La puerta se cerró lentamente detrás del desconocido.
Nadie en el salón se atrevió a pronunciar una palabra.
El hombre caminó con paso firme sosteniendo un maletín negro.
Elena dejó escapar un suspiro de alivio.
—Por fin llegaste.
Mateo frunció el ceño.
—¿Quién es él?
El desconocido dejó el maletín sobre la mesa y miró directamente a todos los presentes.
—Mi nombre es doctor Ricardo Salas.
El silencio se hizo aún más pesado.
Era uno de los ginecólogos más prestigiosos del país.
También era el médico que aparecía en los informes que Mateo aseguraba haber revisado.
Mateo sonrió con seguridad.
—Perfecto. Entonces podrá confirmar que esta mujer nunca estuvo embarazada.
El doctor no respondió de inmediato.
Abrió el maletín y extrajo un grueso expediente.
—Antes de responder, necesito hacer una pregunta.
Clavó la mirada en Mateo.
—¿Quién le entregó esos supuestos registros hospitalarios?
Mateo señaló a un detective privado que permanecía al fondo de la sala.
—Él los consiguió directamente del sistema nacional de salud.
El médico negó lentamente con la cabeza.
—Eso es imposible.
Todos comenzaron a murmurar.
—La señora Elena jamás apareció en ese sistema porque nunca utilizó su verdadero nombre.
Mateo perdió parte de la confianza.
—¿Qué significa eso?
El doctor abrió el expediente.
—Hace seis meses la paciente ingresó a una clínica privada bajo un protocolo especial de protección.
Le mostraron varias ecografías.

Resultados de laboratorio.
Controles prenatales.
Todo llevaba sellos oficiales.
—Su embarazo existe.
La suegra de Elena rompió a llorar de alivio.
Mateo permaneció inmóvil.
—Entonces… ¿por qué ocultarlo?
Elena cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía una mujer asustada.
—Porque alguien intentó matar a mi hijo antes de que naciera.
Las palabras congelaron el ambiente.
El doctor continuó.
—Hace siete meses la señora sufrió un atentado. Desde entonces fue trasladada bajo identidad reservada.
Mateo retrocedió lentamente.
—¿Quién haría algo así?
Elena levantó la vista.
—La misma persona que falsificó esos informes.
Todos comenzaron a mirarse unos a otros.
El detective privado intervino nervioso.
—Yo solo recibí un pago para conseguir información.
—¿Quién le pagó? —preguntó el doctor.
El hombre dudó.
Finalmente sacó su teléfono.
Abrió una transferencia bancaria.
El nombre del remitente apareció claramente en la pantalla.
No era Mateo.
Tampoco pertenecía a ningún miembro de la familia.
Elena observó el nombre y sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
Era alguien que ella había dado por muerto hacía más de cinco años.
El doctor guardó silencio.
Mateo leyó el nombre en voz alta.
—Gabriel Ortega…
Elena dejó caer una lágrima.
—Es imposible.
Todos sabían que Gabriel había fallecido en un accidente de avión.
Pero el detective negó lentamente.
—No murió.
Hizo una pausa antes de pronunciar la frase que cambió por completo el destino de la familia.
—Y lleva meses viviendo dentro de esta misma mansión… con otra identidad.