Patricia retrocedió dos pasos con el rostro completamente descompuesto.
Marcelo giró de inmediato hacia la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó irritado.
Su esposa no respondió.
Solo levantó una mano temblorosa señalando el umbral.
Dos policías uniformados entraron primero.
Detrás de ellos apareció el licenciado Álvaro con una carpeta bajo el brazo.
Y, justo a su lado, caminaba una mujer de traje gris que Marcelo reconoció al instante.
—¿La doctora Beatriz Salinas? —murmuró, perdiendo el color.
Era la especialista en geriatría y capacidad mental más respetada de Puebla.
Meses atrás, Lucía le había pedido una evaluación completa y había grabado en video cada una de las pruebas.
La doctora avanzó hasta la sala.
—Buenas tardes, señora Lucía.
—Buenas tardes, doctora.
—¿Se encuentra usted orientada en tiempo, lugar y persona?
Lucía respondió con absoluta serenidad.
Dijo la fecha exacta.
La dirección de la casa.

Los nombres completos de todos los presentes.
Después miró directamente a Marcelo.
—Y ese hombre que sostiene un cinturón es mi hijo.
El silencio fue absoluto.
La doctora abrió la carpeta.
—La señora Lucía obtuvo resultados completamente normales. Su capacidad para administrar su patrimonio es íntegra. Este dictamen fue protocolizado hace tres semanas por si alguien intentaba declararla incapaz de manera fraudulenta.
Patricia dejó caer el celular.
Uno de los policías lo recogió.
La pantalla seguía grabando.
—Perfecto —dijo el licenciado Álvaro—. Ahora también tenemos evidencia audiovisual de amenazas y coerción para obtener una firma.
Marcelo soltó el cinturón como si quemara.
—Esto es un malentendido…
—¿De verdad? —preguntó Lucía.
Sacó lentamente un sobre del cajón de la mesa.
—Hace dos meses descubrí que alguien había solicitado copias certificadas de mis escrituras utilizando documentos con una firma falsificada.
El abogado colocó varias hojas sobre la mesa.
Todas contenían el nombre de Marcelo.
También aparecía la firma de Patricia como testigo.
Los dos se quedaron inmóviles.
Pero entonces el policía observó uno de los documentos con atención.
—Licenciado… aquí hay algo más.
Álvaro tomó la hoja.
Su expresión cambió por completo.
—Señora Lucía… esto ya no se trata solo de su casa.
—¿Qué ocurre?
El abogado levantó lentamente la vista.
—Alguien utilizó estas mismas firmas para vender otra propiedad… una que legalmente todavía pertenece a la sucesión de su difunto esposo.
Lucía sintió un frío recorrerle la espalda.
Porque esa propiedad jamás había estado a nombre de Marcelo.
Y solo cuatro personas conocían su existencia.