La lluvia seguía cayendo cuando Ethan dio un paso hacia mí.
Su abrigo estaba completamente empapado.
Parecía un hombre que llevaba horas esperando sin importarle el frío.
—Claire…
Levanté una mano para detenerlo.
—No.
Solo una palabra.
Bastó para que guardara silencio.
Mia observaba la escena sin entender nada.
Los periodistas comenzaron a acercarse.
Los flashes iluminaron el rostro cansado de Ethan.
—Doctora Bennett, ¿es cierto que negociará con Cole Industries?
—¿Volverá a trabajar con el señor Ethan Cole?
—¿Es verdad que fueron pareja?
Respondí con absoluta calma.
—No tengo ninguna relación comercial con Cole Industries.
Miré a Ethan.
—Y tampoco personal.
Entré al hotel sin volver la cabeza.
Una hora después, el director del hotel llamó a mi suite.
—Doctora Bennett, el señor Cole insiste en verla.
—No.
—Lleva aquí desde que usted llegó.
—Que siga esperando.
Colgué.
Mia dejó lentamente la taza de café sobre la mesa.
—Claire…
—¿Sí?
—Ese hombre tiene la cara de alguien que ya no sabe cómo seguir viviendo.
Cerré el expediente que estaba revisando.
—Hace años yo también tenía esa cara.
Ninguna de las dos volvió a hablar.
A la mañana siguiente acudimos al antiguo cementerio.
El traslado de mi padre estaba cuidadosamente organizado.
Mientras los trabajadores preparaban todo, un anciano se acercó lentamente.
Era Thomas.
El viejo administrador del cementerio.
Al verme, sus ojos comenzaron a humedecerse.
—La pequeña Claire…
Sonreí con tristeza.
—Ha pasado mucho tiempo.
Él asintió.
Después bajó la voz.
—Tu padre vino muchas veces antes de morir.
Fruncí el ceño.
—¿A visitarla tumba de mi madre?
—No.
Señaló un banco bajo un árbol.
—Venía a esperarte.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Esperarme?
Thomas sacó un sobre amarillento.
—Me pidió que te lo entregara si algún día regresabas.
Mis manos comenzaron a temblar.
Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.
Abrí el sobre.
Solo había una carta.
La primera línea hizo que el mundo desapareciera durante unos segundos.
“Claire, si estás leyendo esto, significa que llegué demasiado tarde para decirte la verdad sobre Ethan.”
Mi respiración se detuvo.
Continué leyendo.
“Él nunca quiso casarse con tu hermana.”
Sentí que el papel casi se escapaba de mis manos.
“Fui yo quien se lo pidió.”
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
Mi padre…
¿Le había pedido aquello?
¿Por qué?
Antes de poder seguir leyendo, escuché una voz conocida detrás de mí.
—Sabía que tarde o temprano encontrarías esa carta.
Me giré lentamente.
Ethan estaba a pocos metros.
No llevaba guardaespaldas.
Ni chófer.
Ni siquiera paraguas.
Solo aquella expresión agotada que no había desaparecido desde el aeropuerto.
Guardé inmediatamente la carta.
—No tienes derecho a aparecer aquí.
Él sonrió con amargura.
—Lo sé.
—Entonces vete.
No se movió.
—Claire…
Solo necesito cinco minutos.
Negué con la cabeza.
—Hace ocho años yo te pedía cinco minutos.
Nunca me los diste.
Sus labios temblaron.
—Lo sé.
—Ahora ya es tarde.
Di media vuelta.
Entonces pronunció una frase que me hizo detenerme.
—Nunca me casé con tu hermana.
Sentí que el corazón daba un vuelco.
Me giré muy despacio.
Su anillo seguía brillando bajo la lluvia.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo que escuchaste.
Reí con incredulidad.
—Toda la ciudad asistió a la boda.
—Sí.
—Vi las fotografías.
—Sí.
—Los vi frente al altar.
Ethan bajó lentamente la mirada.
—Pero nunca llegamos a convertirnos en marido y mujer.
El silencio se volvió insoportable.
Mia abrió mucho los ojos.
—Eso es imposible.
Ethan negó lentamente.
—No lo es.
Sacó la cartera.
Extrajo un documento cuidadosamente doblado.
Lo extendió hacia mí.
Era una resolución judicial.
La observé unos segundos.
Después leí el encabezado.
“Solicitud de nulidad matrimonial.”
Fecha de presentación.
El mismo día de la boda.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué significa esto?
Él respondió con la voz completamente rota.
—Que ese matrimonio dejó de existir antes de terminar el día.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Entonces…
¿Por qué dejaste que creyera otra cosa?
Ethan cerró los ojos.
—Porque tu padre me obligó.
Las palabras resonaron como un golpe.
—No vuelvas a involucrarlo.
—No estoy mintiendo.
Sacó lentamente otro sobre.
Esta vez llevaba el sello del hospital donde mi padre había pasado sus últimos días.
—Aquí está todo.
Las cartas.
Las grabaciones.
Su última voluntad.
—No quiero escucharte.
Intenté marcharme otra vez.
Pero Ethan no trató de detenerme.
Solo habló.
—Claire…
Si das diez pasos más…
Jamás sabrás por qué te rechacé durante ocho años.
Me quedé inmóvil.
Era la única pregunta que nunca había conseguido responder.
¿Por qué?
¿Por qué aceptar mi amistad?
¿Por qué protegerme siempre?
¿Por qué mirarme como si quisiera decir algo?
¿Y por qué rechazarme cada vez que intentaba acercarme?
Ethan respiró profundamente.
—No era porque no te amara.
Era porque hice una promesa que destruyó nuestras vidas.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
En ese instante sonó el teléfono de Mia.
Ella miró la pantalla.
Su rostro perdió completamente el color.
—Claire…
—¿Qué pasa?
Me mostró la noticia de última hora.
El titular ocupaba toda la pantalla.

“Fiscalía de Illinois autoriza reabrir la investigación sobre la muerte de Richard Bennett tras aparecer nuevas pruebas ocultas durante tres años.”
Debajo del titular aparecía una fotografía.
Mi padre.
Y, junto a él…
Ethan entrando al hospital apenas dos horas antes de que muriera.