde esos bidones llevaban años enterrados.