Diego permaneció de rodillas sin atreverse a tocar el sobre negro.
Su respiración era cada vez más pesada.
La señora Elena sintió que el miedo comenzaba a borrar toda la arrogancia de su rostro.
—No abras esos documentos.
Su voz ya no sonaba firme.
Sonaba desesperada.
Camila cruzó los brazos.
—¿Por qué tienes tanto miedo?
Nadie respondió.
Diego tomó lentamente el primer documento.
Era una denuncia presentada veinte años atrás.
La denunciante llevaba un nombre que conocía demasiado bien.
Su difunto padre.
Los ojos de Diego comenzaron a recorrer cada línea.
A medida que avanzaba, el color desaparecía de su rostro.
—Esto… no puede ser verdad.

La anciana dio un paso hacia él.
—¡Son mentiras!
Camila dejó caer una fotografía sobre la mesa.
En ella aparecía la señora Elena entrando al despacho de un notario junto al padre de Diego.
La fecha coincidía exactamente con el día en que él modificó su testamento.
—Papá nunca cambió ese documento por voluntad propia.
La voz de Camila era tranquila.
—Alguien lo obligó.
Diego levantó la vista.
—¿Qué intentas decir?
Camila señaló la fotografía.
—Tu madre lo amenazó.
La anciana golpeó la mesa con fuerza.
—¡Basta!
Pero nadie le prestó atención.
Camila sacó una pequeña memoria USB del mismo sobre.
—Aquí hay una grabación que permaneció oculta durante dos décadas.
Diego la conectó al televisor del salón.
La imagen apareció con interferencias.
Era el antiguo despacho de su padre.
Entonces escuchó una voz que jamás olvidaría.
La de su madre.
“Firma el testamento o jamás volverás a ver a tu hijo.”
El silencio se volvió insoportable.
Las manos de Diego comenzaron a temblar.
Miró a la mujer que lo había criado.
Ella ya no podía sostenerle la mirada.
Durante toda su infancia creyó que su padre había abandonado a la familia por ambición.
Ahora entendía que la historia había sido completamente distinta.
La señora Elena rompió a llorar.
—Lo hice para protegerte.
Diego negó lentamente con la cabeza.
—No…
Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.
—Lo hiciste para quedarte con todo.
En ese instante sonó el timbre de la casa.
Tres golpes secos.
Camila abrió la puerta.
Un anciano de cabello completamente blanco esperaba en el umbral con un bastón de madera.
Al ver su rostro, Diego sintió que el mundo entero se detenía.
Era exactamente igual al hombre que había llorado durante veinte años frente a una fotografía.
Su padre.
El hombre sonrió con tristeza antes de pronunciar unas palabras que dejaron a todos sin aliento.
—Hijo… he vuelto porque llegó la hora de contarte quién intentó matarme aquella noche.