El elevador se abrió en el sexto piso con un sonido metálico.
Daniela salió primero.
A su lado caminaban dos policías preventivos, un cerrajero certificado y Fernanda, que sostenía el teléfono grabando desde que habían entrado al edificio.
La música seguía sonando detrás de la puerta del departamento.
Risas.
Copas chocando.
La celebración continuaba.
Uno de los oficiales llamó con fuerza.
—¡Policía de la Ciudad de México! ¡Abran la puerta!
El ruido se detuvo de golpe.
Durante unos segundos nadie respondió.
Después escucharon la voz de Beatriz.
—¡No tenemos nada que hablar con esa mujer!
El policía volvió a golpear.
—La señora Daniela es copropietaria del inmueble. Si no abren voluntariamente, el cerrajero procederá en nuestra presencia.
Desde el interior llegó un insulto.
Luego el sonido de una botella rompiéndose.
El cerrajero comenzó a trabajar.
Menos de tres minutos después, la cerradura cedió.
La puerta se abrió lentamente.
El olor a alcohol invadió el pasillo.
Sergio estaba en medio de la sala con una copa en la mano.
Su madre permanecía sentada en el sillón principal.
Había otras cuatro personas bebiendo como si se tratara de una fiesta.
Cuando vieron a los policías, las sonrisas desaparecieron.
—¿Qué significa esto? —gritó Beatriz.
El oficial respondió con calma.
—Verificaremos una denuncia por despojo, cambio ilegal de cerraduras y posible disposición de bienes pertenecientes a la copropietaria.
Daniela no discutió.
Solo comenzó a caminar por su propia casa.
Cada paso le dolía por la cesárea.
Pero nada la preparó para lo que encontró.
El cuarto de Mateo ya no existía.
La cuna había desaparecido.
Las paredes estaban despintadas.
Las cajas con pañales, ropa, juguetes y biberones habían sido abiertas.
Todo estaba vacío.
El clóset del bebé permanecía completamente despejado.
Sintió un nudo en la garganta.
—¿Dónde están las cosas de mi hijo?
Sergio evitó responder.
Fue Beatriz quien sonrió.
—Las regalamos esta tarde.
Fernanda dejó de grabar un segundo.
—¿Qué dijiste?
—El niño ni siquiera iba a vivir aquí. Era absurdo desperdiciar tanto espacio.
Daniela sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Habían regalado absolutamente todo.
Pero aquello todavía no era lo peor.
Entró a su habitación.
El colchón estaba levantado.
Los cajones abiertos.
La caja fuerte portátil donde guardaba documentos importantes había desaparecido.
Su pasaporte.
Su acta de matrimonio.
Escrituras.
Contratos.
Estados de cuenta.
Todo había desaparecido.
Giró lentamente hacia Sergio.
—¿Dónde está mi caja fuerte?
Él permaneció en silencio.
Uno de los oficiales tomó nota.
—Señor, está obligado a responder.
Beatriz volvió a intervenir.
—La tiramos.
Daniela negó lentamente con la cabeza.
—No.
Ustedes no tiraron una caja fuerte de acero.
¿Dónde está?
Nadie contestó.
Entonces sonó el teléfono de Daniela.
Era una alerta bancaria.
Frunció el ceño.
Abrió la aplicación.
Su rostro perdió todo color.
Había siete transferencias electrónicas iniciadas apenas dos horas antes.
Intentaron vaciar su cuenta de ahorro.
Más de $186,000 pesos habían sido enviados a otra cuenta.
Por fortuna, el banco había bloqueado seis operaciones por actividad sospechosa.
Solo una transferencia había sido autorizada.
Daniela levantó lentamente la pantalla hacia el policía.
—Oficial…
Él observó los movimientos.
—¿Reconoce esta cuenta receptora?
Daniela leyó el nombre del titular.
Beatriz Salgado.

Toda la sala quedó en silencio.
El segundo policía se acercó inmediatamente a Sergio.
—¿Tiene explicación para esto?
Sergio comenzó a tartamudear.
—Yo… ella… mi mamá solo…
El oficial levantó la mano.
—No hable.
Todo lo que diga puede incorporarse al informe.
Beatriz se puso de pie indignada.
—¡Ese dinero pertenece a mi hijo!
Daniela la miró por primera vez directamente a los ojos.
—No.
Ese dinero salió de una cuenta abierta antes de casarme.
Nunca tuviste autorización para tocarlo.
Fernanda seguía grabando.
Los invitados comenzaron a recoger discretamente sus abrigos.
Nadie quería seguir presente.
Entonces uno de los policías recibió una llamada por radio.
Escuchó unos segundos.
Después cambió completamente de expresión.
—¿Está seguro?
Miró a Daniela.
—Señora…
—¿Qué ocurre?
El oficial respiró profundamente.
—Acaban de localizar su caja fuerte.
Todos giraron hacia él.
—¿Dónde?
—Una patrulla detuvo hace veinte minutos una camioneta de mudanzas a cinco calles de aquí.
Dentro encontraron muebles, electrodomésticos y documentos personales.
El conductor declaró que recibió instrucciones de vaciar este departamento esta misma noche.
Daniela sintió un escalofrío.
—¿Quién contrató la mudanza?
El oficial consultó el reporte.
Luego levantó la vista hacia Sergio.
—El contrato aparece firmado por el señor Sergio Salgado.
Pero había una segunda firma.
El policía volvió a mirar el documento.
Frunció el ceño.
—Hay algo más…
Daniela esperó en silencio.
El oficial cerró lentamente la carpeta electrónica.
—La empresa de mudanzas declaró que mañana, a las ocho de la mañana, este departamento iba a entregarse a sus nuevos propietarios porque, según el contrato de compraventa que les mostraron… la vivienda ya había sido vendida esta misma tarde.