El estudio de televisión quedó completamente paralizado.
Los reflectores seguían iluminando el rostro de Chen Wanting mientras las cámaras transmitían en directo cada segundo de su desconcierto.
—Esto es un error… ustedes no pueden hacer esto —intentó decir, retrocediendo un paso.
El agente principal sacó una carpeta sellada.
—Chen Wanting, queda detenida por presunta falsificación de documentos, manipulación de pruebas y obstrucción de una investigación financiera.
Un murmullo recorrió el plató.
Los periodistas comenzaron a gritar preguntas desde todos los rincones.
Los teléfonos móviles de los espectadores no dejaban de grabar.
En menos de un minuto, el video ya estaba inundando todas las redes sociales.
Chen Wanting buscó desesperadamente a sus abogados entre bastidores.
Ninguno apareció.
Por primera vez en muchos años, comprendió que estaba completamente sola.
Mientras tanto, en el último piso del edificio Vargas Corporation, Elena observaba la transmisión con absoluta serenidad.
Marcos permanecía inmóvil a su lado.
—No entiendo una cosa —preguntó finalmente—. Si todo estaba planeado, ¿por qué esperaste cinco años?
Elena dejó la copa sobre la mesa.
—Porque las serpientes no muerden cuando tienen hambre.
Hizo una breve pausa.
—Muerden cuando saben que la presa ya no puede escapar.
Marcos sintió un escalofrío.
Durante cinco años, Elena había permitido pequeñas traiciones.

Había fingido perder contratos.
Había aceptado humillaciones públicas.
Incluso dejó que muchos accionistas dudaran de ella.
Todo para construir una única mentira capaz de revelar la verdad.
En ese instante, uno de los asistentes entró corriendo en la oficina.
—Señora Elena… acabamos de recibir una llamada de la fiscalía.
Ella levantó la mirada.
—Hablen.
—Dicen que Chen Wanting acaba de declarar que nunca actuó sola.
El silencio cayó sobre la sala.
Marcos frunció el ceño.
—¿Está intentando negociar?
El asistente tragó saliva.
—No.
Su voz apenas pudo mantenerse firme.
—Acaba de mencionar el nombre del verdadero responsable.
Elena dejó de sonreír.
Era el único nombre que nunca esperaba escuchar.
Su propio padre.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
La lluvia golpeó con fuerza los enormes ventanales.
El teléfono personal de Elena comenzó a vibrar.
Solo apareció una frase en la pantalla.
“El juego terminó para Chen. Ahora empieza el tuyo.”
El número era completamente desconocido.
Pero Elena reconoció inmediatamente aquella forma de escribir.
Era un mensaje de alguien que debía haber muerto hacía siete años.
Y en ese instante comprendió que la guerra que había preparado durante cinco años apenas acababa de comenzar.