La pesada puerta de hierro se cerró con un estruendo ensordecedor.
Sofía permaneció inmóvil en medio de la oscuridad.
Aún podía sentir el calor de aquellas inesperadas palabras.
“No temas.”
¿Cómo podía el hombre más cruel del imperio pronunciar algo así?
Apenas unos minutos después, la cerradura volvió a girar.
Fernando regresó acompañado por un anciano de cabello completamente blanco.
El viejo llevaba una pequeña caja de madera entre las manos.
—Revísale las muñecas —ordenó el duque con absoluta frialdad.
El anciano obedeció sin hacer preguntas.
Al apartar las mangas desgarradas de Sofía, su expresión cambió por completo.
—Es imposible…
Fernando dio un paso al frente.
—¿Qué ocurre?
El anciano señaló una pequeña marca con forma de media luna grabada en la piel de la joven.
—Solo los descendientes de la Casa Valmont nacían con este sello.

Sofía frunció el ceño.
Nunca había visto aquella marca.
Toda su vida creyó que era una simple cicatriz de nacimiento.
Fernando permaneció varios segundos sin pronunciar una sola palabra.
Luego tomó con cuidado la muñeca de Sofía.
Por primera vez, sus manos dejaron de ser bruscas.
—¿Quién te crió?
—El conde Esteban y su esposa.
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—Ellos nunca pudieron tener hijos.
El silencio volvió a dominar la celda.
Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué está diciendo?
Fernando abrió lentamente la caja de madera.
Dentro había un antiguo medallón de plata.
En el centro aparecía exactamente el mismo símbolo que llevaba grabado en la muñeca.
—Este medallón pertenecía a la única hija desaparecida del antiguo rey.
Sofía comenzó a retroceder.
—No… eso no puede ser.
Fernando levantó la vista.
Su voz ya no sonaba amenazante.
—Si descubren quién eres realmente, antes del amanecer habrá diez familias intentando matarte.
La joven apenas podía respirar.
Toda su vida había sido una mentira.
Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, un soldado irrumpió violentamente en la celda.
—¡Mi señor!
Fernando giró inmediatamente.
—¿Qué sucede?
El soldado estaba completamente pálido.
—La reina acaba de ordenar la ejecución inmediata de la prisionera.
Fernando sonrió por primera vez.
Una sonrisa fría que hizo temblar incluso al mensajero.
—Entonces la reina ya sabe que la auténtica heredera sigue viva.
Tomó la mano de Sofía y la condujo hacia un pasadizo oculto detrás del muro.
Mientras la puerta secreta comenzaba a abrirse, él murmuró en voz baja:
—Desde este momento ya no eres mi prisionera.
—Ahora eres la única persona capaz de derribar todo el imperio.