Ofelia retrocedió dos pasos cuando vio salir del balcón a Bruno, un pastor alemán enorme que movía la cola con tranquilidad.
—¡Ese animal me va a morder! —gritó, subiéndose a una silla.
Mariana acarició al perro detrás de las orejas.
—Tranquila. Solo ataca cuando alguien entra sin permiso.
Iván frunció el ceño.
—¿Desde cuándo tenemos perro?
—No “tenemos”. Yo tengo un perro. Igual que yo tengo este departamento.
Bruno se sentó obedientemente junto a Mariana mientras observaba a los visitantes.
Ofelia señaló al animal con el dedo temblando.
—¡Saca esa bestia de aquí!
—En cuanto usted salga y me devuelva las llaves.
La mujer apretó los labios.
—No pienso devolver nada.
Mariana sonrió con calma.
Sacó lentamente su teléfono.
—Perfecto.
Presionó un botón.
La pantalla mostró que la grabación llevaba más de quince minutos activa.
Ofelia palideció.
—¿Nos estabas grabando?
—Desde que entró insultándome y exigiendo que firmara la mitad de mi propiedad.
Iván dio un paso hacia ella.
—Mariana, borra eso. Solo estábamos hablando en familia.
—No. Ustedes estaban intentando presionarme para que cediera un bien que legalmente no les pertenece.
El silencio llenó el departamento.
Entonces Ofelia cruzó los brazos.
—Nadie va a creerte.
—Quizá no.
Mariana abrió otra aplicación.
—Pero esto sí será difícil de explicar.
Buscó un mensaje específico.
Lo abrió lentamente.
Después giró el teléfono hacia ellos.
Iván sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Era una conversación de WhatsApp.
Su conversación.
Con su madre.
Mariana comenzó a leer en voz alta.
—“Cuando logremos que firme la donación, cambiamos también el poder notarial.”
Ofelia abrió mucho los ojos.
—Eso…
Mariana continuó.
—“Si no acepta, hacemos otra firma. Ella nunca revisa esos papeles.”
Iván dio un paso desesperado.
—¡Dame el teléfono!
Bruno se levantó inmediatamente.
Un simple gruñido bastó para que Iván retrocediera.
Mariana nunca dejó de leer.
—“El notario de tu tío puede ayudarnos. Total, Mariana jamás descubrirá la diferencia.”
La respiración de Ofelia comenzó a acelerarse.
—No entiendes el contexto.
—Explíquemelo entonces.
Ninguno respondió.
Mariana abrió otro archivo.
—¿Recuerdan hace dos semanas cuando insistieron en que firmara unos documentos “para actualizar el seguro”?
Iván bajó lentamente la cabeza.
—Los llevé directamente con mi abogado.
Ofelia comenzó a temblar.
—¿Qué… qué dijo?
—Que entre esas hojas había una donación parcial del departamento y un poder especial para vender inmuebles.
El silencio fue absoluto.
Mariana respiró profundamente.
—También me dijo otra cosa.
Sacó una carpeta azul del cajón de la cocina.
La dejó sobre la barra.
—Antes de hablar con ustedes, presenté una denuncia preventiva y entregué todas estas conversaciones.
Iván quedó inmóvil.
—¿Denuncia?
—Sí.
Mariana abrió la carpeta.
—Aquí están las capturas certificadas, el peritaje informático y el dictamen del abogado.
Ofelia comenzó a perder la seguridad.

—Solo era una idea.
—No.
Mariana la miró fijamente.
—Era un plan.
Iván intentó acercarse otra vez.
—Mariana… podemos arreglar esto.
Ella negó despacio.
—Hace meses que intento arreglar nuestro matrimonio.
Lo único que encontré fueron mentiras.
Guardó nuevamente el teléfono.
—Ahora tienen exactamente cinco minutos para salir de mi casa.
Ofelia golpeó la barra.
—¡Mi hijo tiene derecho a quedarse!
—No.
Mariana tomó otro documento.
—El contrato de comodato mediante el cual permití que Iván viviera aquí termina hoy mismo.
Él abrió los ojos.
—¿Qué?
—Lo firmaste antes de mudarte. ¿Nunca lo leíste?
Iván recordó aquella carpeta que había firmado deprisa el día de la mudanza.
Había confiado completamente en Mariana.
Ahora comprendía que nunca había sido copropietario.
Solo un ocupante autorizado.
Ofelia comenzó a gritar.
—¡Esto es un abuso!
En ese instante sonó el timbre.
Tres golpes firmes.
Mariana caminó hasta la puerta.
Al abrir aparecieron dos policías municipales y un hombre de traje.
—Buenos días.
El hombre mostró una credencial.
—Licenciado Arturo Benítez.
Represento a la señora Mariana Salgado.
Volteó hacia Iván.
—Señor, traigo la notificación formal para desocupar voluntariamente el inmueble y una copia de la denuncia presentada esta mañana por presunto intento de fraude documental.
Ofelia dejó escapar un grito ahogado.
Pero lo que terminó de romper toda su confianza fue cuando el abogado levantó otra carpeta y añadió con absoluta tranquilidad:
—Además… hace veinte minutos el notario que supuestamente iba a autenticar la firma falsa decidió colaborar con la Fiscalía y entregó una declaración completa.
Y según esa declaración, la idea de falsificar la firma de Mariana nunca había sido de Iván… sino de alguien mucho más cercano a doña Ofelia que todavía no había aparecido en ese departamento.