Cuando vi a doña Graciela sosteniendo aquel frasco entre las manos, sentí un frío recorrerme la espalda.
Ella sonrió con absoluta tranquilidad.
—¿Ahora escondes té? Hasta para eso eres rara.
Me arrebató el frasco y caminó hacia la cocina.
No sabía que no era el único.
Desde la primera noche en que desperté mareada había comenzado a guardar una muestra distinta cada semana.
Las escondía en la bodega donde fabricaba mis velas.
Jamás volvió a encontrar otra.
Durante las semanas siguientes dejé de beber aquellas infusiones.
Esperaba a que ella se distrajera y las vaciaba en una maceta del patio.
Después fingía bostezar.
—Qué bien me hizo el té.
Ella sonreía satisfecha.
Mientras tanto, yo recuperaba poco a poco las fuerzas.
También dejé de sufrir aquellos extraños mareos que aparecían únicamente después de cenar.
Un viernes llevé tres muestras a un laboratorio privado.

Pedí un análisis completo.
La recepcionista me preguntó si sospechaba alguna intoxicación.
Contesté que solo quería estar segura.
Cinco días después recibí la llamada.
La química habló con una seriedad que jamás olvidaré.
—Señora Hernández, necesitamos que venga personalmente.
El informe mostraba concentraciones anormalmente altas de varias sustancias sedantes de origen vegetal.
Separadas podían parecer inofensivas.
Consumidas cada noche durante meses explicaban perfectamente el cansancio extremo, la dificultad para concentrarme, la irritación en la piel y los constantes mareos.
No era un simple remedio casero.
Alguien llevaba mucho tiempo administrándome aquella mezcla sin que yo conociera realmente su composición.
Guardé el informe en una carpeta azul.
Ese mismo día firmé las escrituras de mi pequeño departamento.
No se lo conté a nadie.
Ni siquiera a Mauricio.
Solo preparé una maleta con mi ropa, mis documentos y las herramientas básicas para seguir trabajando.
La escondí en el maletero de mi coche.
Esperó allí durante semanas.
Hasta aquella cena.
Cuando anuncié que ya tenía mi propio piso, doña Graciela soltó una carcajada.
—Entonces lárgate sola, porque mi hijo se queda aquí.
Miré a Mauricio.
Ni una sola palabra.
Ni una sola protesta.
Solo un leve movimiento de hombros, como si aquella decisión ya estuviera tomada desde hacía mucho tiempo.
Subí al segundo piso.
Bajé con la maleta.
La dejé junto a la puerta.
Después coloqué lentamente la carpeta azul sobre la mesa.
Doña Graciela la abrió con desprecio.
Su sonrisa desapareció al leer el encabezado del laboratorio.
Pero el verdadero golpe llegó al pasar la última página.
Porque debajo del informe había una copia de la denuncia que yo había preparado esa misma mañana… y una orden judicial para conservar todas las infusiones que aún seguían guardadas en su cocina como posibles pruebas.
La parte 3 está en los comentarios.