PARTE 2: EL HOMBRE DETRÁS DEL ROSTRO.

El automóvil negro avanzó bajo la tormenta mientras Elena observaba las calles vacías a través de la ventanilla.

A su lado, el secretario permanecía inmóvil.

Su nombre era Adrián Salvatierra.

Durante años había sido la mano derecha de la familia Montenegro, el hombre que conocía cada contrato, cada amenaza y cada cadáver oculto bajo la reputación impecable del apellido.

—Quiero hablar con mi hermano —exigió Elena.

Adrián desbloqueó su teléfono y le mostró una videollamada.

En la pantalla apareció Nicolás, acostado en una habitación de hospital.

Seguía inconsciente, conectado a varias máquinas.

Junto a la cama había dos hombres vestidos de negro.

—Prometiste que estaría fuera de peligro —dijo Elena.

—Lo estará mientras tú cumplas tu parte.

Ella lo miró con desprecio.

—Entonces tampoco eres diferente de ellos.

Por primera vez, algo parecido al dolor cruzó el rostro del secretario.

—No sabes nada de mí.

El coche atravesó las puertas de hierro de la mansión Montenegro.

Elena sintió que todos los recuerdos regresaban al mismo tiempo.

La escalera donde había conocido a su esposo.

El jardín donde él le pidió matrimonio.

El corredor en el que su suegra la acusó de haber provocado el incendio.

Todo seguía exactamente igual.

Excepto por los retratos.

La fotografía de su esposo había desaparecido del salón principal.

En su lugar colgaba la imagen de otro hombre.

Llevaba el mismo traje.

La misma expresión seria.

Incluso tenía una cicatriz parecida sobre la ceja.

Pero Elena supo inmediatamente que no era él.

—¿Quién es? —preguntó.

—Ahora todos lo llaman Sebastián Montenegro —respondió Adrián—. Tu esposo.

La puerta del comedor se abrió.

El hombre del retrato apareció acompañado por Victoria Montenegro, la madre de Sebastián.

La anciana sonrió al ver a Elena.

—La viuda finalmente ha regresado.

Elena ignoró la provocación.

Sus ojos permanecieron fijos en el desconocido.

El hombre se acercó y extendió una mano.

—Bienvenida a casa, esposa.

Elena no la aceptó.

—Tú no eres Sebastián.

La sonrisa del impostor desapareció.

Victoria golpeó el suelo con su bastón.

—Basta de tonterías. Tu ausencia causó demasiados problemas. Mañana firmarás los documentos que faltan y después podrás marcharte.

Adrián dejó el sobre negro sobre la mesa.

—Antes debería conocer la verdad.

Victoria lo miró con furia.

—Recuerda para quién trabajas.

—Lo recuerdo perfectamente —respondió él.

El secretario abrió el sobre.

Sacó fotografías del incendio, expedientes médicos y una prueba genética.

Elena revisó las páginas con manos temblorosas.

El cadáver identificado como Sebastián no coincidía con su grupo sanguíneo.

El hombre que vivía en la mansión tampoco compartía el ADN de la familia Montenegro.

—Entonces, ¿quién es él? —preguntó Elena.

Adrián señaló al impostor.

—Su verdadero nombre es Damián Cruz. Era conductor de la familia y se sometió a varias cirugías para parecerse a Sebastián.

Victoria levantó el bastón para golpearlo, pero Damián la detuvo.

—Ya no sirve de nada ocultarlo.

Elena sintió náuseas.

—¿Dónde está mi esposo?

Adrián guardó silencio.

—¡Dime dónde está!

—Encerrado.

La palabra estremeció toda la habitación.

—Sobrevivió al incendio, pero perdió parte de la memoria. Victoria lo mantuvo sedado durante tres años porque necesitaba que el falso Sebastián controlara las empresas hasta que tú firmaras la transferencia definitiva de la herencia.

Elena miró a su suegra.

—¿Le hiciste eso a tu propio hijo?

Victoria no mostró arrepentimiento.

—Sebastián se volvió débil desde que te conoció. Estaba dispuesto a entregar el patrimonio familiar a una desconocida.

—Yo era su esposa.

—Eras un obstáculo.

Elena dio un paso hacia ella, pero Adrián la sujetó del brazo.

—Todavía no —susurró.

Entonces se escuchó un golpe bajo el suelo.

Después otro.

Elena contuvo la respiración.

El sonido provenía del antiguo despacho de Sebastián.

Corrió hacia allí antes de que pudieran detenerla.

Apartó una alfombra y descubrió una puerta metálica escondida bajo el escritorio.

—No la abras —ordenó Victoria.

Elena tiró de la manija.

La puerta estaba cerrada con un sistema electrónico.

Adrián se acercó y colocó su huella sobre el lector.

La cerradura se abrió.

Una escalera descendía hacia un sótano oscuro.

Elena bajó lentamente.

Al final del pasillo encontró una habitación iluminada por una sola lámpara.

Un hombre delgado permanecía sentado detrás de una pared de cristal.

Tenía el cabello largo, el rostro cubierto de cicatrices y las manos sujetas a la silla.

Elena se acercó temblando.

—Sebastián…

El hombre levantó la cabeza.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Elena —murmuró—. Sabía que Adrián te encontraría.

Ella apoyó ambas manos sobre el cristal.

—Voy a sacarte de aquí.

Sebastián negó lentamente.

—No hay tiempo. Debes llevarte a Adrián y escapar.

—No pienso abandonarte otra vez.

—No entiendes —respondió él—. Adrián no es solamente el secretario de mi familia.

Elena miró hacia atrás.

Adrián permanecía al pie de la escalera, completamente pálido.

Sebastián respiró con dificultad antes de revelar el secreto que todos habían intentado ocultar.

—Adrián es mi hermano mayor.

El silencio se volvió insoportable.

—Y es el verdadero heredero de todo lo que los Montenegro te obligaron a perder.

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