El resplandor dorado de la piedra dejó al mercado entero en un silencio absoluto.
El joven sostenía el tesoro con ambas manos, todavía incapaz de comprender lo que acababa de descubrir.
Su madre lo miraba desde un banco de madera.
Tenía el rostro pálido por la enfermedad, pero en sus ojos había aparecido una esperanza que él no veía desde hacía muchos años.
—Hijo… ¿de verdad vale tanto?
El muchacho se acercó a ella y se arrodilló.
—No lo sé, mamá.
Sonrió con emoción contenida.
—Pero ahora podremos pagar tu tratamiento.
El anciano evaluador avanzó rápidamente hacia ellos.
Ya no mostraba desprecio.
Ahora su rostro estaba cubierto de nerviosismo y codicia.
—Joven amo, permíteme examinarla otra vez.
Extendió las manos.
El muchacho dio un paso atrás.
—Antes dijo que era basura.
Algunas personas comenzaron a reírse del anciano.
Él apretó los labios con vergüenza.
—Fue un error de apreciación.
—Entonces no volveré a confiar en usted.

Aquella respuesta provocó murmullos entre los comerciantes.
Uno de ellos se acercó con una enorme bolsa de monedas.
—Te ofrezco cien mil por la piedra.
Otro levantó inmediatamente la voz.
—¡Yo pagaré el doble!
—¡Medio millón!
—¡Un millón!
Las ofertas comenzaron a crecer de forma descontrolada.
El joven apretó la gema contra su pecho.
Nunca había visto tanto dinero.
Durante años, él y su madre habían sobrevivido vendiendo comida en una pequeña calle del pueblo.
Muchas noches compartían un solo plato para poder ahorrar.
Ahora todos aquellos hombres ricos se peleaban por algo que él había comprado con sus últimos ahorros.
La madre tomó suavemente su brazo.
—No la vendas aquí.
Su voz era débil, pero su mirada estaba llena de temor.
—Estas personas no quieren ayudarte.
El joven comprendió inmediatamente.
Varias figuras sospechosas bloqueaban las salidas del mercado.
Eran hombres altos, vestidos de negro, con cicatrices visibles y rostros endurecidos.
Uno de ellos habló por teléfono mientras observaba directamente la piedra.
—El jefe tenía razón. Es la gema imperial perdida.
El joven escuchó aquellas palabras.
Sintió un escalofrío.
Tomó a su madre del brazo.
—Tenemos que irnos.
Intentaron caminar hacia una salida lateral.
Sin embargo, tres matones se interpusieron frente a ellos.
El más corpulento sonrió mientras golpeaba su propia palma con un bastón de madera.
—El mercado aún no ha terminado.
—Apártese.
El joven habló con firmeza, aunque su corazón latía violentamente.
—Esa piedra pertenece a nuestro jefe.
—Yo la compré legalmente.
El hombre soltó una carcajada.
—Entonces considérala una donación.
La multitud retrocedió.
Nadie quería involucrarse.
Los comerciantes que minutos antes ofrecían fortunas bajaron la cabeza y fingieron no ver nada.
El joven colocó a su madre detrás de él.
—No permitiré que se la lleven.
El matón levantó el bastón.
—¿De verdad vas a arriesgar tu vida por una piedra?
—No.
El muchacho miró a su madre.
—Estoy arriesgándola por ella.
El golpe descendió.
Pero antes de alcanzar su rostro, una mano poderosa atrapó el bastón en el aire.
Todos se quedaron inmóviles.
Un hombre de cabello canoso y traje oscuro se encontraba junto al joven.
Detrás de él había seis guardaespaldas.
El líder de los matones palideció.
—Señor Liang…
El recién llegado soltó el bastón con desprecio.
—Este mercado pertenece a mi familia.
Su voz era baja, pero cada palabra imponía autoridad.
—Quien ataque a un comprador dentro de mis terrenos se convierte en enemigo de toda la casa Liang.
Los matones comenzaron a retroceder.
—Fue un malentendido.
—Entonces desaparezcan antes de que cambie de opinión.
Los hombres huyeron entre la multitud.
El joven respiró aliviado.
—Gracias, señor.
El anciano Liang no respondió.
Sus ojos permanecían fijos en la gema.
Parecía reconocerla.
—¿Dónde encontraste esa piedra?
—En un puesto abandonado.
—¿Quién te la vendió?
—Una anciana. Dijo que necesitaba dinero para comer.
La expresión del hombre cambió.
—¿Tenía una cicatriz en la mano izquierda?
El muchacho asintió lentamente.
El señor Liang cerró los ojos durante unos segundos.
—Esa mujer es mi hermana.
La multitud estalló en murmullos.
El joven no entendía nada.
—¿Por qué vendería algo tan valioso?
Liang miró la gema con tristeza.
—Porque no sabía lo que contenía.
Sacó de su bolsillo un colgante antiguo.
En el centro había un espacio vacío con exactamente la misma forma que la piedra.
Cuando acercó ambas piezas, la gema comenzó a vibrar.
Un sonido profundo resonó en todo el mercado.
La capa dorada se abrió lentamente.
En su interior apareció un pequeño sello de jade grabado con un símbolo imperial.
El señor Liang cayó de rodillas.
Todos quedaron paralizados.
—Este sello perteneció al fundador de nuestra familia.
Su voz temblaba.
—Desapareció hace cuarenta años, la misma noche en que asesinaron a mi padre.
El joven miró el objeto con asombro.
—Entonces debería devolvérselo.
Extendió la gema.
Pero Liang no la aceptó.
—Tú la encontraste.
—Yo solo quiero salvar a mi madre.
El anciano observó a la mujer enferma.
Después miró nuevamente al muchacho.
—Entrégame el sello y yo pagaré su tratamiento completo.
La madre abrió los ojos con emoción.
El joven estuvo a punto de aceptar.
Sin embargo, una voz femenina surgió desde el fondo del mercado.
—¡No se lo entregues!
Todos se giraron.
La anciana que había vendido la piedra avanzaba entre la multitud.
Tenía el rostro cubierto de lágrimas.
Señaló directamente al señor Liang.
—Ese hombre no vino a recuperar un tesoro.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
—Vino a destruir la única prueba que demuestra que él ordenó la muerte de nuestro padre.