El teléfono no dejaba de sonar.
Julián observó el nombre en la pantalla durante unos segundos antes de responder.
Su expresión cambió por completo.
—¿Estás seguro?
Al otro lado de la llamada solo se escuchó una frase.
—La encontraron.
Julián cerró los ojos con fuerza.
Había esperado esa noticia durante veinte años.
Elena lo observaba confundida.
—¿Qué ocurre?
Él guardó el teléfono sin responder.
En ese momento, Marco regresó a la boutique acompañado por varios abogados.
Su arrogancia parecía haber desaparecido.
—Esto no ha terminado.
Uno de los abogados colocó una carpeta sobre el mostrador.
—Señor Julián, nuestro cliente impugna la compra de esta boutique.
Julián ni siquiera miró los documentos.
—Es demasiado tarde.
El gerente respiró hondo.
—La transferencia de propiedad fue registrada hace quince minutos.
Marco golpeó el mostrador con rabia.
—¡Esto es imposible!
Julián dio media vuelta para marcharse.
Pero antes de salir, tomó suavemente la muñeca de Elena.
—Ven conmigo.
Ella retiró la mano inmediatamente.
—No iré a ninguna parte con un desconocido.
Julián sonrió con tristeza.
—Es cierto.
—Para ti soy un desconocido.
Sacó lentamente una vieja pulsera de hilo azul del bolsillo de su chaqueta.

Aunque estaba desgastada por los años, seguía conservando un pequeño colgante de madera.
Los ojos de Elena se abrieron de golpe.
Reconocía aquella pulsera.
Cuando tenía ocho años, la había hecho con sus propias manos para un niño herido al que encontró escondido bajo un puente después de una inundación.
Antes de separarse, le dijo una sola frase.
“Cuando seas fuerte, prométeme que ayudarás a quien no pueda defenderse.”
Julián levantó la mirada.
—Desde aquel día no he roto esa promesa.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Elena.
—¿Eras tú…?
Él asintió lentamente.
—Nunca dejé de buscarte.
Antes de que ella pudiera responder, varios vehículos negros se detuvieron frente a la boutique.
Decenas de hombres descendieron al mismo tiempo.
No eran empleados de Marco.
Todos vestían uniformes militares privados.
Su líder caminó directamente hacia Julián.
—Señor… la mujer que ordenó el incendio donde desaparecieron sus padres ha sido localizada.
El rostro de Julián se endureció.
Pero la siguiente frase hizo que la sangre de Elena se congelara.
—Y asegura que la verdadera hija de esa familia… nunca fue usted.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Porque la promesa de la infancia acababa de conducirlos hacia un secreto capaz de destruir toda la verdad sobre sus propias vidas.
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