A las nueve y media de la mañana, Rodrigo irrumpió en la terapia intensiva pediátrica sin anunciarse.
Todavía llevaba el traje del día anterior.
Tenía los ojos enrojecidos por una noche sin dormir y el teléfono pegado a la mano.
Dos guardias del hospital intentaron detenerlo.
—Señor, esta área tiene acceso restringido.
Él los apartó de un empujón.
—Voy a ver a mi hija.
Camila permanecía sentada junto a la cama de Sofía.
La niña respiraba con mucha más tranquilidad después de recibir la primera dosis de Aurelina.
Rodrigo señaló inmediatamente la bolsa de medicamento.
—¿Quién autorizó eso?
Camila no respondió.
Él levantó la voz.
—¡Te hice una pregunta!
En ese momento la puerta volvió a abrirse.
Entró el doctor Martín Salazar acompañado por tres personas.
El jefe de farmacia.
La directora jurídica del hospital.
Y un hombre de traje gris que Rodrigo reconoció de inmediato.
Era un representante de COFEPRIS.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué significa todo esto?
Martín respondió con absoluta calma.
—Significa que, desde las seis de esta mañana, usted ya no tiene autoridad para modificar la distribución de Aurelina.
Rodrigo soltó una risa incrédula.
—¿Quién puede quitarme esa autoridad?
Martín lo miró fijamente.
—El propietario de las licencias.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Las licencias pertenecen a Distribuidora Varela.
El representante de COFEPRIS abrió una carpeta.
—Eso no es correcto.
Colocó varios documentos sobre la mesa.
—Distribuidora Varela únicamente posee un contrato de operación.
Las licencias, las patentes de importación y los permisos especiales siguen perteneciendo legalmente a Grupo Monteverde.
Rodrigo sintió que el rostro perdía todo el color.
—Eso es imposible.
Martín dio un paso al frente.
—Su suegro nunca le transfirió la propiedad.
Solo le permitió administrarla mientras cumpliera las condiciones establecidas en el fideicomiso.
Rodrigo giró lentamente hacia Camila.
—¿Tú sabías esto?
Ella sostuvo su mirada por primera vez sin bajar los ojos.
—Mi padre sí me lo explicó.
Simplemente nunca imaginé que tendría que usarlo para proteger a nuestra hija.
El silencio se volvió insoportable.
Rodrigo intentó recuperar el control.
—Aunque eso fuera cierto, sigo siendo el director general.
Martín negó lentamente.
—Lo era.
Sacó una segunda carpeta.
—Hace treinta minutos, el consejo extraordinario aprobó su suspensión inmediata por utilizar medicamentos sujetos a control sanitario para beneficio personal.
La directora jurídica añadió:
—También existe una investigación por intento de desvío de tratamientos destinados a una paciente pediátrica.
Rodrigo golpeó la mesa.
—¡Paloma también necesitaba ese medicamento!
Martín respondió con frialdad.
—Paloma Rivas nunca estuvo registrada como paciente prioritaria.
Su diagnóstico no justificaba el uso inmediato de Aurelina.
En cambio…
Miró hacia Sofía.
—La menor sí cumplía todos los criterios médicos.
El representante de COFEPRIS cerró la carpeta.
—Lo que usted intentó hacer constituye una falta extremadamente grave.
En ese instante sonó el teléfono de Rodrigo.
Era Paloma.
Contestó desesperadamente.
—¿Qué pasa?
La voz al otro lado lloraba.
—Rodri…
Hay personas vaciando la casa.
Dicen que todo pertenece al Grupo Monteverde.
Rodrigo abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—También bloquearon las cuentas de la empresa.
Y…
Se escuchó un sollozo.
—Tu mamá está discutiendo con unos abogados.
Camila permaneció completamente inmóvil.
No había pedido aquello.
Simplemente había activado el protocolo que su padre había dejado preparado muchos años atrás.
Si algún administrador utilizaba las licencias médicas para poner en riesgo a un paciente…
Perdía automáticamente toda capacidad de decisión.
Rodrigo levantó lentamente la vista.
—Camila…
Podemos hablar esto en casa.
Ella negó con serenidad.
—Mi casa está aquí.
Señaló a Sofía.
—Al lado de mi hija.
Él dio un paso hacia ella.
—Cometí un error.
—No.
Lo interrumpió.
—Tomaste una decisión.
Elegiste quién debía vivir más cómoda.
Y no fue tu hija.
Rodrigo bajó la cabeza por primera vez.
Las palabras parecían no salir.
—Yo…
La voz infantil de Sofía interrumpió el silencio.
—¿Papá?
Todos giraron inmediatamente.
La pequeña había despertado.
Abrió lentamente los ojos.
Miró primero a Camila.
Después a Rodrigo.
Y formuló una pregunta tan sencilla que nadie pudo responder de inmediato.

—¿Ya no le vas a quitar mis medicinas para dárselas a la tía Paloma?
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Rodrigo.
Pero Sofía ya había vuelto a cerrar los ojos.
No esperaba una respuesta.
Porque una niña de cuatro años ya había aprendido exactamente cuál era el lugar que ocupaba en el corazón de su padre.
Esa misma tarde, mientras Rodrigo abandonaba el hospital acompañado por dos auditores y un inspector sanitario, Martín recibió una llamada urgente.
Escuchó durante unos segundos.
Después miró directamente a Camila.
—Acaban de encontrar algo más.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
El director respiró profundamente.
—Al revisar los archivos históricos de Grupo Monteverde descubrimos que esta no es la primera vez que Rodrigo intentó desviar medicamentos.
Camila sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
Martín dejó lentamente una carpeta sobre la mesa.
En la portada aparecía una fecha.
Cinco años atrás.
Y debajo, escrito con tinta negra, el nombre de otra paciente.
Una niña de seis años.
Con el mismo diagnóstico que Sofía.
Y una nota manuscrita que heló la sangre de Camila.
“Tratamiento reasignado por instrucción directa de Rodrigo Varela.”